MADRID / Una notable ‘Quinta’ de Chaikovski para cerrar la visita de la Sinfónica de Dallas

Madrid. Auditorio Nacional. 5-VI-2024. Ibermúsica 23-24. Dallas Symphony Orchestra. Director: Fabio Luisi. Solista: Thomas Hampson, barítono. Obras de Negrón, Weill y Chaikovski.
El contenido de la primera parte del segundo programa de la Sinfónica de Dallas en Madrid era bastante menos convencional que el primero. Se abría con el estreno en la capital de una obra escrita en 2008 por la Angélica Negrón (Puerto Rico, 1981), compositora residente de la Sinfónica de Dallas esta temporada: What keeps me awake. La partitura, de apenas siete minutos de curso amable, no se adentra en vanguardias rompedoras. Su dibujo, entre etéreo y efusivo, es un intento evocador de una noche de insomnio, y, como apunta Inés Fernández Arias en sus interesantes notas al programa, contiene un cierto carácter “ostinato”. Una especie, si se quiere, de suave estado de alerta, que termina, como también señala Fernández Arias, en una evanescencia suspendida, no concluida. Luisi se acercó a la partitura de Negrón con impecable literalidad más que sugerente evocación (el final quedó, en ese sentido, algo corto en ese ánimo de suspensión), y la orquesta respondió con la misma pulcritud.
Tampoco se escuchan habitualmente las Cuatro canciones seleccionadas de Kurt Weill sobre poemas de Walt Whitman: Beat! Beat! Drums!, Oh Captain! My Captain!, Come up from the Fields, Father y Dirge for Two Veterans. Canciones patrióticas de Weill, inspiradas por la guerra de secesión americana, que eran originalmente para voz y piano y que, como recoge oportunamente Fernández Arias, son orquestadas por el propio Weill con Irving Schlein (las dos primeras), por Carlos Suriñach (la tercera) y nuevamente por Weill, aunque culminada por John Baxindine hace bien poco (2013), la cuarta. Música que no responde al estilo vocal del lied más clásico, sino que absorbe la modernidad del canto hablado (o de la declamación cantada, como denomina Fernández Arias al sprechgesang) y es, en ese sentido, más cercana al ámbito teatral.
El conjunto brindaba la ocasión, además, para disfrutar del veterano barítono Thomas Hampson (Eikhart, 1955), que lleva años con estas canciones (las ofreció en Salzburgo a principios de este siglo, justo después de llevarlas al disco), que evidentemente siente y traduce con especial pasión e intensidad. Tenía verdaderas ganas de escuchar de nuevo en vivo a Hampson, porque ya han pasado doce años desde que le escuché un recital extraordinario precisamente en Salzburgo, que combinó canciones de Schumann, Dvorák y Mahler. Y el público de Ibermúsica le ha visto solo en una ocasión, en 2010. La voz, naturalmente, ha perdido parte del brillo de antaño, y algunas justezas en el fiato evidencian también que el tiempo no perdona. Con todo, el de Indiana conserva bastante íntegro el registro, aunque la zona grave pierde presencia respecto al registro medio-agudo (en el que se movió más cómodo). En su descargo hay que decir que tampoco el acompañamiento de Luisi, con una orquestación muchas veces bastante brillante, moduló la intensidad como para que Hampson no pasara algunos apuros para hacerse oír, especialmente en ese registro grave.
El gran artista sigue ahí, faltaría más, y ofreció algunas pinceladas muy notables, como el rotundo final de Beat! Beat! Drums! o algunos hermosos matices en la más conocida de las cuatro, Oh Captain! My Captain!, en la que algún agudo llegó sin embargo un punto abierto en la emisión. Fue quizá la tercera, Come up from the Fields, Father, la más redonda de las cuatro, muy bien matizada, y en la que Hampson empleó con acierto ese lenguaje cercano al sprechgesang antes citado.
El éxito de Hampson, siempre muy querido por el público, fue grande, y el barítono de Indiana se arrancó con una propina atípica, cantada a capella, que, según nos informó después Ibermúsica (el firmante no pudo identificarla de entrada), era el canto “Simple Gifts”, de Elder Joseph Brackett. Aire de danza (Hampson invitó al público a acompañarle con palmas) cuya melodía, debidamente transformada, sería luego arreglada por Copland como parte de su Appalachian spring.
