MARVÃO / Una misa, un recital de piano y una gala orquestal

Marvão. 26-VII-2026. XII. Festival Internacional de Música de Marvão. Igreja da Estrela. Carla Isabel, soprano. Juliane Banse, soprano. Martin Mitterrutxner, tenor. Louis De Boncourt, barítono. Coro Ricercare. Orquesta de Cámara de Colonia. Director: Christoph Poppen. Missa brevis en Re mayor KV 194 de Mozart. * Igreja de São Tiago. Joseph Moog, piano. Obras de Scarlatti, Beethoven, Britten, Chopin y Liszt. * Patio del Castelo de Marvão. Nike Baar, violín. Ben Kim, piano, Horacio Ferreira, clarinete. Orquesta de Cámara de Colonia. Director: Christoph Poppen. Obras de Mendelssohn, Prokofiev y Weber.
Como viene siendo habitual desde los inicios del Festival de Música de Marvão, se utiliza la liturgia de la misa dominical en la Igreja da Estrela para interpretar las correspondientes partes musicales de alguna de las misas breves de Mozart. Christoph Poppen ha finalizado de grabar para Naxos la integral de las misas de Mozart con esta misma Orquesta de Cámara de Colonia, por lo que la familiaridad y el dominio de esta música no puede ser más íntimo. Así lo demostró en la manera de establecer un tejido sonoro transparente y claro, con todas las partes equilibradas y perfectamente identificables. En el Kyrie llevó el tempo de forma viva y animada, subrayando en chelos y contrabajos las figuras de walking bass tan características de aquel estilo salzburgués de Mozart, compartido con su compañero y amigo Michael Haydn. Poppen reservó para el Agnus Dei una enorme delicadeza en el sonido de las cuerdas, que acariciaban y susurraban como acompañamiento de las voces solistas. El Coro Ricercare (dirigido por Pedro Teixeira) sonó con finura, con sonido voluntariamente aligerado de vibrato y unas sopranos que casi parecían voces blancas. Sólo los tenores desfallecieron puntualmente en algunos pasajes agudos en piano durante el Agnus Dei.
Carla Isabel y su voz esmaltada y con brillo compartió dúos con una Juliane Banse que en cada frase da una lección de elegancia en el decir y de dominio absoluto del estilo mozartiano. Acabada la misa nos regaló el “Laudate Dominum” de las Vesperae solennes de Confessore: el último Amén, flotando sobre el coro soto voce, lo atacó en pianissimo, lo creció gradual y casi imprescindiblemente, acariciando con sus melismas en una sola respiración. Una lección magistral de elegancia y refinamiento en el canto mozartiano.
El primer concierto de la tarde corrió de parte del pianista alemán Joseph Moog, que trae consigo una buena lista de premios y reconocimientos internacionales. Desde luego que méritos para ello no le faltan, como pudo avalar con este recital. Lástima que eligiese para abrirlo una insulsa sonata de Scarlatti demasiado lenta, con escasez de acentuaciones y fuera de estilo. Para al segundo siguiente de acabar con ella un impresionante acorde grave en fortissimo nos anunciaba que venía hacia nosotros una enérgica y turbulenta versión de la sonata Patética de Beethoven, obra con la cual pudo Moog presentar sus mejores armas, como son la fuerza, la agilidad, el virtuosismo y la claridad. El Allegro di molto e con brio sonó exactamente así, musculoso en la mano izquierda y ágil en la derecha, presta a plegarse a los cambios emocionales de la obra. El maravilloso Adagio cantabile salió de sus manos a un tempo no demasiado moroso, lo justo para que la melodía pudiese desplegarse con naturalidad y sin nada de rubato. Tampoco se precipitó y consiguió el pulso justo para el Rondó. Allegro, poniendo en evidencia la profusión de notas sin “apretarlas” como hacen los pianistas que quieren lucir la velocidad de su digitación. Holiday Diary op. 5 de Britten es una colección de recuerdos de vacaciones que Moog fue desplegando con enorme capacidad de contabilidad en su mano derecha, pero también con la agilidad para pintar de música los juegos de agua del primer tiempo. Britten no lo pone fácil, pero el pianista se fajó con éxito con los fulgurantes pasajes de rapidísimas semicorcheas del tercer tiempo.

