MADRID / Una ‘Voix humaine’ excesivamente hermosa y redonda

MADRID / Una ‘Voix humaine’ excesivamente hermosa y redonda

Madrid. Círculo de Bellas Artes (Teatro Fernando de Rojas). 28-XI-2021. Poulenc/Cocteau, La voix humaine. Anna Caterina Antonacci, soprano. Donald Sulzen, piano.

La voix humaine cuenta una historia universal, banal y trágica a un tiempo. Universal porque es el eterno tema del abandono amoroso, abandono que resulta banal cuando les sucede a los demás, pero que se torna una tragedia insoportable cuando le toca a uno. Quizá la mayor genialidad de Jean Cocteau consiste en contarnos la historia justo en el momento en el que la tragedia está en su culmen, el momento en que el abandono no tiene vuelta atrás y el dolor no puede ser más agudo, al tomar conciencia la abandonada de su soledad, y sin embargo es el mismo momento en que está a punto de convertirse en una historia más, de esas que una vecina cuenta a otra, que una amiga comenta a otra, entre el asombro, el ‘ya se veía venir’ y el ‘no hay mal que cien años dure’, porque la experiencia —sobre todo la ajena— eso ha mostrado, ruptura tras ruptura, a lo largo de los siglos. Pero Ella aún no lo sabe y quizá no lo sepa nunca, porque para Ella quizá sea la ruptura de su vida tras haber vivido el amor de su vida.

Por otra parte, no podemos dejar de señalar el aspecto visionario de la obra, en la que la tecnología aísla cada vez más al ser humano: con el teléfono ya no puede existir una mirada que quizás lo cambie todo, como llora la protagonista, porque no osa   reprochar al cobarde una ruptura telefónica… Qué decir de la cobertura que otorgan nuestros medios actuales a millones de miedicas capaces de las peores ignominias. Y volviendo a los personajes, señalemos que no tienen nombre, son sólo Ella y Él, contrariamente a la amiga y al portero que se citan en el curso de la conversación, porque en el fondo Ella y Él son cualquiera de nosotros. ¿Estrategia de identificación o de distanciamiento? Ambas, probablemente. Cocteau consigue que el espectador sea arte y parte y experimente el dolor casi fusional con la abandonada, al tiempo que vive una catarsis colectiva ante una situación universal. Y, además, que vivamos ambas experiencias hasta el final.

Una ambivalencia así sólo podía tener un traductor musical a su altura: Francis Poulenc. Pocos compositores son más capaces de llevarnos de un extremo a otro, de la alegría contagiosa al dolor más íntimo. Bien decía él que lo suyo eran o las clases populares o la aristocracia, y esa dualidad se puede trasponer a mil aspectos de su vida y obra: moine et voyou, monje y canalla como decía sobre el compositor el musicólogo Claude Rostand, refiriéndose a la profundidad de su fe católica que convivía sin conflicto con una ligereza de carácter y una fantasía humorística que, ojo, jamás incurrían en el desdén de lo más inherentemente humano, muy al contrario. Tanto en Dialogues de carmelites como en La voix humaine, Poulenc traduce el dolor y la angustia como nadie, angustia metafísica en el primer caso y absolutamente física en el segundo pero que producen ambas el sufrimiento más intenso y entrañado. Qué soberbia utilización de los semiparlandos, de los silencios, de las esperas, de los gemidos considerados absolutamente como material musical. Claro está que nos encontramos ante uno de los mejores melodistas de la historia y que mejor han prosodiado ese endiablado idioma para el canto que es el francés. Según confesión propia, escribió su última ópera prácticamente en estado de trance, sin duda influido por un momento de su vida privada que favorecía la proyección en su obra. Lástima que no tuviera tiempo de componer una cuarta ópera en la que quizá habría retomado el espíritu burlón y frívolo de Les mamelles de Tirésias, harto ya de sufrir tanto, de tantas monjas guillotinadas y tanta mujer abandonada, como escribía con su característico humor a una buena amiga poco antes del estreno de La voix.

La versión que el pasado domingo pudimos disfrutar en el Ciclo de Cámara del Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de la mano de Anna Caterina Antonacci y Donald Sulzen fue realmente muy hermosa y muy redonda. Casi excesivamente hermosa y excesivamente redonda. Y me explico. La conocida y muy apreciada soprano hizo gala de una forma vocal absolutamente magnífica, de un control musical admirable en esta obra extremadamente difícil y de una dicción completamente irreprochable. En cuanto al aspecto dramático, dio la impresión de que no estaba del todo en el papel desde el comienzo, como si estuviera más pendiente del público que de la llamada de Chéri. Bien es verdad que se fue dejando arrastrar por la intensidad emocional de la partitura y la situación, pero a quien suscribe le faltó una traducción más tangible de una mujer a flor de piel, perdida y totalmente vulnerable, sumida en una desesperación que le empuja a excusar a esa basura de tipo por no amargar los últimos instantes de felicidad que se le escapan entre los dedos y a través del hilo telefónico. Por así decirlo, a Antonacci no se le escapa nada, porque quizá está más enfadada que destrozada, y por eso el tono fue un tanto monocorde, sin esa zozobra que hace pasar súbitamente de la calma a la angustia, como pide el autor. Esos calderones, esos tiempos suspendidos que el propio Poulenc decía que dejaba al albedrío de la interpretación de la cantante resultaron, en general, en exceso breves, no nos mantuvo en vilo y con el aliento entrecortado. Digamos que era más una despechada furiosa que una desesperada al borde de la locura, como indica alguna de las didascalias que acompañan a la partitura. No hubo el más mínimo desgarro en su voz, siempre bellísima, pero nunca al borde del quiebro como se le supone a alguien a un paso de la demencia.

En cuanto a Donald Sulzen, sucede algo parecido: magnífico acompañamiento, que quedó precisamente en eso, en un muy buen acompañamiento, siempre excesivamente en segundo plano. La rotunda voz de Antonacci no necesita de un piano discreto, y menos aún teniendo en cuenta la fantástica escritura del autor para el instrumento. Si Poulenc pide que la obra debe bañar en la mayor sensualidad orquestal, es de suponer que en su partitura previa para piano pretendía algo parecido, máxime siendo él mismo un excelso pianista. Y eso fue lo que faltó: presencia y sensualidad. Pero insistimos, fue una hermosa y bien interpretada representación, hecha con mucho gusto y mucha solidez y un francés cantado digno de un largo aplauso, que fue el que recibieron justamente ambos músicos tras un notable esfuerzo musical y emocional.