MARVÃO / El Mar, lieder y dos cuartetos agónicos

Marvão. 25-VII-2026. XII Festival Internacional de Música de Marvão. Igreja de São Tiago. André Baleiro, barítono. David Santos, piano. Obras de Stanford, Fauré, Britten, Freitas Branco, Duparc, Schubert, Honneger, Brahms, Mahler, Clarke, Debussy, Respighi, Schönberg, Lopes-Grasa, Chausson, Lapa y Ullmann. * Igreja da Estrela. Goldmund Quartet. Obras de Haydn, Weinberg y Schubert.
Se abría la tarde de este intenso festival con un gran recital centrado en “Paisajes marítimos” e interpretado por el barítono emergente en el panorama de la canción de concierto André Baleiro. Programa sumamente exigente (veinte canciones en inglés, francés, alemán, italiano y portugués) cantado de memoria y que sirvió para que el cantante portugués mostrase todas las virtudes que tan buenas acogidas le están propiciando. Para empezar la voz es imponente, poderosa, oscura de origen pero bien redondeada en la cavidad bucal y proyectada con nitidez. Pero también es notablemente flexible y sabe dominar el sonido con naturalidad, manteniendo el color en toda la gama y sin mostrar saltos ni trucos para alcanzar regiones graves y pasajes agudos. Hubo muy buenos reguladores, como los usados en “Fantasía” de Mahler o los del final de “La hoz de la luna” de Respighi, canción en la mostró un control respiratorio magistral al abrir y cerrar el sonido en un sólo fiato con resultados de una belleza infinita. Con su volumen y su contundencia en el fraseo de su boca salieron las canciones más dramáticas con una carga emotiva enorme, como ese “Paisaje marítimo” de Britten cantado con bravura o esa “Canción de la tempestad” de Ullmann con una tremendas e impactantes tres “f”.
David Santos mostró complicidad y saber dialogar con la voz incluso aportando dramatismo, como en la mencionada canción de Britten. “En la playa”, de Schönberg gozó de acompañamiento expresionista merced a una tremenda mano izquierda, Y en el postludio “La vida anterior” de Duparc fue poco dejando morir el sonido de forma infinita.
Terminó la tarde con Cuarteto Goldmund (Florian Schötz y Pinchas Adt, violines; Christoph Vandory, viola; Raphael Paratore, violonchelo), un espectacular grupo que evidencia años de trabajo juntos, de cientos de ensayos, de convivencia. Para conseguir un empaste y un sonido tan personalmente controlado no basta con juntar cuatro buenos músicos (como se dice en la reciente película Les Musiciens) sino llegar a acuerdos y tener muy claro cómo se quieren interpretar las obras de cada concierto. El sonido es denso y cálido, rico en colores y con todos los armónicos perfectamente ensamblados. Les ayuda enormemente a conseguir ese color la disposición central del chelo y situar a la viola en primer plano a la derecha del oyente. Así el chelo adquiere centralidad y la viola presencia sonora, configurando un soberbio bloque central-grave.

No me llegó a convencer del todo su manera de abordar el Cuarteto op. 33 nº 2 “La broma”. La broma no está sólo al final, cuando el Presto parece que va a terminar pero repite en piano el motivo principal entrecortándolo con silencios. El espíritu burlón y festivo está desde el primer tiempo, pero los Goldmund lo abordaron con un exceso de blandura en el fraseo y un tempo demasiado moderato. Eso sí, articulando con poco vibrato y cuidando el estilo clásico. Tampoco hubo demasiado espíritu juguetón en el Scherzo. Para quien escribe el mejor momento fue la manera de sostener sin dejar de caer el tempo del Largo sostenuto.
Dado el sonido y el carácter de los intérpretes era de prever que todo cambiase con el quinto cuarteto de Weinberg. Aquí emergió un sonido mucho más contundente, más denso, con ataques incisivos sobre los ácidos acentos de esta obra de impresionante hondura emocional. La ironía, la burla, la desilusión y la desesperación emergieron desde la “Melodía” inicial, con frases muy tensas en los violines respondidas con color profundo por viola y violonchelo. El primer violón estuvo extraordinario con frases llenas de humor negro de “Humoresque”, seguido por un crescendo impresionante que iba cargando de densidad el sonido. Todos se enfundaron sus vestidos más salvajes para una versión acerada del Scherzo y la aparentemente inocente melodía de “Improvisación” se fue convirtiendo en un desesperado grito de dolor cargado de acentos eléctricos. El amable y soñador tema de “Serenata” acabó deviniendo en una demoníaca danza.
¿Qué esperar entonces de La muerte y la doncella? Pues lo que pasó: versiones dramáticas, densidades crecientes, ataques y sforzandi en abundancia para una versión acuciante y acongojante más que conmovedora o emotiva. Impresionante la variedad de matices y colores en cada variación del segundo tiempo y magistral la exactitud milimétrica en los abundantes cambios dinámicos súbitos del último movimiento.
Andrés Moreno Mengíbar
Fotografías: Federico Mantecón