Chopin era el siguiente invitado a través de sus Scherzos nº 1 y 2 y del Nocturno op. 12 nº 2. En el primer Scherzo se precipitó en exceso en el arranque hasta el punto de permitir reconocer todas las notas. Debió él mismo sentido así, porque en las repeticiones del mismo pasaje la claridad no estuvo reñida con la energía y la velocidad. Al igual que en Beethoven, Moog apenas si recurrió al rubato, lo que derivó en una mayor naturalidad en el fraseo, tanto aquí como en el nocturno y el sucesivo Scherzo nº 2. El suplemento compuesto por Liszt para ampliar el segundo cuaderno de sus Años de peregrinación y titulado Venezia e Napoli sirvió para cerrar el programa. Como era de esperar, aquí tomó protagonismo la impresionante capacidad digital de Moog y la exactitud de su pulsación en pasajes tan endiablados como los de la “Tarantella”, auténticas ráfagas de notas que a pesar de ello sonaron con claridad. Pero hay que elogiar también la contabilidad de su fraseo en “Canzone” con un estupendo cruce de la mano derecha sobre la zona más grave del teclado para luego dejar a la izquierda centrarse en los acordes acuciantes sobre los graves mientras la derecha desplegaba la cantilena de manera solemne.
La tarde/noche se cerró en el patio del Castillo de Marvão con un concierto sinfónico a cargo de la misma Orquesta de Cámara de Colonia que interpretó por la mañana la misa de Mozart, pero ahora aumentada con maderas y metales. Podríamos hablar más bien de la Joven Orquesta de Cámara de Colonia dada la edad media de sus componentes, pero lo que está fuera de duda es la calidad de la misma. Hubo algún problema de empaste de los violines en el arranque del Concierto para violín y piano de Mendelssohn, pero el joven director barcelonés afincado en Alemania, Roc Fargas, supo reconducir la situación y a los pocos minutos hacer que la orquesta sonase con contundencia y color. Llevó a la orquesta con pasión y arrebato en esta obra adolescente (14 años) de Mendelssohn, marcando con contundencia los acentos. No menos arrebatada fue la parte de violín a cargo de Nike Baar, de sonido punzante y penetrante, con dominio técnico más que sobrado y que mostró todo un catálogo de recursos expresivos al servicio de la fogosa pasión del compositor, con brillantes dobles y triples cuerdas, diversos tipos de rebotes de arco. La cantabilidad de su legato hizo del Adagio una canción de amor junto al no menos lírico piano de Ben Kim, que antes y después, en el primer y tercer movimiento, pudo también dar muestras de su virtuosismo y de la energía de su fraseo.
Fargas continuó con una muy apropiada versión de la sinfonía Clásica de Prokofiev, haciendo que las cuerdas sonasen sin apenas vibrato, articulando con muy poco legato y controlando el peso de los ataques de las cuerdas. Toda la intención irónica y humorística de Prokofiev salió a relucir, con una orquesta en plena sintonía con el director.
Horacio Ferreira y su interpretación del Concierto para clarinete de Weber cerró de la mejor manera posible el concierto ya a la luz de una luna casi llena que asomaba por las murallas del castillo. Ferreira es ya desde hace unos años y a pesar de su juventud, uno de los mejores clarinetistas europeos y año tras año lo revalida. Se admira uno al escucharlo de la variedad de matices y colores que es capaz de extraer de su clarinete, desde ataques sutilísimos como los que inician el primer movimiento o como los que cantan en el Adagio ma non troppo, hasta los más penetrantes con los que cierra el Rondó. Allegretto. Su técnica respiratoria le permite enlazar largas frases sin que la definición y pureza del sonido se vean resentidas. Su fraseo siempre canta, comunica y se pliega a los perfiles de cada momento. Una agilidad sobresaliente, como la del mencionado tercer tiempo, abrochó a la perfección este espléndido concierto.
Andrés Moreno Mengíbar
(Fotografías: Federico Mantecón)


