MADRID / Xavier Sabata muestra al Haendel más íntimo y bucólico

MADRID / Xavier Sabata muestra al Haendel más íntimo y bucólico

Madrid. Fundación Juan March. 6-III-2021. Ciclo “De Purcell a Haendel: un siglo en la cámara inglesa”. Xavier Sabata, contratenor. Dani Espasa, clave. Obras de Haendel.

Si algo caracteriza a la música de Haendel es su grandilocuencia. Grandilocuentes son sus óperas, grandilocuentes son sus oratorios, grandilocuentes son sus odas y sus anthems para las celebraciones de la Corte inglesa, grandilocuentes son sus serenatas y buena parte de sus cantatas, grandilocuentes son sus obras orquestales… ¡Hasta sus piezas para teclado son grandilocuentes! Nos hemos acostumbrado tanto a su pompa y su boato que nos asombramos cuando nos topamos con el Haendel íntimo y bucólico. Porque, aunque sea solo una parte ínfima de su producción, también en ella tiene cabida lo recóndito y lo doméstico.

El Haendel veinteañero que viaja a Roma para impregnarse de italianidad (llega allí en 1706, invitado por Fernando de Médici) no tarda en exhibir su grandilocuencia, pues solo unos meses más tarde presenta su colosal Dixit Dominus y sus dos únicos oratorios en la lengua de Dante: Il trionfo del Tempo e del Disinganno y La Resurrezione. Pero los compagina con algunas obrillas intimistas que, probablemente, tienen como destinatarios a los mismos que lo son de los mencionados oratorios: el cardenal Ottoboni y el marqués Ruspoli. Es el caso de las cantatas de cámaras Lungi da me, pensier tiranno HWV 125b y Vedendo amor HWV 175, que tal vez sonaron por primera vez en los palacios donde se estrenaron aquellos dos oratorios: el Palazzo della Cancelleria (donde Ottoboni mando levantar un pequeño teatro para uso particular, a finales del siglo XVII) y el Palazzo Bonelli, residencia privada Francesco Maria Marescotti Ruspoli.

Estas dos cantatas formaban parte del programa ofrecido ayer en la Fundación Juan March por el contratenor Xavier Sabata y por el clavecinista Dani Espasa. Había en él, asimismo, una tercera cantata, Dolc’ è pur d’amor l’affanno HWV 109a, pero esta no fue alumbrada en Roma, sino en Londres, diez años más tarde. Por qué y para qué la escribió es una incógnita. En ese momento, Haendel todavía no había sido lo suficientemente osado (o no lo estaba lo suficientemente loco) como para estrenar allí una ópera seria (la primera fue Rinaldo, en 1711), así que ha descartarse que el motivo tuviera que ver con una acogida favorable por parte los ingleses a la música con texto italiano. Quizá lo hizo por nostalgia de aquellos pasados años en Italia, en los que terminó de forjar su identidad musical y en los que debió de ser inmensamente feliz, al punto de que la única relación sentimental que se le conoce se produjo en aquel viaje (se sabe que fue una soprano, pero nadie ha sido capaz de identificarla). ¡Quién sabe si cuando elaboró Lungi da me, pensier tiranno y Vedendo amor no lo hizo pensando en la misteriosa soprano!

La temática pastoril es común en estas tres cantatas. Formalmente, todas ellas son atípicas: la HWV 109a comienza directamente con un aria (aria – recitativo – aria), la HWV 175 tiene cuatro recitativos y tres arias, y la HWV 125b está estructurada en tres recitativos y tres arias. Las tres son de una belleza indescriptible, especialmente Vedendo amor, con la sublime aria apianada Caminando lei pian piano, que Sabata interpretó con el intenso dramatismo teatral que le caracteriza. Ah, que Sabata es un contratenor y estas tres cantatas están escritas para contralto femenina. ¡Cómo si eso importara a estas alturas! Ya lo dijo Mao: “Gato blanco o gato negro da igual, lo importante es que cace ratones”. Entre la segunda y la tercera cantata, el contratenor de Aviá (municipio de la provincia de Barcelona al que algún despistado autor de notas al programa ha llegado a confundir con Ávila, dándose el caso de que a Sabata le llamara “contratenor abulense”) introdujo la bellísima aria Alma mia, con la que se cierra la segunda escena del acto I de Floridante.

Sabata estuvo espléndido, como en él es habitual. Podrá gustar más o menos su voz (algunos la consideran demasiado viril para lo que se estila en la cuerda contratenoril actualmente), pero es de una fiabilidad a prueba de bombas. Bordó esa Alma mia, cantada con un sentimiento tan profundo como la fosa de las Marianas. Y no le fue a la zaga, en la propina, el aria Vinto son della mia fede del diletante Giovanni Maria Ruggieri, que, pese a esa condición de músico aficionado, no debía ser nada malo cuando un Gloria suyo ha figurado durante más de dos siglos como obra de Antonio Vivaldi.

A Sabata lo acompañó un Espasa siempre solícito. El clavecinista tarraconense tuvo también la oportunidad de lucirse en solitario con la Suite en Si bemol mayor HWV 434 y con ciclópea Chaconne en Sol mayor HWV 435 (de la cual ofreció una formidable lectura, con vertiginoso final), así como con un brillante arreglo de elaboración propia de la obertura de Floridante.

[El audio del concierto está disponible en el Canal March hasta el 6 de abril.]