MADRID / Un tremendo ‘Wozzeck’ impacta en el inicio de la temporada de la Orquesta Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 3-X-2025. Martin Winkler, bajo-barítono (Wozzeck), Lise Lindström, soprano (Marie), Rodrigo Garull, tenor (Tambor mayor) Tansel Akzeybek, tenor (Andres), Jürgen Sacher, tenor (Capitán), Stephen Milling, bajo (Doctor), Solgerd Isalv, mezzosoprano (Margret), Enrique Sánchez-Ramos, bajo* (Primer aprendiz), Diego Blázquez, tenor* (Segundo aprendiz), Xavier Pascual, tenor* (Un loco / un soldado). Grupo vocal: Antara Korai, con Jairo Somolinos (Hijo de Marie). *: miembros del Coro Nacional. Concepto escénico: Susana Gómez. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Director: David Afkham. Alban Berg: Wozzeck (versión de concierto dramatizada).
Estreno de la temporada 25-26 de los conjuntos nacionales, última de David Afkham como titular, y con una muy oportuna elección de obra, por varias razones. Wozzeck es la primera puntada de uno de los hilos temáticos del ciclo, El mundo de ayer. Como bien señala Afkham en uno de los videos de introducción al concierto, una reflexión sobre “la opresión, la alienación y la injusticia social de un tiempo que, sin saberlo, se asomaba a su propio precipicio”.
Se ofrece además la ópera de Berg en el año en que se cumplen 100 de su estreno (en Berlín, el 14 de diciembre de 1925, bajo la dirección de Erich Kleiber), efeméride que los conjuntos nacionales han querido celebrar. No son los únicos, porque este mismo fin de semana, en Múnich, la Sinfónica de la Radio de Baviera, bajo la batuta de su actual titular, Sir Simon Rattle, ofrece esta misma obra con Christian Gerhaher en el papel protagonista y Malin Byström en el de Marie. Y, además, por casualidades de la vida, estos conciertos ocurren pocos días después del fallecimiento de Franz Grundheber, uno de los Wozzeck más emblemáticos de las últimas décadas con las batutas de Abbado o Barenboim.
Mi querido colega Mario Muñoz desgranaba en detalle hace unos días, en un estupendo artículo publicado en estas páginas todo el trasfondo de esta ópera llena de amargura, incluyendo la obra de teatro de Georg Büchner en la que se originó, sobre el caso real del soldado Johann Christian Woyzeck, víctima de experimentos que le desequilibran y que termina por asesinar a Marie, la prostituta madre de un hijo ilegítimo con la que convivía.

Muñoz recoge en dicho artículo unas palabras de Berg que son más que ilustrativas sobre lo que vuelca en la ópera: “El caso es que hay en mí algo del personaje [Woyzeck], puesto que también yo dependo de personas deleznables a las que odio, y paso estos años de guerra maniatado, en un estado de salud endeble, esclavizado, resignado, hasta humillado”. Si, Wozzeck es una ópera cruda, amarga, descarnada, en muchos momentos provocadora de un estremecimiento brutal, que juega sin concesiones como una cadena de golpes al espectador. Golpes que sobrecogen y emocionan, y que llevan a la reflexión, en buena parte porque anticipan ese precipicio al que aludía el propio maestro.
En esta era en la que la humanidad luce un asombroso progreso tecnológico que desgraciadamente va impregnado de una hemorragia que parece incoercible en lo que a pensamiento y humanidades se refiere, con una desertización intelectual alarmante, es bueno afrontar esos golpes que obras como la de Berg nos traen, pararse a pensar e intentar entre todos que algún coágulo de sensibilidad frene lo que amenaza con arrojarnos desangrados de alma a ese precipicio mencionado al principio. Por eso parece también oportuna la programación de esta colosal partitura.
La música expresionista se convierte en un vehículo magistral para sumergirnos en toda esa cadena de sensaciones a las que aludía el propio Berg en las palabras citadas. No escatima medios el compositor austriaco. La orquesta principal (que estaría en el foso en una versión escenificada) es importante: 4 flautas (todas doblando flautín), 4 oboes (el 4º doblando corno inglés), 4 clarinetes en Si bemol (el 1º dobla clarinete en La, los clarinetes 3 y 4 doblan clarinete en Mi bemol), clarinete bajo, 3 fagots, contrafagot, 4 trompas, 4 trompetas, 4 trombones, tuba, timbales, 2 bombos, platillos, caja, 2 gongs, triángulo, xilófono, celesta, arpa y cuerdas (en número de 50-60).
Adicionalmente, requiere hasta tres grupos más en escena: la banda militar que aparece en la tercera escena del primer acto (todos ellos, según indica Berg, pueden ser parte de la orquesta principal: flautín, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, bombo con platillos, caja y triángulo), la banda de la taberna (acto 2, escena 4, que incluye clarinete, bombardón, acordeón, guitarra y dos violines) y la orquesta de cámara para la tercera escena del segundo acto: flauta (doblando flautín), oboe, corno inglés, 2 clarinetes, clarinete bajo, fagot, contrafagot, 2 trompas y cuerdas). Por si fuera poco, se demanda un piano vertical fuera de escena para la tercera escena del tercer acto.

