MADRID / Un magistral Stéphane Degout interpreta la mejor inspiración española en la March

Madrid. Fundación Juan March. 3-XII-25. Stéphane Degout, barítono; Simon Lepper, piano. “El Quijote, castillos imaginarios”, obras de Ravel, Fauré, Schumann e Ibert.
De verdadera lección magistral se puede calificar el recital que el barítono francés Stéphane Degout ofreció este pasado miércoles 3 de diciembre junto al pianista británico Simon Lepper en la Fundación March de Madrid. Bajo el título “El Quijote, castillos imaginarios”, ambos músicos construyeron un programa que aúna no sólo los dos ciclos dedicados a Don Quijote por parte de Ravel e Ibert, sino toda una serie de mélodies y lieder en torno al ensueño y a los deseos inalcanzados y/o inalcanzables (pueden leer la entrevista de esta revista con el cantante aquí).
El concierto comenzó con Sainte, una de las primeras mélodies de Ravel, cuyo poema escrito por Mallarmé indujo una música tan esencial y misteriosa como el propio texto. El propio poeta escribió en una carta que lo había concebido para ponerle música, cosa que Ravel probablemente intuyó y pensó muy justamente en Santa Cecilia. La voz de Degout, tan sólida y carnosa, tiene la facultad de adaptarse como un guante a cada ambiente que precise la música. De este modo, esa atmósfera entre litúrgica —marcada por esa verticalidad que se desfigura poco a poco en el piano— y etérea de Sainte nos fue trasladada con un legato magnífico, un vibrato justamente medido y unos agudos en piano perfectamente proyectados y con un timbre ligeramente blanco. En los dos Epigrammes de Clément Marot (contemporáneos de Sainte, puesto que las tres mélodies datan de 1896), Ravel se zambulle en la poesía barroca y en esa vuelta a los músicos del XVII francés. La versión de Degout y Lepper combinó magníficamente la sensualidad evidente de los poemas (ese fuego que consume al poeta a pesar de la nieve que su amada le arroja y el deseo que le provocan sus dedos recorriendo la espineta) con la elegancia que demanda ese falso arcaísmo modalizante. Estupendo Lepper en la evocación de la espineta y en su lectura rítmica de ese 5 por 4, contrariado por síncopas y acentos.
L’Indifférent, tercero de los movimientos de Shérézade (1903) sobre poemas de su amigo Tristan Klingsor, es, en mi opinión, una de las mélodies más subyugantes de Ravel. Ese narrador que ve pasar a un joven de ambigua belleza, lo llama y sólo recoge su indiferencia está retratado de forma absolutamente genial en esta música llena de languidez, melancolía y voluptuosidad dolorosamente contenida. Fue un momento verdaderamente mágico escucharla en la voz de Degout, que moduló con enorme delicadeza cada mínima inflexión —todo es sugerencia, nada es completamente explícito— hasta ese momento culminante en que, evocando la negativa del joven a la invitación, el cantante se queda solo, sin acompañamiento. El primer bloque dedicado a Ravel se cerró con Deux Mélodies hebraïques (1914). La declamación fúnebre de Kaddisch adquirió una intensidad estremecedora en la versión del francés, que supo mezclar la solemnidad ritual con la emoción creciente del duelo hasta ese melisma final que sube hasta el sol agudo en varias ocasiones hasta morir en el “Amén”. Da gusto escuchar a un cantante que permite un forte del magnífico piano de Lepper con la tapa abierta. El Énigme éternelle resultó exactamente así, enigmático, con ese final en pianissimo y exento de vibrato que nos dejó en suspenso.
Paso al imprescindible Fauré en cualquier programa de mélodie que se precie para comenzar con su primer ciclo, Poème d’un jour (1878), conformado por tres canciones que describen un breve amor que transcurre en un solo día. Una de las características de los grandes intérpretes —en este caso cantante— es que adaptan su fraseo y forma de cantar al estilo y no al revés y en este sentido Degout supone un ejemplo paradigmático. Quedó claro lo que caracteriza a estas obras de Fauré gracias a una presencia vocal más afirmada, una expresión más romántica y un fraseo más unívoco: en Fauré cada mélodie dibuja un ambiente, mientras que en Ravel las fluctuaciones son discretas y ligeras pero constantes en le interior de cada obra. Disfrutamos de la caracterización de los tres momento de ese breve amor: la turbación del encuentro en Rencontre con un fraseo largo y un cuidado extremo a las dinámicas; la cólera apasionada frente al posible rechazo en Toujours, liberando su imponente caudal vocal con total control, especialmente en el agudo final; y por último la tristeza de la separación en Adieu apoyándose un poco en algunas consonantes, como arrastrando los pies, y utilizando ligeros crescendi y diminuendi sobre algunas notas.
Siguieron dos de las Trois mélodies op. 23, comenzando por Le Secret. Como bien dijo Carmen Torreblanca en el diálogo previo con Juan Lucas, hay una correspondencia entre Le Secret y Diane, Séléné, así como entre Les Berceaux y Je me suis embarqué que escucharíamos en la segunda parte formando parte del ciclo L’Horizon chimérique, de manera que podemos ver la relación entre estas mélodies tempranas y su último conjunto. Soberbios tanto el legato como el fiato exhibidos por Degout en estas dos pequeñas joyas. La segunda de ellas, Les Berceaux, y la que terminó el grupo fauréano de la primera parte, Après un rêve, son probablemente las mélodies más afamadas del compositor, y es justo decir que tuvieron en Lepper y Degout unos intérpretes excepcionales: encontraron siempre el punto justo entre sentimentalidad, dolor y recato expresivo. Qué placer escuchar estas obras en una voz tan poderosa, redonda, homogénea y dúctil al mismo tiempo.
