MANZANARES EL REAL: Un silencio hacia el futuro

MANZANARES EL REAL: Un silencio hacia el futuro

Manzanares el Real. Castillo. 28-VII-2019. Concierto 1700. Director: Daniel Pinteño. Obras de Sanz, Corelli, Ruiz de Ribayaz, D. Scarlatti, Soler, Playford y De Murcia.

“No hay forma alguna de modernizar la clásica”, sentenciaban los melómanos de antaño, mientras las nuevas generaciones temblaban frente al apocalipsis musical que estos eruditos parecían presagiar. Hablamos mucho sobre música. Tal vez demasiado. Cogemos la historiográfica por banda —cual decálogo necesario para la vida musical—, y promulgamos a capa y espada lo que otros nos cuentan acerca de ésta, olvidando lo que muchas veces permanece reluciente frente a nuestros ojos. La música es un ente vivo que ha de sobreponerse al tiempo, pues, si el mismo arte del tiempo —parafraseando a Stravinski— no se subleva frente a su propia naturaleza, sería un arte obsoleto. Es por eso que, cuando acudes a conciertos en donde los manidos protocolos decimonónicos de programa quedan calcinados por la música, un halo de esperanza difumina los pensamientos impuros que hacen ver a la clásica, como algo de “gente mayor”.

España, dentro del panorama de la mal llamada “música antigua” —pues en infinidad de ocasiones, posee mucha más modernidad que la compuesta a posteriori—, se encuentra en un renacimiento explosivo que ha propiciado que en los últimos años surjan infinidad de agrupaciones noveles que, cual colibrí al vuelo, consiguen la fama y el reconocimiento internacional que se merecen. Entre todos estos magníficos conjuntos, el que nos atañe en ésta reseña es el capitaneado por Daniel Pinteño, violinista y director de Concerto 1700, cuya cabeza pensante entramó un programa repleto de obras archiconocidas, pero con una articulación tan moderna, que escucharlas nos situaba en una hipotética jam session neoyorkina, en donde el swing o el bebop seguirían el armonioso latir de la Folía o Marizápalos. Si a eso le sumas una localización de ensueño —El Castillo de Manzanares el Real—, donde, seguramente, muchas de estas melodías ya habían resonado por los gruesos muros que conforman el edificio rey del embalse de Santillana, te encuentras frente a un concierto que gustará a los más melómanos —capaces de apreciar el fluir de la ornamentación en las sucesivas repeticiones de los ostinati—, y al público general que desconociendo el programa, vienen a disfrutar del concierto.

La mecánica del programa estaba fundamentada por estos esquemas armónico-rítmicos que suponen las danzas. Pero en la telaraña musical de estas bellas melodías, Concerto 1700 desarrolló una práctica común antaño, pero de uso poco frecuente a día de hoy —al menos en la música clásica, ya que el pop en eso, nos lleva años de ventaja—: el mashup. Un mashup —algo muy frecuente en el mundo de las covers de la música pop—, consiste en, a partir de un esquema armónico similar, introducir en la misma obra dos o más piezas ya conocidas, de tal forma que el resultado final será una composición completa, en la que perfectamente podemos reconocer ambas melodías. Con los esquemas musicales de las danzas, esto es algo muy factible debido a que no debemos olvidar el importante papel que la ornamentación tuve a finales del XVII —llegando a una de sus cúspides instrumentales con el tratado de Geminiani—, y que por ende, favoreció a que muchos compositores, cogiendo estas danzas, variasen la melodía infinidad de veces hasta que la ornamentación rozara su límite.

La importancia de la improvisación es algo que parece no valorarse en los músicos clásicos, ya que el poder de la partitura es dogmático, pero viendo la importancia de la glosa y el ornamento en este repertorio, parecería paradójico pensar que el ornamento es alago atado a la música, supeditado a ésta, bien cuando desde el ya citado Geminiani, hasta años después P. F. Tosi, escriben tratados expresos sobre la materia. Pero lo más complejo de esta labor, no es solo diseñar un ornamento —hijo predilecto de la improvisación, postrado frente a la fina barra del estilo— sino que además es preciso que todos los integrantes del grupo ayuden con su gesto a que cada una de estas variaciones, esté dotada del mismo tipo de respiración, de igual prosodia musical, de la misma intención… para acabar formando un único mensaje sonoro que recorra toda la atmósfera. En esta materia, Concerto 1700 nos brindó una clase magistral del buen arte de tañer el afecto. Con un Pablo Zapico sensible, carismático, sobresaliente —sobre todo en las magníficas recercadas de Diego Ortiz, en las que mostró un control absoluto no solo de su instrumento, sino del hecho musical en si—. Ismael Campanero —que alternaba el contrabajo con el violone—, dotó al conjunto de un toque jazzístico bastante interesante, mostrando una capacidad y un entendimiento del legato que ya está proyectando a uno de los que seguramente será de los grandes nombres de este instrumento no dentro de mucho tiempo. David Mayoral estuvo explosivo, sabiendo en qué momento dinamitar cada una de estas danzas para que, irremediablemente, todos los allí presentes sintiéramos la necesidad de comenzar una coreografía en conjunto siguiendo sus ritmos y polirritmias. Por último, el capitán de este navío, Daniel Pinteño, que demostró una inteligencia musical digna de un intérprete destinado a ser descubridor de magníficos repertorios para aquellos que no están tal metidos en él.

Un velada idílica que sirvió como epílogo a otra temporada más de los Clásicos de Verano de la Comunidad de Madrid, y que, parafraseando a Yukio Mishima, nos brindó tal belleza, que la única reacción posible frente a ella fue el silencio. Un silencio hacia el futuro.