MADRID / Wagner acabó imponiéndose a la infortunada indisposición de Currentzis

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ciclo La Filarmónica. 5-II-2026. MusicAeterna. Director: Teodor Currentzis e Ilya Gaysin. Wagner (arr. L. Maazel): El Anillo sin palabras.
A la vista de los sobresaltos e incidencias vividos ayer en la Sala sinfónica del Auditorio Nacional, procede quizá dividir la reseña en diferentes apartados.
Contexto y antecedentes
La segunda visita madrileña en esta temporada del carismático, controvertido y para muchos fascinante director greco-ruso Teodor Currentzis se enmarca en una gira extensa, que empezó en Alemania, Grecia y Bélgica (con la orquesta Utopía) para seguir después en Rusia y China y regresar de nuevo a Europa, con MusicAeterna, cerrando el ciclo en España (Barcelona, Zaragoza, Madrid y Sevilla) e Italia.
No entrará quien esto firma a consideraciones extramusicales en relación con el maestro y los conjuntos que dirige, porque, además de resultarle en extremo cansinas, se antojan de notable hipocresía. No deja de ser más que curioso que muchos autores de esas punzadas ajenas a la música dirijan su mirada cuidadosamente hacia otro lado cuando el objeto de las posibles críticas respira determinada ideología, momento en el que, sorprendentemente, dichas consideraciones dejan de importar. Ocupémonos, pues, de la música.

La obra
Cuando en el tramo final de 2024 la Orquesta Nacional ofreció El Anillo sin palabras, ese arreglo de Lorin Maazel escrito en 1987, el que suscribe ya comentó sobre la obra en cuestión. Muchos se lanzan a degüello contra la suite elaborada por el director francoamericano con dos argumentos esenciales: que condensar la colosal epopeya wagneriana (quince horas de música) en setenta minutos es una herejía imposible, y que hacerlo sin voces merece, además, una hoguera mayor que la que abrasó a Juana de Arco.
Por supuesto, es verdad que, si el propósito de la obra es esa condensación, es ciertamente imposible. Y evidentemente, también es cierto que sin las voces… falta un elemento ciertamente esencial. It’s not the real thing, que dirían los ingleses. Creí entonces, sin embargo, y sigo creyéndolo ahora, que el objetivo perseguido no era ese resumen inviable, sino acercar a la audiencia a la bellísima música de Wagner y quizá, como comentamos entonces, picar la curiosidad de muchos para conseguir que se adentren en el proceloso y complejo pero fascinante mundo de la escucha completa de la tetralogía, con el aprendizaje que ello conlleva. Parece que tal planteamiento merece desprecio y rasgado de vestiduras en ciertos círculos, pero la pregunta quizá debería ser cuántos de los asistentes a estos conciertos han tenido la oportunidad de escuchar en vivo la tetralogía wagneriana íntegra (y más aún, cuántos de quienes la han escuchado en vivo lo han podido hacer en interpretaciones de mínima garantía, porque la última que hemos visto por estos lares, en el Real, fue un bodrio de consideración).
El autor de estas líneas cree que es perfectamente lícito ofrecer a un público más sinfónico que operístico una obra que constituye un empeño loable y en muchos aspectos bastante bien conseguido de acercamiento a la monumental obra de Wagner, porque no sólo escuchamos los fragmentos más célebres, como la Cabalgata de las Valquirias, la Marcha fúnebre de Sigfrido o la Inmolación de Brunilda, sino muchos otros menos conocidos por quienes no están habituados a escuchar la tetralogía íntegra, y que son también de una gran belleza. Conozco, por cierto, más de un aficionado que quedó enganchado y se decidió a entrar en la tetralogía tras escuchar esta suite. Así que no será tan mala ni perjudicial la cosa.
Otra cuestión es que la propia concepción de Maazel tenga elementos criticables. Los tiene. Aunque la distribución de esos veinte números entre las cuatro óperas parece, a priori, en términos numéricos, equitativa (cuatro para El Oro del Rin, cinco para La Valquiria, otros tantos para Sigfrido y seis para El Ocaso de los Dioses), no lo es en realidad, y la más favorecida, en términos de la duración concedida, es claramente la última, El Ocaso de los Dioses, que se lleva casi 37 minutos de los poco más de setenta que dura la obra. Otro aspecto discutible lo constituyen algunas decisiones del director y compositor franco-americano. Se me escapa, por ejemplo, la razón por la que se ofrecen sin corte los finales de los actos I y II de La Valquiria, y en cambio no se interpreta entero el final de esa ópera (uno de los momentos más hermosos de toda la tetralogía y, me atrevería a decir, de toda la historia de la ópera), cuya escena final se corta, de forma algo forzada, para empalmar con la música del Mime atemorizado de Sigfrido. Con todo, creo que la suite cumple, en líneas generales, ese propósito introductor, que no condensador.