La segunda parte del concierto la ocupaba la Quinta sinfonía de Chaikovski, otra de las cumbres de la triada final del ciclo sinfónico del ruso. Si la Patética escuchada ayer se abre y cierra en clima de oscuridad, y la Cuarta ofrece (sobre todo el primer movimiento, tan dominante) el lado más dramático, la Quinta bien puede representar el acercamiento más épico y triunfal. Ya desde el principio dio la sensación de que Luisi, maestro con sólido oficio, más intenso y claro que especialmente sutil, tenía más completamente absorbida esta sinfonía que la Patética. Más allá de la anécdota de que, de los dos conciertos, esta es la única obra que ha dirigido de memoria, lo cierto es que su discurso, muy bien trazado, llegó con más fluidez y conseguida tensión.
Sonó sereno el inicio del primer tiempo, con un excelente solo de clarinete, muy bien manejados reguladores y un clima de misterio que incluso superó el atentado criminal del móvil de turno, que asesinó sin piedad el último tramo de la introducción. Llegó con convicción el allegro con anima, que consiguió la apasionada intensidad requerida. Pareció acertadamente dibujado el molto più tranquillo posterior, y llevadas con buena tensión las transiciones al allegro. El Luisi más fogoso brilló en el clímax, más que en un final en el que se echó de menos alguna sutileza, con un ppp último que pudo haber llegado con más convincente desvanecimiento.
Atinado comienzo el de la cuerda, doliente, en el inicio del Andante cantabile, con alcuna licenza, y buenos solos de trompa (respetuoso con la demanda de Chaikovski en la partitura: dolce con molta espressione) oboe y clarinete, más afortunados que el fagot, cuya primera intervención en este tiempo no fue del todo precisa en la entonación. Luisi dibujó con acertada intensidad el rotundo recuerdo al enérgico primer motivo del movimiento inicial, y el final de este segundo tiempo, correcto, pudo haber tenido más delicada sutileza, aunque el pppp postrero prescrito por el compositor fue traducido con plausible acierto. Alegre, elegante y con acertado rubato el vals (este sí, un vals con el compás ternario convencional) del tercer movimiento, en el que el fagot tuvo otra pequeña pero apreciable pifia.
Luisi inició con serena grandeza, muy apropiada, el movimiento final, con un Andante maestoso que respondió bien a tal indicación. Vivo, pero sin desbocar, el Allegro vivace que le sigue, con transiciones e inflexiones de tempo, especialmente importantes aquí, manejados con habilidad desde el podio. Trepidante el pasaje Molto vivace hasta el famoso acorde de séptima dominante tras el que hay prescrita una pausa que constituye un factor de tensión importante. Por desgracia, muchos no entienden que la obra no ha terminado y, en esa pausa, rompen a aplaudir con furor, cargándose la tensión que el compositor buscaba. Un clásico, esto del aplauso en ese momento inoportuno. Y Luisi, sin duda conocedor del peligro, tiró por la calle de en medio… y eliminó la pausa, iniciando la solemne marcha que abre el final sin solución de continuidad tras el acorde mencionado. La coda, en un trepidante Presto, alcanzó el voltaje necesario, y el brillante y rotundo cierre despertó justificado entusiasmo en el público. Una Quinta de Chaikovski notable, intensa y apasionada, vibrante en buena medida, no tan exquisita en sutilezas, pero en todo caso muy convincente, y ciertamente más que la Patética escuchada el día anterior.
Sobre la orquesta ya referimos en la reseña previa algunos detalles que huelga repetir aquí. Plausible empaste, quizá un balance algo más equilibrado, pero tendencia, no especialmente frenada desde el podio, a la preponderancia de los metales sobre el resto, y sensación de que, con el contingente empleado, la cuerda, de bella y bien empastada sonoridad, debía tener más presencia. Éxito muy grande en todo caso. Como el día anterior, Luisi regaló una exultante lectura de la siempre brillante obertura de Russlan y Ludmila de Glinka.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


