Malditos contrabajos

Malditos contrabajos

Por suerte, escenas así ya no se dan en ningún foso, aunque forman parte de la historia de la dirección orquestal. Estamos en diciembre de 1946. Toscanini ensaya La traviata de Verdi con la Sinfónica de la NBC. Los micrófonos abiertos captan todo lo que acontece en la sala, incluidos los tremendos insultos que el director italiano dirige contra los músicos. Toscanini era conocido por su temperamento irascible y su vena autoritaria, y todas las orquestas con las que trabajó sufrieron en mayor o menor medida sus arrebatos. Pero lo que se escucha aquí supera cualquier límite.

En su singular mezcla de inglés e italiano, Toscanini reprende a los músicos de la orquesta con una crudeza rayana en la humillación: “¡Debería daros vergüenza!”, “¡Tenéis los oídos en los pies!”, “¡Cabeza de burro!”, “¡Dan ganas de daros a todos una patada en el culo!”, “¡Tocacojones!”, son algunas de las lindezas que salen de la boca del director. Todo ello condimentado con gritos animalescos y golpes con la batuta que parecen latigazos, recordando a aquellos maestros de antaño que pegaban con la vara en las manos de los alumnos indisciplinados. En todo caso, la dureza de la escena queda algo suavizada por el factor lingüístico: los insultos más groseros están en italiano, y es poco probable que los profesores de la Sinfónica de la NBC entendiesen su exacto significado.

Más allá de la anécdota, estos extractos hablan de la importancia que para Toscanini tenían los contrabajos, máxime (y esto es lo que puede sorprender más) en el contexto de la ópera italiana. Ni violines, ni chelos, ni vientos: a lo largo de los ensayos, que son largos, nada le desquicia tanto como los contrabajos, culpables en su opinión de quedarse atrás, algo rezagados. Uno puede pensar que la sección de contrabajos de la Sinfónica de la NBC no estaba a la altura del resto de la orquesta, pero en un determinado momento, el director se dirige al primer contrabajo y le dice: “Eres un buen contrabajista, pero eres terrible para la ópera italiana”.

Los contrabajos eran un elemento esencial en la maquinaria orquestal de Toscanini: eran los encargados de amarrar el ritmo. De ahí que fuera tan implacable con ellos; cualquier pequeño fallo o retraso por su parte, debilitaba el impulso rítmico de todo el conjunto. Y sabemos que para Toscanini la ópera italiana era antes ritmo que efusión melódica. Los bajos, entendidos más como vectores rítmicos que armónicos, eran el punto de partida de la construcción sonora toscaniniana, mientras que el agudo, la melodía, representaba la culminación final, el florecimiento. Algo de esto todavía sobrevive en el concepto operístico de Riccardo Muti.

Esta querencia por los graves Toscanini la compartía con sus colegas alemanes, pero en un sentido bien distinto. Allí los bajos sonaban como los cimientos de una catedral, con plenitud y cierto sentido de inmovilidad: eran el basamento sobre el que descansaba el peso edificio sonoro. Toscanini en cambio realzaba su movilidad. No quería que los contrabajos sonasen arrastrados y voluminosos (“parecéis carros”). En vez de columnas, los veía como los pies de un organismo en movimiento: tenían que proceder con pulso y milimétrica precisión. Los contrabajos, para Toscanini, eran algo así como los costaleros de la orquesta. Si no marcaban el paso correcto, todo lo que estaba encima podía tambalearse y caer.