Scherzo | CRÍTICAS / MARTINA FRANCA / Un recorrido por la historia de la ópera, por Franco Soda

MARTINA FRANCA / Un recorrido por la historia de la ópera

MARTINA FRANCA / Un recorrido por la historia de la ópera

 Martina Franca. 48º Festival della Valle d’Itria. Palazzo Ducale. 24-VII-2022. Prokofiev: El jugador . Andrew Greenan, Martina Tampakopoulos, Sergei Radchenko, Silvia Beltrami, Paul Curievici, Alexander Ilvakhin, Ksenia Chubunova, Sandro Rossi, Strahnja Djokic, Gonzalo Godoy Sepulveda. Orchestra e Coro del Teatro del Teatro Petruzzelli di Bari. Director musical: Jan Latham Koenig. Director de escena: David Pountney. Teatro Verdi. 25-VII-2022. Cavalli: Il Xerse. Carlo Vistoli, Ekaterina Protsenko, Gaia Petrone, Dioklea Hoxha, Nicolò Balducci, Carlo Allemanno, Nicolò Donini, Aco Biśčevič, Mario Fumarola. Orchestra Barocca Modo Antiquo. Director musical: Federico Maria Sardelli. Director de escena: Leo Muscato. Palazzo Ducale. 26-VII-2022. Bellini: Beatrice di Tenda. Biagio Pizzuti, Giuliana Gaianfaldoni, Theresa Konthaler, Celso Arbelo, Joan Folqué. Orchestra e Coro del Teatro Petruzzelli di Bari. Director: Marco Spotti. Teatro Verdi. 27-VII-2022. Salieri: La Scuola de’ gelosi. Matteo Mancini, Omar Mancini, Irina Bogdanova, Rocío Faus, Joan Folqué, Carmine Giordano, Fleuranne Brockway. Directora: Daniela Grassi.

La 48ª edición del Festival del Valle de Itria tenía como principal novedad el cambio en la dirección artística: Sebastian F. Schwarz sucedía a Alberto Triola. La firma de Schwarz en Martina Franca no ha tardado en hacerse notar: mientras Triola solía decentarse por óperas infrecuentes —aunque inextricablemente unidas en refinados programas temáticos— Schwartz, sin renunciar a esa peculiaridad del festival de recuperar títulos olvidados, ha optado por una especie de resumen de la historia de la ópera, comenzando por Il Xerse de Francesco Cavalli, un alumno de Claudio Monteverdi, el padre del recitar cantando, que no es sino la técnica de contar una historia con música, a la cual se le debe el nacimiento de la ópera tal y como la conocemos hoy.

Se ofrecía asimismo una ópera del siglo XVIII, La scuola de’ gelosi de Antonio Salieri, con libreto de Lorenzo Da Ponte, antecedente inequívoco del Così fan tutte mozartiano. Con turno también para el bel canto, elevado a la enésima potencia con la poco interpretada Beatrice di Tenda de Vincenzo Bellini (en la cual se puede comprobar hasta qué niveles de virtuosismo llevó ese camino trazado inicialmente por Monteverdi). El siglo XX es el siglo de la denuncia y del compromiso social. A ese periodo pertenece otro de los títulos de la programación del festival de este año: Le joueur, versión francesa —una producción del Théâtre Royal de la Monnaie de Bruselas, la cual la estrenó el 29 de febrero de 1929— de Igrok (El jugador) de Sergei Prokofiev. Una verdadera rareza. Por último, la música contemporánea aportaba el estreno de Opera italiana, debida a Nicola Campogrande.

El torbellino hipnótico de la música de Prokofiev, eco del vorticismo (coetáneo de la pintura rusa), fue abordado brillantemente por la orquesta del Teatro Petruzzelli de Bari, dirigida con solvencia por Jan Latham Koenig. Ese torbellino refleja la atracción magnética que produce la mesa de tapete verde, la incapacidad de que es víctima el ávido jugador para desprenderse de ese vicio. Es una metáfora del vórtice hipnótico que envuelve a los jugadores que padecen adicción al juego, con sus ojos pegados a la bola que sólo el azar hace entrar en la casilla al final de la loca carrera. La cruz y el deleite del jugador compulsivo. Prokofiev representa a la perfección un mundo desaparecido: el mundo zarista, ahora al final de su existencia, con los valores y la ética perdidos. La puesta en escena decididamente expresionista de David Pontney lo expresa bien: la ruleta es una presencia inmanente. Todo gira en torno a ella. Esperanzas. Decepciones. También se ajusta a ese asunto el vestuario de Leila Fteita, colorido y con motivos geométricos: ¿futurista a lo Depero o constructivista a lo Malevich? En ese contexto, las escenas son cromáticamente cercanas a la pintura rusa de vanguardia. El reparto, que cuenta con no menos de diez personajes principales, tiene altibajos, pero es incisivo. Silvia Beltrami (Baboulenka) destaca no solo por su bella voz sino también por su presencia escénica. Sergei Rodchenko (Alexis) lo hace por su voz ampulosa, al igual que Martina Tampakopoulos (Pauline) y el barítono-bajo Andrew Greenan (Le Général). Dicción aventurera, si bien los subtítulos son un ancla de salvación.

