MADRID / Un gran órgano y un gran organista

MADRID / Un gran órgano y un gran organista

Madrid. Capilla del Palacio Real. 14-XII-2019. Benjamin Alard, órgano. Obras de J.S. Bach, C.P.E. Bach, Daquin y Rameau.

¡Las vueltas que da la vida! En el año 1755, Carl Philipp Emanuel Bach, que había entrado en 1738, como clavecinista, al servicio del príncipe heredero de Prusia (el que más tarde sería conocido como Federico “el Grande”), compuso un juego de seis sonatas para órgano para la hermana de su señor, Ana Amalia. Esta, duodécimo vástago de Federico Guillermo I de Prusia y de Sofía Dorotea de Hannover, sufrió una infancia desgraciada, constantemente humillada por su padre —como sucedió con buena parte de sus hermanos—, hasta tal punto que, con solo 7 años, intentó huir de casa. Solo a la muerte de su inmisericorde progenitor (el que inventó la conocida “disciplina prusiana”, esa que mandaba al otro barrio a cualquier soldado de su ejército por el más nimio motivo), Ana Amalia pudo dar rienda suelta a su gran pasión, la música, pues el rey odiaba todo lo que tuviera que ver con esta arte.

A principios de 1756, solo unos meses después de que el que el más aventajado de los hijos del Kantor de Leipzig compusiera esas seis sonatas para Ana Amalia, el organero Leonardo Fernández Dávila comenzó la construcción de un órgano destinado a la Capilla del Palacio Real de Madrid. Pero como las obras de palacio iban despacio (¡cómo siempre!), el órgano de Fernández Díaz quedó almacenado hasta 1771, cuando el Palacio de Oriente dispuso de su capilla. El pobre organero no pudo ver plasmada su obra, ya que falleció ese mismo año. Le dio tiempo, eso sí, a sugerir quién debería ser el que concluyera el proyecto: el mallorquín Jorge Bosch Bernat, considerado entonces (y ahora) como uno de los más grandes constructores de órganos del siglo XVIII.

Ignoro si esta coincidencia cronológica ha tenido que ver con que Benjamin Alard haya incluido la bellísima Sonata en Fa mayor Wq 70 nº 3 (una de las seis escritas por Carl Philipp para Ana Amalia) en el programa del concierto celebrado ayer sábado en la Capilla del Palacio Real. Imagino que sí, porque el organista francés, enamorado desde que lo viera por primera vez del órgano palatino de Bosch, es de los que no suelen dar puntada sin hilo. El concierto era navideño, como corresponde a estas fechas, y por eso incluyó la Pastoral en Fa mayor BWV 590 de Bach padre y tres concerts de Noël de Louis-Claude Daquin, compositor que ha pasado a la posteridad en buena medida por cultivar esos concerts de Noël (lo que no deja de ser curioso, porque Daquin procedía de una familia de judíos conversos italianos, a los que la Navidad debía de sentarles como un tiro). En 1727, Daquin derrotó, por amplia mayoría, a Jean-Philippe Rameau en concurso para acceder al cargo de organista de la Iglesia de San Pablo, en París. Quizá fue aquella derrota la que hizo que Rameau no escribiera ni una sola nota para órgano en toda su vida: lo que se interpreta en nuestros días con este instrumento como si fuera obra suya son en realidad arreglos realizados por terceros. Por ejemplo, las transcripciones de danzas de la ópera-ballet Les Indes galantes, a cuatro de las cuales (Les Sauvages, Tambourins I/II y Chaconne) recurrió Alard para dar una conclusión lo más festiva posible a este concierto.

El órgano del Palacio Real de Madrid es una joya (aunque no sé si “el mejor órgano del siglo XVIII”, como aseguraba ayer un notable directivo de Patrimonio Nacional). Y Alard es otra joya como músico, ya sea al clave, ya sea al órgano. Con semejante conjunción era difícil que la cosa pudiera salir mal. Y, en efecto, no salió. Lo prueba un hecho: la audiencia, a la que presumo no habituada a este tipo de música, no hizo ni un solo ruido durante el recital: estaba literalmente hechizada por lo que estaba escuchando. No era para menos: Alard tiene mucho de mago. Tanto como para, cuando llegaron las piezas de Rameau, hacer sonar el registro de tambor del órgano de Bosch (“pensábamos que no lo lograría nunca nadie”, reconocía uno de los cuidadores del instrumento al acabar el concierto).

El órgano de Bosch posee un sonido dulce, hasta el extremo de que podría inducir al error de pensar que su volumen sonoro es escaso. O que carece de carácter. Pero es justo lo contrario, ya que en su exagerada personalidad radica precisamente la excepcionalidad: cuando tiene que enseñar las garras, lo hace con contundencia. Si quien lo maneja es uno de los mejores organistas del mundo, ese carácter queda aún más de relieve. Fue un placer escuchar a Alard, como lo fue también ver con todo lujo de detalles (gracias a la transmisión de televisión por circuito cerrado) cómo sus dedos se deslizaban con exquisita delicadeza y absoluta precisión sobre tan excepcional teclado.