La partitura es también bastante específica en cuanto a la demanda de tipología vocal. El protagonista debe ser un barítono, pero también empleará la voz hablada (sprechstimme), el tenor (Tambor mayor) debe ser un tenor heroico (Heldentenor), mientras que para el papel de Andres se pide un tenor lírico que también se desempeñará con la voz hablada. Lo mismo puede decirse, en cuanto a la especificación de detalle, del Capitán y el Doctor (tenor y bajo cómico, respectivamente), y el resto de los papeles. Solo para los de Marie (soprano) y Magret (contralto) se dan denominaciones genéricas. No deja detalle sin cuidar Berg, que apunta que las “voces declamadas están anotadas en el estilo del Pierrot de Schoenberg”. Para su ejecución, la “declamación rítmica”, ofrece igualmente indicaciones precisas en la partitura.
Obra, en fin, trabajada con minucioso detalle. Lo fue también el estreno, con más de una treintena de ensayos completos de orquesta y catorce de conjunto (más los vocales), muchos de ellos atendidos personalmente por Berg. Lo ha sido (aunque lejos, claro está, de esas cifras, hoy del todo inviables), la presente producción, en todos sus aspectos. Y vaya si se nota.
Hay que empezar por aplaudir el concepto escénico de Susana Gómez, que funciona a la perfección enmarcada en una sencillez que casa muy bien con la propia obra: la crudeza e intensidad de texto y música no necesitan grandes aditamentos para impactar. Gómez situó una tarima adicional frente al escenario para posibilitar el movimiento de los cantantes en un escenario ocupado por la nutrida formación orquestal. El único añadido era el sillón de barbería obligado para la primera escena de la obra, que luego sería utilizado con habilidad multifuncional a lo largo de la obra. A partir de ahí, con un vestuario sin excesos, un eficaz movimiento de actores y un muy efectivo juego de iluminación, Gómez logró crear con total éxito el ambiente adecuado.

El reparto vocal mostró un nivel global más que notable, y con algunas figuras sobresalientes. En su haber hay que anotar, además, que la confrontación con la orquesta partía de un hecho desfavorable para las voces que resulta inevitable en una interpretación de concierto: la orquesta está sobre el escenario y no en un foso. Y, como hemos señalado, no es una orquesta cualquiera, sino una formación capaz (como pudimos comprobar) de apabullantes intensidades.
Hay que situar a la cabeza a un soberbio Martin Winkler. El barítono austriaco se mete a fondo en un personaje que en la primera escena parece tímido, dubitativo, débil, y que luego se sumerge en sus reflexiones, más tarde en sus delirios, se desgarra en una espeluznante desesperación en los que la intensidad vocal, cantada y declamada, se funde con un formidable despliegue de habilidad dramática que nos pone literalmente los pelos de punta. No le va a la zaga la Marie de Lise Lindström, una soprano dramática de primera, igualmente capaz de poner un nudo en la garganta (su ¡Ay de nosotros, los pobres! en la tercera escena del primer acto resultó demoledor) en una actuación magnífica de principio a fin.
Muy notable Garull, de gran presencia escénica en lo físico y más que suficiente en lo vocal. Sacher evidenció un dominio extraordinario de ese lado de cómico sarcasmo que tiene su papel, con envidiable manejo del falsete. Milling, también de imponente presencia escénica, lució una voz de bajo de mejor color que volumen. Tanto él como Sacher fueron, quizá, quienes más padecieron lo más crudo de esa confrontación con la orquesta antes aludida. Excelente asimismo el resto del reparto, incluidos los tres miembros del Coro Nacional. Éste, por su parte, ofreció una prestación también muy notable. Estupenda también la breve, pero muy lograda participación del grupo coral infantil Antara Korai, con Jairo Somolinos dibujando con total acierto el papel de hijo de Marie.
La Nacional brilló como en las mejores tardes. Se notó la entrega y el concienzudo trabajo de esas semanas. Sería prolijo destacar a todos los implicados, pero merecen el más cálido aplauso, y obtuvieron el merecido reconocimiento de Afkham y el público al final. Cabe quizá destacar como algo más peculiar que los componentes de la banda de la taberna (Martín, Balboa, Pellicer, Romero y Tellería), además de una prestación musical impecable, contribuyeron con acierto y desparpajo al componente actoral de la propuesta escénica. En todo caso, una prestación impecable de todas las secciones de la orquesta, capaces de desplegar una dinámica de apabullante intensidad, como pudimos comprobar en el tercer acto, en unos crescendi desgarrados, que se antojaban interminables y alcanzaban una intensidad sencillamente apabullante.
Y a estos mimbres extrajo David Afkham el mejor de los resultados. Se mete el maestro de Friburgo a fondo en estos pentagramas, que sin duda conoce muy bien y quiere especialmente. Afkham demostró, una vez más, el soberbio músico que es y la grandísima capacidad que tiene para sacar lo mejor de los conjuntos nacionales. Preciso, atento, adecuadamente anticipador, dibujó un arco dramático de intensidad apropiadamente angustiosa. Llevó a músicos y cantantes, y al público con ellos, por el misterio, las tinieblas, el dolor, el drama y el desgarro. Apabulló sin concesiones cuando la música lo pedía, y nos dejó con un nudo en la garganta cuando tal se demandaba, como en el escalofriante final. Una labor realmente formidable del estupendo director que es el actual titular de la Nacional. No sorprende que el éxito fuera grandísimo con un público entusiasmado ante una propuesta que, por excepcional, lo merecía.
Rafael Ortega Basagoiti
[Fotos: Rafa Martín]


