MALTA / Orfeo es él

MALTA / Orfeo es él

La Valeta. Museo Nacional de Arqueología. 13-I-2020. Ensemble Phoenix Munich. Director, voz y laúd: Joel Frederiksen. Obras de Johnson, Campion, Hume, Dowland, De Rigaud, Bataille, Caccini, Kapsberger, Falconieri, Marini, Monteverdi y anónimas.

Dicen que Orfeo, transido de dolor por la muerte de Euridice, cantaban canciones tan tristes que los propios dioses se apiadaron y le sugirieron que descendiera al inframundo en busca de su amada para rescatarla. Con Orfeo, según el mito, nació la música. Y pocos mitos tan bellos ha habido como este. Han sido infinidad los compositores del Renacimiento, del Barroco y hasta del Clasicismo que han contribuido a universalizar tal mito. Entre ellos, el inglés Robert Johnson (c. 1583-1633), que escribió la canción Orpheus, I am, en la que este personaje advierte a los amantes desprevenidos de los peligros de la pasión ciega, para lo cual la voz del bajo que canta desciende a las profundidades insondables de la palabra hell (Infierno).

Orpheus, I am es un programa confeccionado por el bajo y laudista norteamericano Joel Frederiksen, director del Ensemble Phoenix Munich, en el cual tienen cabida songs inglesas, airs de coeur franceses y madrigali italianos que se sitúan en esa frontera musical invisible que separa la música del último Renacimiento de la del primer Barroco. Es la obra que abre en el programa y ella sirve por sí sola para atrapar al oyente, cuando Frederiksen, con su tremenda voz de bajo profundo desciende hasta un Si bemol al pronunciar la palabra hell. En efecto, Orfeo es él, o sea, Frederiksen. Pocos pueden llegar hasta donde él llega con su voz.

Pero, más allá de este alarde de pirotecnia, todo el programa es una pura delicia (en él tienen cabida piezas tan conocidas como Tobacco, tobacco (Tobias Hume), Time stands still y Can she excuse my wrongs (John Dowland), Fortune my Foe (anónimo), Dalla porta d’oriente (Giulio Caccini), Avrilla mia (Giovanni Girolamo Kapsberger), Armilla ingrata (Andrea Falconieri) o Io che nell’otio nacqui e d’otio vissi (Claudio Monteverdi). Y está exquisitamente interpretado no solo por Frederiksen (voz, laúd renacentista y archilaúd barroco), sino por sus dos acompañantes, Domen Marincic (viola da gamba bajo y viola da gamba tenor) y Ryosuke Sakamoto (laúd renacentista, tiorba y chitarrone).

A la excelsitud del recital contribuyó también la acústica del Gran Salón del Auberge de Provence de La Valeta (en la actualidad, Museo Nacional de Arqueología de Malta), que cumplía con casi todos los requisitos expresados por Mary Burwell (c. 1654) en su Instruction Book for the Lute, también conocido como Lute Tutor: “You will do well to play in a wainscot room where there is no furniture, if you can; let not the company exceed the number of three or four, for the noise of a mouse is a hinderance to that music” (“Harás bien en tocar en una sala revestida [de madera] en la que, si es posible, no haya muebles; no dejes que la compañía exceda el número de tres o cuatro [personas], ya que hasta el ruido de un ratón es un estorbo para esta música”. La sala estaba revestida de madera (suelo incluido) y no había muebles, aunque sí unas 200 personas. Pero estuvieron tan calladas ante la belleza de lo que escuchaban, que bien se podría haber oído hasta el vuelo de una mosca.

(Foto: Mark Zammit Cordina)