El concierto y las incidencias
Los hados, desgraciadamente, no pintaban favorables en el turbulento y desagradable día que vivimos ayer en Madrid, con vendavales huracanados y lluvia en algunos momentos más que intensa. Tras diez minutos de retraso se anunció que Currentzis se había sentido indispuesto esa tarde pero que iba a dirigir el concierto en atención al público de La Filarmónica, que abarrotaba (como siempre que viene el maestro greco-ruso) la sala. Primeros temores. Compareció, e inició la interpretación con la intensidad, entrega y despliegue de energía a que ya nos tiene acostumbrados.
Lo hizo con la intensidad dramática de la que es muy capaz, dibujando dinámicas extremas, colores finamente trazados, reguladores de enorme impacto y sonoridades llenas, contundentes. El comienzo del Oro del Rin encontró unos contrabajos de enorme impacto sin abandonar el piano, y unas trompas que, también en un cuidado matiz, presentaron el comprometido inicio (más de un desliz hemos presenciado en otras interpretaciones de esta obra) de manera impecable. Lo hemos dicho repetidas veces. Currentzis tiene algunas claves para causar el gran impacto que vemos y escuchamos. La primera es eso tan indefinible (y, a la vez, tan inmediatamente evidente) que llamamos carisma. Su manera de dirigir, su lenguaje corporal, la proximidad (casi apabullante en algunos momentos a los primeros atriles), son elementos que ayudan a construir una atmósfera, un clima de equipo en el que todo el mundo se implica a fondo. El público, claro está, también.
La segunda es su forma de trabajar, minuciosamente, una y otra vez, hasta que se consigue el objetivo. Es una traducción de aquello que decía Celibidache: un buen ensayo consiste en decir mil veces que no, y una, que sí. La orquesta de Currentzis no suena de forma espectacular por casualidad. Suena espectacular porque trabaja con una intensidad que se ha perdido en muchas otras orquestas, acostumbradas a ensayos tan tasados en el tiempo que, por bueno que sea el músico y por bueno que sea el director, dan de sí lo que dan de sí, y es más limitado de lo que parece.
No es de extrañar, por tanto, que las tubas wagnerianas sonaran perfectamente redondas en la entrada de los dioses en el Valhalla, o que los chelos, estupendos, brillaran en el inicio de La Valquiria. Tampoco sorprende que Currentzis expusiera con notable lirismo el pasaje posterior de Siegmund y Sieglinde, incluido el estupendo solo de chelo. Y por supuesto, a nadie le pilló de nuevas que desplegara una abrumadora intensidad en muchos momentos, como el final del acto II o la trepidante Cabalgata.

El infortunio comenzó en los últimos compases de La Valquiria, justo en los previos al inicio de los fragmentos de Sigfrido, cuando Currentzis se detuvo y abandonó el escenario. Temimos lo peor. Unos minutos después, se anunció que había solicitado tomarse un descanso de 10 minutos antes de reanudar el concierto. Volvimos a temer lo peor. Y, por desgracia, los temores se confirmaron. Se anunció que el maestro había perdido el equilibrio y se había desmayado en el camerino, y que no podía reanudar el concierto.
Lo hizo entonces el asistente, miembro de los segundos violines de la orquesta y director titulado, Ilya Gaysin (Moscú, 1983). No sería justo pedirle a Gaysin, en esta labor de urgencia, lo mismo que le pediríamos a Currentzis. El moscovita, que sin duda conoce bien la obra y, por lo que se explicó, ha trabajado la misma en la preparación de estos conciertos, salvó los muebles con notable resultado. Siguieron brillando los instrumentistas de MusicAeterna (oboe, flauta, clarinete en Sigfrido, el trompista situado en el anfiteatro en algunos pasajes de El Ocaso de los Dioses, la magnífica sección de cuerda en su totalidad) y siguió consiguiéndose una más que notable intensidad dramática en momentos clave como la Marcha fúnebre de Sigfrido por el Rin, con unos metales de apabullante redondez y una cuerda de emotiva riqueza de expresión en el tramo final de la obra. Quien firma estas líneas echó de menos, sí, algo de calma en este final de El Ocaso de los Dioses. Como antes habíamos escuchado a Currentzis el final de La Valquiria trazado con exquisita finura, quedó la duda de si él le hubiera dado otra perspectiva a ese final. Los interesados pueden bucear en el video (está en youtube) que contiene la interpretación de esta misma obra que Currentzis dirigió en 2023 a la Sinfónica de la SWR.
Pese a los retrasos, los sobresaltos y el disgusto final de ver a Currentzis dirigir solo algo menos de la mitad de la obra, el éxito fue grandísimo. El público reconoció la entrega y extraordinaria calidad de la orquesta, y la música de Wagner se elevó, finalmente, por encima de cualquier consideración sobre el arreglo de Maazel. Uno diría que está bien que haya sido así. Esperemos, por lo demás que la inoportuna indisposición del maestro quede pronto atrás y el resto de la gira transcurra con normalidad.
Rafael Ortega Basagoiti


