Stéphane Degout: ‘La curiosidad de Ravel jamás claudicó ante los gustos de la moda’

En el marco del ciclo que la Fundación Juan March dedica a la relación de Ravel con España con motivo del 150º aniversario del nacimiento del compositor, el tercer y último concierto estará protagonizado por el barítono francés Stéphane Degout acompañado al piano por el británico Simon Lepper bajo el título “El Quijote: castillos imaginarios” y tendrá lugar el próximo 3 de diciembre. Como es sabido, Ravel recibió el encargo de componer una serie de canciones para el Quijote que estaba rodando el cineasta austriaco Georg Wilhelm Pabst.
Lo que no sabía el compositor es que la productora había organizado una especie de concurso secreto y en realidad habían hecho la misma propuesta a Manuel de Falla, Darius Milhaud, Marcel Delannoy y Jacques Ibert, que sería finalmente el elegido, para su propio apuro, al enterarse de que lo habían preferido a Ravel. Probablemente hubo dos razones para esta decisión: la primera, que Ravel tardó en ponerse a componer e iba con retraso; la segunda, que Ibert era un profesional que ya había escrito para el cine, concretamente para películas de René Clair y Jacques Tourneur (más tarde en 1948 sería el responsable de la música para Macbeth de Orson Welles).
Además de estos dos Quijotes de Ravel e Ibert, el programa nos trae una serie de mélodies del mismo Ravel que cubren toda su producción, algunos Spanische Liederspiel de Schumann y una selección de mélodies de Fauré, que incluye su último ciclo, L´Horizon chimérique. Con esta ocasión hemos podido plantear una serie de preguntas al gran barítono, al que hemos tenido ocasión de escuchar el mes pasado en un soberbio concierto del Ciclo de Lied de la Zarzuela en el que precisamente también interpretó las Chansons de Don Quichotte à Dulcinée de Ravel.
Me gustaría comenzar por los dos ciclos dedicados a Don Quijote. ¿Qué elementos considera Usted que caracterizan a cada una de las dos obras?
Quizá habría que preguntarles a los poetas, es decir, Paul Morand (Ravel) por una parte y Pierre de Ronsard y Alexandre Arnoux (Ibert) por otra. Quitando a Ronsard, los otros dos escribieron estos poemas pensando en ponerles música y para un proyecto muy específico, el cine, con todas las novedades que eso comportaba en aquella época. Pintaron un personaje de película, con algunos trazos de carácter un tanto exagerados que, sin embargo, parecen fieles a la estampa que nos llega desde Cervantes: ese personaje que lo ve todo en sentido literal, enamorado de las quimeras, caballeresco pero incapaz de diferenciar entre la realidad y las novelas que lee.
Da la impresión que el Quijote de Ravel es un personaje cuyo idealismo está llevado al extremo y cuya relación con la realidad es muy relativa, mientras que el de Ibert parece más terrenal. ¿Comparte Usted esta visión? ¿Y cómo aborda ambos Quijotes desde el punto de vista interpretativo?
Sí, sin duda alguna. Las mélodies de Ibert y las de Ravel nos revelan siete caras de un mismo personaje, así que no creo que sea yo quien debe subrayar esas diferencias: la música se basta a sí misma.
Respecto a las mélodies de Ravel que va a cantar, da la impresión de haber elegido unas cuantas muy representativas de su recorrido. ¿Cómo se traduce la evolución de este compositor a través de estas obras?
Hemos explorado todas las etapas de la creación de Ravel un poco por casualidad. Mallarmé, Marot, Klingsor, Morand o algunos cantos populares. Desde Sainte, que es su primera mélodie y abre el programa, hasta la última, la “Chanson à boire” de Don Quichotte à Dulcinée, podemos sentir la finura en la elección de las poesías a las que puso música. Se trata de una gran y profunda curiosidad que no claudica jamás ante los gustos de la moda, de una búsqueda artística muy personal y solitaria.
¿Ha pensado en cantar alguna vez el último Don Quichotte francés del XX, es decir, el de Massenet?
