MARTINA FRANCA / Un Festival que no pasa inadvertido

Martina Franca. Chiostro di San Domenico. 24-VII-2026. Francesca Palitti, Lilliana Zolotoukhina, Francesca Lo Verso, Chiara Scannapicco, Angelo Testori, Michele Galbiati, Valerio Ilardo, Candida Guida, Mauro Pedrero Dirección musical: Antonio Florio. Dirección escénica: Rita Cosentino. Orchestra Cappella Neapolitana. Francesco Provenzale: Il schiavo di sua moglie.
Palazzo Ducale. 25-VII-2026 Deniz Uzun, Matteo Lippi, Natalia Tanasii, Alessandro Luongo, Ariadna Vilardaga, Greta Carlino, Matteo Urbani, Qiming Xie, Andrea Ariano, Diego Maffezzoni, João Campelo, Andrea Angelini Dirección musical: Fabio Luisi. Dirección escénica: Denis Krief. Coreografía: Amy Share-Kissiov. Orquesta y Coro del Teatro Petruzzelli de Bari. Georges Bizet: Carmen.
Palazzo Ducale. 26 VII 2026. Chiara Mogini, Matteo Falcier, Roberto Lorenzi, Cecilia Taliano Grasso, Willingerd Giménez, Roberto Lorenzi, Flavia Fioretti. Dirección musical: Nicolò Umberto Foron. Dirección escénica y coreografía: Jean Renshaw. Orquesta y Coro del Teatro Petruzzelli de Bari. Igor Stravinsky: Pulcinella. Alfredo Casella: La favola di Orfeo.
El Festival della Valle d’Itria alcanza su 52ª edición, la segunda bajo la dirección artística de la compositora romana Silvia Colasanti. El programa abarca desde el Barroco hasta el siglo XX histórico, con propuestas inéditas, ¡algunas de ellas sorprendentemente inéditas! Para empezar, la primera recuperación en tiempos modernos Il schiavo di sua moglie, ópera de Francesco Provenzale encomendada al meticuloso cuidado de Antonio Florio, gran conocedor de este repertorio, al frente de la orquesta Cappella Neapolitana. Florio es uno de los principales artífices del redescubrimiento de Provenzale y cuenta en su trayectoria con la recuperación de varios títulos del compositor. Compuesta en 1672, la ópera parte de un libreto arquetípico que se inscribe en esa tradición que representa un mundo «al revés», donde son las mujeres quienes mandan y los hombres quienes ocupan una posición de vasallaje. Un tema que gozó de cierta popularidad y que también despertó el interés de Baldassarre Galuppi y Antonio Vivaldi, entre otros.
La trama, un complicado juego de disfraces e intercambios de identidad, arranca con dos soldados que, tras naufragar en la isla de las amazonas, se ven envueltos en diversas peripecias sentimentales hasta llegar a la «normalización» final, en la que los hombres recuperan el papel que, según la moral de la época, les corresponde, mientras que las mujeres vuelven a quedar en una posición subordinada. Una trama así no podía sino dar lugar a una música pirotécnica, que Florio nos ofrece con una claridad y una precisión ejemplares, aunque sin dejar de hacer guiños a lo bufo y a lo cómico, rasgos característicos de la música barroca napolitana.
Es encomiable la elección de los intérpretes, todos ellos alumnos de la Academia del Bel Canto «Rodolfo Celletti» de Martina Franca, ya que les brinda la oportunidad de medirse con el escenario, ponerse a prueba y darse a conocer no solo ante el público local, sino también en un contexto internacional: tradicionalmente, el festival atrae tanto a público extranjero como a profesionales del sector procedentes de numerosos países. Se trata, por tanto, de un reparto joven. No importa aquí examinar con lupa la técnica de cada uno: lo esencial es afrontar el reto, ponerse a prueba y dejarse seducir por la tiránica fascinación del escenario. Con todo, algunos consiguen destacar: las dos sopranos Francesca Palitti (Ippolita) y Lilliana Zolotoukhina (Menalippa), o el bajo Mauro Pedrero (Ercole), por ejemplo.
El antiguo claustro de San Domenico, lo bastante délabré como para resultar fascinante, ofrece una escenografía fija pero pintoresca, cuya única particularidad reside en el juego de entradas y salidas a través de cuatro accesos. Rita Cosentino firma una dirección escénica light y se ocupa asimismo de la escenografía. A esta contención se adaptan también los sobrios figurines de Carla Galleri. Una hermosa recuperación en el más puro estilo Florio, como nos han acostumbrado tantos años de atención a «sus» redescubrimientos. De hecho, durante el Festival recibió el Premio Bacco dei Borboni por su investigación musicológica sobre Francesco Provenzale.