Antes del descanso hubo lugar para Schumann, uno de los compositores preferidos del barítono francés, que hizo gala de su capacidad actoral vocalmente hablando. Dibujó un impresionante y terrible rey babilonio en esa preciosa y larga balada Belsatzar (1848). Como en una escena operística, pudimos disfrutar de toda la rotundidad del rey amenazante, así como de su temor y su agonía, gracias a esa voz que se adapta absolutamente a todo y controla cada registro dinámico. De nuevo la complicidad con Lepper fue un punto fundamental para mantener la tensión y el carácter de la obra. Por cierto, la dicción de Degout es tan perfecta en alemán como en francés. Por último, tres de los Spanische Liebeslieder op. 74: Melancholie, Geständnis y la famosa Der Kontrabandiste, la más “española” de las tres en las que pudimos seguir disfrutando del conocimiento estilístico y la fabulosa expresividad del dúo. Mención especial para ese contrabandista, lleno de saltos de octava, acentos, ruptura de las frases y de incómodos melismas que Degout toreó con total dominio. Vuelta al ruedo, orejas y rabo.
En la segunda parte pudimos escuchar los dos ciclos dedicados a Don Quijote que fueron compuestos para la película de Pabst con Chaliapine como protagonista (verán la historia resumida en la entrevista anteriormente citada), comenzando por el de Jacques Ibert. Estupenda esa mezcla de declamación y canto de la Chanson du départ, así como el control de la emisión a lo largo de todo el amplísimo registro. Estupenda de contraste la Chanson à Dulcinée entre las secciones más rítmicas y la más lírica, que evoca el recuerdo de la amada. Nuevo carácter para la Chanson du Duc, más solemne, en la que destacó el control de esos peligrosos graves. Maravillosa de emoción la Chanson de la mort de Don Quichotte, esa habanera fúnebre sobre la que se canta esa gran verdad: “si todos los libros me han matado, uno solo basta para que yo viva / fantasma en la vida y realidad en la muerte”. No se puede imaginar mejor caballero andante en esa agonía entre digna, rebelde y triste que Stéphane Degout, con esa última nota aguda en diminuendo. En cuanto al acompañamiento, siempre eficaz y cuidado, impecable rítmicamente y con muy bello sonido, cabe decir que, si bien fue irreprochable en la Chanson de la mort, Simon Lepper podía haberse tomado un poco más de tiempo en esas frases ornamentadas e hispanizantes de las dos primeras: no todo lo español es nervioso ni arrebatado. Ni medio titubeo en la afinación de Degout en todo este conjunto, lleno de intervalos muy semejantes pero siempre cambiantes y con un acompañamiento que la mayor parte de las veces parece escrito para perturbar.
Entre uno y otro Don Quijote, Degout y Lepper ofrecieron el último ciclo de Fauré, L’Horizon chimérique, de 1921. Stéphane Degout es de esos intérpretes que consigue que todo parezca evidente, claro y sencillo, y bien sabemos que no hay nada más difícil. Maravilloso ese amplio fraseo en La mer est infinie que parece natural y evidente, y que sin embargo evoluciona sobre un constante cambio armónico del piano a pesar de un patrón rítmico constante. Fantástico Lepper en Je me suis embarqué, manteniendo esa especie de ostinato de la mano izquierda y esas síncopas en la derecha y atendiendo no obstante a la mínima inflexión de la voz. Un diseño melódico, por cierto, que parece moverse lo menos posible, como un mar tranquilo, con la dificultad de la afinación sobre ese piano armónicamente complejo. Degout encontró el punto justo de quietud expresiva en Diane, Séléné y su fraseo llenó de emocionante añoranza ese Vaisseaux, nous vous aurons aimé.
Para introducir el Don Quichotte à Dulcinée de Ravel tuvieron el buen tino de ofrecer previamente la Chanson espagnole de las cuatro Chansons populaires (1910). Escrita sobre un texto en gallego con un acompañamiento de petenera vagamente transformada e interválica de evocación andaluza, se trata de una mélodie misteriosa y nostálgica a la que extrajeron todo el sabor y que precede muy bien a esa última obra maestra del genial francés. Si un “pero” puedo poner a la Chanson romanesque es que Lepper no quiso tener un poco más de protagonismo e imprimir un poco más de personalidad al acompañamiento, por otra parte tan impecable como el resto (otra petenera-guajira). En cuanto a Degout, estuvo absolutamente conmovedor en esa segunda sección en modo mayor en contraste con ese principio de vocalidad más firme. Admirable de vulnerabilidad en ese “Oh, Dulcinée” final. Impresionantes ambos en la Chanson épique, esa especie de lento zortziko en el que es tan difícil mantener el fraseo y la tensión musical. Fantásticas las dinámicas al piano, muchas veces sobre una sola nota repetida y perfecto de redondez y emisión ese agudo en forte, “Madame”. Una verdadera lección de interpretación y emoción. Y divertidísimo ese final de la Chanson à boire, en la que Ravel no nos ahorra onomatopeyas musicales en esta especie de jota andaluza. Ambos nos hicieron oír la borrachera de Don Quijote y participar con entusiasmo de esa alegría a la que canta.
En agradecimiento a los aplausos del público y a pesar del móvil asesino de una señora que ya había fastidiado lo suyo anteriormente, interpretaron Stille Tränen de las Doce poesías de Justinus Kerner op. 35. Un cierre magnífico para un concierto memorable.
Ana García Urcola
(fotos: Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March)