No, jamás. En cambio sí he cantado el Don Chisciotte de Francesco Conti (1719) bajo la dirección de René Jacobs.
La inclusión de Fauré es una elección muy lógica, como maestro de la mélodie francesa pero ¿por qué en concreto esas obras, con un ciclo del primer periodo de su composición para voz y piano junto al último de su producción? ¿Quizá ha buscado una relación conceptual entre la historia de Don Quijote y el universo soñado de L’Horizon chimérique?
El tema de nuestro recital es “Construir castillos en España” nos ha guiado hacia el ensueño, la quimera, los fantasmas y también el exotismo (en español sería “hacer castillos en el aire” o “castillos imaginarios”. como reza el título traducido del programa, obsérvese en esta expresión la evocación al ensueño que conlleva el exotismo hispanizante francés). Todo esto hace que estas mélodies de Fauré encuentren su lugar natural en el programa. Le poème d’un jour son tres cortos relatos amorosos nacidos de la imaginación y no de la experiencia. L’Horizon chimérique nos habla de un horizonte fantaseado, transfigurado y jamás alcanzado; en este sentido, la confesión “Je suis de ceux dont les désirs sont sur la terre” (Soy de ésos cuyos deseos se encuentran en la tierra) es todavía más conmovedora.
Gracias a esta temática española cantará Usted algunos lieder de Schumann bastante inhabituales así como su balada más larga. ¿Qué lugar ocupa Schumann en su vida de cantante de lied?
Me gusta muchísimo Robert Schumann. Hay un aliento en su música, un vértigo que confina a veces con la locura (la suya, sin duda alguna). De unos años a esta parte programa sistemáticamente a Schumann en mis recitales. Estos tres lieder están sacados de un ciclo que llamó Spanische Lieder, en el que intentó —con mayor o menor acierto, seamos realistas— dar a su música un color español.
¿Cuál es su papel operístico favorito?
Es difícil elegir. Pelléas, que lo he cantado muchas veces y Golaud, que cantaré muy pronto, pero tambíén Rodrigue en Don Carlos, el Conde Almaviva de Las bodas de Figaro (¡otra historia española!), Wozzeck, Wolfram de Tannhäuser… Me gustan los personajes que sufren, los que tienen heridas sin cerrar y sus propios demonios.
Usted canta también ópera contemporánea. ¿Siente una especie de compromiso con la música de nuestro tiempo? ¿Qué compositores le interesan más?
En realidad no he hecho tanta música contemporánea, pero la verdad es que cada estreno me ha aportado muchas cosas. El trabajo con George Benjamin ha sido sin duda el más completo (Stéphane Degout estrenó y grabó su Lessons in Love and Violence encarnando a Eduardo II, papel en el que le pudimos escuchar en el Liceu y no así en el Teatro Real debido a la cancelación de las representaciones por el COVID).
Junto con Raphaël Pichon, Sabine Devieilhe y el grupo Pygmalion parecen haber formado una especie de troupe. La temporada pasada pudimos escucharles en ese maravilloso programa titulado “Requiem pour Ophélie” en el Teatro Real. ¿Tienen nuevos proyectos en marcha?
Precisamente estamos de gira con el Requiem de Brahms. He pasado todo el otoño muy felizmente inmerso en el Romanticismo alemán: Wagner, Schumann y Brahms. Me siento bien interpretando esta música y esta literatura.
¿Y sus otros proyectos inmediatos?
Mi temporada continúa con Las bodas de Figaro en Zúrich y muchos conciertos a lo largo de la primavera, una gira con la Pasión según San Mateo con Pygmalion que también nos traerá a Madrid en el mes de marzo y muy especialmente el War Requiem de Britten de nuevo en Madrid con la ONE en el mes de junio.
Retomo el último verso de “Vaisseaux, nous vous aurons aimé”, la última mélodie de L’Horizon chimérique: “Car j’ai des grands départs inassouvis en moi” (“Pues en mí hay largas partidas por satisfacer”). ¿Qué partidas o viajes musicales le gustaría satisfacer aún?
¡Qué pregunta tan inabarcable!
Ana García Urcola
(foto: Jean-Baptiste Millot)