Beatrice di Tenda se presentaba en versión concierto. Una elección muy apropiada, dada la lentitud de la línea dramática de esta ópera: de esta manera, uno puede concentrarse en la línea de canto, que es sorprendentemente bella. Al fin y al cabo, se trata del bel canto; el argumento no es más que un pretexto para el virtuosismo vocal llevado al máximo nivel. La fuerza de este repertorio radica en ello, en el canto. La presencia Giuliana Gianfaldoni supuso todo un acierto, pues su Beatrice nunca fue banal. Se carga como un un resorte para estirarse al final, elevándose a una gran intensidad dramática. Destaca por la facilidad con la aborda las notas altas brillantes y los filatos. Fue la estrella absoluta de la noche, a kilómetros de distancia del timbre algo nasal de Celso Arbelo (Orombello) y de Theresa Kronthaler (Agnese del Maino), poco incisiva. Heroico el joven director Marco Spotti, llamado a sustituir a Fabio Luisi sólo tres días antes del estreno. Con la tenacidad y la temeridad de la juventud, Spotti se sumergió en la partitura con profesionalidad, prestando atención a cada matiz, dinámica y detalle, así como al equilibrio foso-escenario, realzando la sonoridad de la Orquesta del Teatro Petruzzelli, que respondió bien. También lo hizo adecuadamente el Coro Petruzzelli, dirigido por el Fabrizio Cassi.

Il Xerse de Francesco Cavalli es un impresionante fresco musical que se representó en Francia con motivo de la boda de Luis XIV con María Teresa de Austria (1660), pero con la inclusión de las danzas de Lully para adaptarse al gusto francés. Eso hizo que la duración de la ópera fuera de nueve horas. No es de extrañar que haya servido de inspiración para los títulos homónimos de Bononcini y Haendel. Il Xerse es un complicado entramado de relaciones amorosas que va de la mano de la historia del célebre rey persa. La ópera, disponible ahora en la revisión crítica de Sara Elisa Stangalino y Hendrick Schultze, ha permitido la primera reposición moderna. Se trata de un drama musical, no de una ópera bufa como parece sugerir la lectura del director Leo Muscato. Por no hablar ya de la secuencia ininterrumpida de gestos con las manos: un fermi tutti en cada a parte del libreto, que pronto se vuelve involuntariamente irónico, al igual que el vestuario caricaturesco de Giovanna Fiorentini. Atractiva la escena final (el interior de un bazar) de Andrea Belli aunque resulte un tanto pobre. El bueno de Federico Maria Sardelli, dirigiendo a un poco nutrido grupo de la Orquesta Barroca Modo Antiquo, exhibió un tono bastante monótono. El reparto, con altibajos. Carlo Vistoli (Xerse) no pareció estar en su mejor momento, salvo en el lamento final, que interpretó magistralmente. Gaia Petrone (Arsamene) y Ekaterina Protsenko (Amastre) destacaron por sus buenas voces. Supone un gran esfuerzo para una ópera basada en las palabras tener que intentar adivinar las… ¡palabras! Los subtítulos apenas resultaron legibles porque estaban mal iluminados y, a veces, incluso tapados por el humo. Se añoró la grandeza de cómo un teatro en Francia habría tratado la primera reposición moderna de Il Xerse. Con todo, un gran mérito de este festival.

El Taller de Ópera montado los alumnos de la Academia Belcanto Rodolfo Celletti 2022 y los alumnos del Conservatorio Nino Rota de Monopoli para La Scuola de’ gelosi de Antonio Salieri expresa el entusiasmo de los que quieren hacer cosas. Y, además, hacerlas bien. Propusieron una acertada versión semiescenificada, concebida por ellos mismos. Resultado efectivo y abrumador. Por supuesto, la orquesta es lo que es, a pesar de los esfuerzos de la batuta de Daniela Grassi, que hizo lo que pudo. Destacaron Carmine Giordano (Lumaca), Matteo Mancini (Blasio) y Rocío Faus (Ernestina). Voces a tener en cuenta. Por último, pero no menos importante, subtítulos innecesarios: se pudo entender todo sin el menor problema.

Franco Soda

(Foto: Clarissa Lapolla)