MADRID / Un sensacional Wagner domina el primer concierto de la Staatskapelle Dresden

Madrid. Auditorio Nacional. 20-V-2026. Ibermúsica 25-26. Staatskapelle Dresden. Director: Daniele Gatti. Solista: Gautier Capuçon, violonchelo. Obras de Wagner, Saint-Saëns y Debussy.
Nueva visita doble de la siempre bienvenida Staatskapelle de Dresde, que no solo es una de las orquestas más antiguas del mundo (la fundación se remonta a 1548, ahí es nada), sino también una de las mejores. Por su podio han desfilado nombres que son leyenda en la historia de la música como Carl Maria von Weber o el mismísimo Richard Wagner, de quien por cierto se escuchaban obras en este primer concierto de los sajones. En la era de la dirección de orquesta profesional, hay que anotar los mandatos de directores tan ilustres como Fritz Reiner, Fritz Busch, Rudolf Kempe, Kurt Sanderling, el incombustible Herbert Blomstedt o, más recientemente, Christian Thielemann. Desde hace un par de años es el italiano Daniele Gatti quien figura como titular de la formación, y como tal ya nos ha visitado el pasado año.
El primer programa enfrentaba a dos compositores franceses, figuras clave, en ese país, del romanticismo (Saint-Saëns) y el impresionismo (Debussy), con la emocionante magia wagneriana. Con Wagner se abría (Preludio del acto III y Encantamiento del viernes santo de Parsifal) y cerraba el concierto (Preludio y Muerte de Isolda de Tristán e Isolda), como una suerte de marco para la interpretación del Primer concierto para violonchelo de Saint-Saëns y el conocido poema sinfónico (aunque subtitulado por su autor como “tres bocetos sinfónicos”) El Mar, de Debussy.
El Concierto de Saint-Saëns es, como apunta Pablo L. Rodríguez en sus notas, una obra bien cohesionada a nivel narrativo, con momentos de singular encanto, como el minueto que protagoniza con elegancia el segundo movimiento. A quien esto firma, la buena vibración de buena parte del material que protagoniza el primer tiempo, que retorna en el tercero, termina resultando algo reiterativa, aunque la escritura da más que buena ocasión para el lucimiento del solista y llega al oyente de forma muy directa.
Comenzó con algo de retraso la interpretación de esta obra (un espectador sufrió un síncope del que felizmente pudo recuperarse tras la rápida y eficaz actuación de un médico presente en la sala), pero la tardanza no impidió que el solista de la ocasión, el francés Gautier Capuçon (Chambéry, 1981), bien conocido de nuestro público, aprovechara al máximo la mencionada ocasión para hacer brillar su excepcional categoría. Lo hizo con sus bien conocidas virtudes: sonido lleno, de gran belleza, muy preciso en la afinación, ágil y nítido en la articulación, seguro en las dobles cuerdas y octavas, rico en matices y fraseo siempre sensible y elegante, del que la preciosa entrada dolce assai en el precitado minueto puede ser una excelente muestra. Sacó el máximo partido a las virtudes melódicas y virtuosísticas que tiene la partitura. Acompañó con absoluta precisión la extraordinaria Staatskapelle, dirigida con mando firme, atento y cuidado (de memoria, como el resto del concierto) por su titular.
El éxito del violonchelista francés fue tan grande como merecido, y el regalo enardeció aún más al respetable: un arreglo, interpretado con la formidable sección de chelos de la orquesta, del famoso y hermosísimo Duo de las flores de la ópera Lakmé, de Léo Delibes. Aunque no lo mencionó, cabe asumir que el arreglo escuchado fue el que el propio violonchelista tiene grabado, obra de Jérôme Ducros.
Señala acertadamente Rodríguez también en sus notas, al hablar de El Mar, que “si al escuchar el flujo y reflujo de El Mar tenemos la sensación de contemplar el mar”, eso constituye la muestra fehaciente de su éxito. Para que ello ocurra, sin embargo, no basta con una cuidada y perfecta ejecución. Se necesita una atmósfera especial, la que se cimenta en un colorido sonoro especial (es que con tanta fortuna y tan minucioso trabajo construía Celibidache), que consiga la deseada evocación de imágenes que el compositor francés sin duda perseguía. Y ese trabajo del color sonoro no es sencillo. Se diría que es una suerte de idioma singular que hay que trabajar (y la orquesta absorber) con tiempo y paciencia de relojero.