Carmen es sin duda uno de los títulos más representados en todo el mundo, pero nunca en su primera versión de 1874. En Martina Franca se estrenaba, en efecto, por primera vez en versión escénica la partitura que Bizet escribió para la Opéra-Comique y que nunca llegó a ver la luz. La ópera queda así huérfana del célebre motivo de la Habanera. La tradición del mélodrame —secciones declamadas con acompañamiento musical—, propia de la opéra-comique, da lugar a una composición más sobria y depurada, que realza la nitidez del núcleo dramático: una Carmen nueva y desconocida, como demuestra el final de la primera parte, donde puede escucharse el inédito coro conclusivo, de escritura silábica.
A la inteligencia y la sabiduría de la dirección musical de Fabio Luisi se debe la elegante transparencia del sonido y esa contención constante destinada a evitar la exuberancia musical casi circense de tantas otras Carmen. La Orquesta del Teatro Petruzzelli de Bari, sabiamente guiada por la batuta de Luisi, ofrece una excelente interpretación, al igual que el magnífico Coro de Voces Blancas de la Fondazione Paolo Grassi, dirigido por Angela Lacarbonara, que, con todo ese despliegue cromático al estilo de Oliviero Toscani parece recién salido de una campaña publicitaria de Benetton. Igualmente notable resulta la actuación del Coro del Teatro Petruzzelli de Bari, dirigido por Davide Medved.
El reparto brilla especialmente gracias a la Carmen de Deniz Uzun, que combina una voz sólida y de buen volumen con la sensualidad y la capacidad escénica necesarias para adentrarse en un papel en el que la seducción juega todas sus cartas. Cumple con solvencia el brillante Don José de Matteo Lippi, que debuta en el papel. Natalia Tanasii firma una excelente Micaëla, una auténtica santurrona, toda casa e iglesia, enfundada en sus ropas de colegiala. La dirección escénica de Denis Krief —responsable también de la escenografía y la iluminación, así como del vestuario, este último realizado junto con Carla Galleri— hace lo que puede en el espacio vacío de una escenografía desnuda y multifuncional: simples paneles de madera que delimitan espacios e inventan escenarios minimalistas. En cualquier caso, las más de tres horas de música pasan volando pese al viento, cuyas rachas llegaron a alcanzar los 40-50 km/h. ¡Un verano de locos!
Por último, una confrontación entre las vanguardias de los años veinte y treinta a uno y otro lado de los Alpes: Pulcinella, de Igor Stravinsky, y La favola di Orfeo, de Alfredo Casella. Una versión de auténtico lujo la del Pulcinella parisino de 1919-1920, encargo de Sergei Diaghilev, dirección musical de Ernest Ansermet, coreografía de Léonide Massine escenografía y vestuario diseñados por Pablo Picasso. Un cartel irrepetible hoy, aunque no tanto en aquellos años, cuando la Ville Lumière bullía con la efervescencia artística surgida tras el descubrimiento de los ritmos endiablados y las danzas «escandalosas» y «dionisíacas» de Le sacre du printemps, que habían marcado la inauguración del Théâtre des Champs-Élysées. En Martina Franca, de manera más modesta, vimos un Pulcinella «a lo Tiepolo» deambulando entre el público mientras este ocupaba sus localidades, gastando alguna que otra jugarreta. Después desapareció.
Comedia del arte, nonsense, músicas inspiradas en Giovanni Battista Pergolesi —o en quienquiera que fuese—, pero constantemente arañadas por la aspereza tonal del compositor ruso: el jovencísimo y más que notable director Nicolò Umberto Foron consiguió plasmar todo ello con un perfecto equilibrio entre pasado y presente. La Orquesta del Teatro Petruzzelli estuvo en estado de gracia.
La escenografía de La favola di Orfeo, a cargo de Sophie Debus, quedó petrificada en un marmóreo blanco y negro que reflejaba con elegancia la oscilación del protagonista entre la esperanza y la desesperación; contrastó con el blanco del Pulcinella de Pergolesi, magistralmente interpretado por los excelentes bailarines del Eko Dance Project. La música de Casella posee la intensidad dramática de las óperas en un acto de Richard Strauss o del final de Les Carmélites de Poulenc. Matteo Falcier (Orfeo) no cayó en las trampas de la partitura y salió airoso y con elegancia incluso de los amaneramientos dieciochescos de Pulcinella. Bellísima la voz del bajo Roberto Lorenzi (Plutone).
El díptico inauguró con éxito el Festival. Tres veladas, tres óperas: dos de ellas inéditas y la otra, rara vez interpretada. Como valor añadido, la belleza de un casco histórico milagrosamente congelado en el siglo XVIII… y, además, un carrusel de numerosos conciertos. Un festival que no pasa inadvertido. Habrá que seguirle la pista.
Franco Soda