Gatti construyó con mimo la interpretación, al frente de una Staatskapelle siempre esplendorosa, precisa y exacta (la perceptible pifia del solista de trompeta al principio del tercer boceto, Diálogo del viento y el mar, es una mínima anécdota que no empaña una prestación orquestal magnífica). Hubo, qué duda cabe, momentos muy conseguidos, como el clímax del primer boceto, el carácter tempestuoso del tercero, concluido en una apabullante explosión. La orquesta le respondió de manera formidable, asentada en una sección de cuerda primorosa, de una sonoridad cálida, llena, exquisita en el matiz y de una precisión y empaste excepcionales. Asombrosa también la madera, y rotundos los metales. A quien esto firma la lectura le resultó, sin embargo, tan exacta, precisa y brillante como corta de esa sugerencia evocadora antes precitada.
Lo mejor de la velada vino, como quizá cabía esperar, en la apertura y cierre wagnerianos. Sonó adecuadamente desolada, hasta estremecedora, la música del Preludio del acto III de Parsifal, en la que ya nos dejó boquiabiertos la sutileza, precisión y capacidad de matiz de la cuerda sajona. Gatti, con el mando siempre claro, acertó de pleno para conseguir esa mezcla de solemnidad, grandiosa trascendencia y emocionante tensión que impregna esta música maravillosa. Los metales se sumaron luego con brillantez a esa grandeza. Estupendamente construida la transición a la trascendida y solemne elevación espiritual que nos trae el Encantamiento del Viernes Santo. No sabía uno qué admirar más, si los prodigiosos contrabajos o la sobrecogedora belleza de la prestación de la madera (¡qué solistas de oboe, clarinete, flauta…!). Aquí sí se consiguió, vaya si se consiguió, el clima más adecuado. Y prueba de ello es que, tras el evanescente final se respetaron escrupulosamente esos segundos de necesario y oportuno silencio, sin (albricias) esos impertinentes aplausos que tantas veces asoman con irritante precipitación (en el caso de Parsifal, y por su carácter tan cercano, conviene recordar que Karajan, intérprete de la obra en muchos Viernes Santos del Festival de Pascua de Salzburgo, prohibía los aplausos al final de la interpretación).
El gran acierto wagneriano de Gatti y la orquesta sajona con los dos fragmentos de Parsifal se reiteró en la obra que cerraba el concierto, el Preludio y la Muerte de Isolda (ésta en la versión exclusivamente instrumental) de esa ópera colosal que es Tristán e Isolda. Escalofriante el comienzo, apropiadamente extático, del Preludio, otra vez presentado por una cuerda grave realmente estratosférica. Fraseo muy bien respirado por Gatti, con buena atención a las pausas, con sus calderones correspondientes, que Wagner intercala sabiamente en varios puntos, como elementos generadores de tensión. Ese “hágase esperar” que es todo un aviso contra la precipitación y que, adecuadamente traducido (como fue el caso) brinda la necesaria expansión y eleva las pulsaciones. La música creció en un arco admirablemente edificado, con dinámica estupendamente graduada y la anchura justa para conseguir la tensión perseguida por el compositor, también emocionante en una estremecedora transición a la Muerte de Isolda. Aquí también se consiguió la mayor emoción, con ese sobrecogedor crescendo que lleva hasta el clímax traducido de manera magistral. Cuidadísimo manejo de la dinámica, también en el largo regulador final. Todo un éxtasis, como indudablemente perseguía Wagner.
La orquesta sajona se salió nuevamente en estas páginas del Tristán, y de nuevo uno no sabe qué admirar más, si la precitada cuerda grave, la magnífica sección de violas, la apabullante grandeza de los metales o el asombroso clarinete bajo. Todos justificaron plenamente por qué la orquesta está considerada desde hace mucho tiempo como una de las mejores del mundo, También aquí se consiguió contagiar el clima y no hubo precipitación en el aplauso, entusiasta, tras ese sublime final de la Muerte de Isolda. El éxito fue enorme, pero Gatti, con muy buen criterio, consideró que después de una música como esa no procede propina alguna. Así era. Había que digerir lo exquisito del manjar musical wagneriano que acabábamos de disfrutar, cuando aún estamos paladeando lo que disfrutamos el fin de semana con ese sobresaliente primer acto de La Valquiria por la Nacional, y a pocos días de que Iván Fischer nos presente la escena final de esta misma ópera.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Markenfotografie / Jörg Simanowski)

