MADRID / Un gran Bezuidenhout en la exquisita elegancia de los salones schubertianos

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. 1-XII-2024. Circulo de Cámara 24-25. Kristian Bezuidenhout, fortepiano. Obras de Schubert.
Tras el espléndido inicio que para la presente edición del Círculo de Cámara supusieron los recitales de Leonskaja y Brunello, llegó el turno del australiano de origen sudafricano Kristian Bezuidenhout (1979), un magnífico pianista cuyas interpretaciones al fortepiano han alcanzado, de forma consistente, un nivel excepcional. El interés de escuchar a Bezuidenhout siempre es alto, pero lo era más, en esta ocasión, por la belleza del programa confeccionado y el precioso instrumento elegido.
De entrada, en efecto, era muy hermoso el programa schubertiano presentado, porque se enfocaba, en toda la primera parte del recital, a piezas de formato breve y muy poco o nada frecuentadas, con alguna excepción, que en todo caso tampoco escuchamos todos los días (el Allegretto D 915 y la Melodía húngara D 817) o, como mucho, nos las encontramos de propina en algún recital. En otras palabras, por una vez, podíamos apreciar obras pianísticas de Schubert más allá de las sonatas, impromptus y momentos musicales. Que son preciosas, claro está, pero que demasiadas veces dejan sin posibilidad de paladear otras muchas que son bellísimas. Y en ese formato breve, el catálogo pianístico de Schubert tiene verdaderas delicias, como el público que asistió al recital tuvo ocasión de comprobar.
La incursión en la gran forma, la sonata, ocupó la segunda parte, pero tampoco lo hizo con una de las más transitadas, las del tercio final de la serie, sino con la relativamente temprana Sonata D 568. El menú permitía, además un recorrido de suficiente amplitud por el piano en la demasiado corta vida del vienés, porque se iniciaba con la muy poco explorada Fantasía en do menor, D 993 (D2e), firmada por un Schubert adolescente en 1811, y se completaba con la obra más tardía entre las escuchadas, el más conocido (y tampoco tanto) Allegretto en do menor, D 915, del año 1827 (uno antes de la muerte del compositor).
Curioso, e ilustrativo, que esas dos piezas fueran las dos primeras escuchadas, como una suerte de alfa y omega de la evolución del piano schubertiano, entre cuyos límites estaría el resto. Ocho de las once obras, incluyendo la sonata, estaban fechadas antes de la grave crisis de salud de 1823, que tuvo una influencia evidente en el cambio de carácter de la música de Schubert, cambio que perduraría y se acentuaría hasta su prematura muerte en 1828. Además de los precitados Allegretto y Melodía húngara, la excepción a esa frontera temporal era el Vals en La mayor D 779 nº 13 (1823), insertado por Bezuidenhout como trio del Minueto en Do sostenido menor D 600 (1813).
Además de las obras mencionadas, pudimos escuchar Adagio en Do mayor, tercera de las Klavierstücke D 459a (1816), el Minueto en La menor, D 277a (1815), las 13 Variaciones en La menor sobre un tema de Anselm Hüttenbrenner, D 576 (1817), la Marcha en Si menor, D 757a (1822) y el Adagio en re bemol mayor, D 505 (1818). La Sonata D 568, por su parte, que data también en su versión primera (D 567) de esa época (año 1817), se ofreció en la revisión en cuatro movimientos que Schubert reescribió, probablemente en el periodo final de su vida, con cambio de tonalidad a mi bemol mayor y la incorporación del Minueto, ausente en la primera versión.

Acierto pleno en la elección del instrumento, perfectamente apropiada para el repertorio elegido y, sobre todo, para la sala del Teatro Fernando de Rojas. El precioso fortepiano utilizado era una copia realizada por el conocido constructor Paul McNulty en 2008 del fortepiano original de Conrad Graf (su opus 318, fechado hacia 1819), con 6 octavas y media de extensión y cuatro pedales: una corda, semi-moderador, moderador y resonancia. Instrumento que destaca por un timbre cálido, pequeño en el volumen, pero capaz de una dinámica de considerable amplitud, desde un bien perceptible pero delicadísimo extremo en la gama piano a un fortissimo de suficiente presencia, pero nunca estridente. Fortepiano capaz de unas sutilezas de color realmente hermosas, con sus cuatro pedales dando, en este sentido un gran juego. Aplauso especial merece la inclusión de detalles sobre el instrumento en el programa de mano. Que esto sea una rara ocurrencia y merezca este reconocimiento debería ser motivo de reflexión, porque lo que encontramos hoy debería ser la norma, no lo contrario. Demasiadas veces nos quedamos a dos velas sobre qué fortepiano o qué clavecín se ha utilizado en un recital, y para muchos, es detalle importante.
Es evidente que un instrumento así encontró su foro idóneo en una sala como la del Teatro Fernando de Rojas, porque en un auditorio capaz para 2000 personas se hubiera perdido toda esa delicada sutileza, y más aún con un repertorio como el elegido, donde el refinado canto, la levedad de muchos matices, la exquisitez de muchos detalles, eran imprescindibles para paladear adecuadamente una música tan hermosa como sencilla, llena de lirismo, de fina expresión, impregnada de cantables de precioso encanto, con llamadas al rubato más elegante y refinado. Todo evocaba de manera muy palpable el ambiente de los salones vieneses que frecuentaba el propio Schubert.
Y a él nos sentimos trasladados, claro, por quien nos hizo llegar esta música de una belleza tan directa como sencilla. En efecto, el propio Bezuidenhout demostró, desde el delicado inicio de la Fantasía D2E, su absoluto dominio de la música que salía de sus manos y de los recursos y posibilidades de expresión que el hermoso fortepiano de McNulty le ofrecía. Evidenció no solo una técnica superlativa, sin aparato ni aspaviento alguno, sino un gusto realmente exquisito en su decir desde la primera a la última nota ofrecida. Un discurso de cuidadísima expresión, rico en matices y colores, de una nitidez absoluta en la articulación, elegante en los adornos (introducidos con libertad y generosidad, pero sin sobrepasar nunca la frontera en que pudieran terminar distrayendo), con una utilización inteligente y sensible del recurso a los acordes arpegiados, y extrayendo el máximo partido de las posibilidades que, en términos de riqueza de color, le ofrecían los pedales del McNulty-Graf.
Manejó sabiamente las más leves inflexiones, respiraciones y silencios, diseñó con total acierto dibujos rítmicos siempre perfectamente apropiados al carácter (simplemente extraordinarios los planteados en esa maravilla que es la Melodía húngara, con ecos evidentes al carácter zíngaro), pero también capaces de un canto emocionante (¡que exquisita delicadeza en el segundo motivo del primer movimiento de la Sonata, o en el precitado Vals D 779 nº 13!). El australiano desgranó de manera sobresaliente la triste nostalgia del Allegretto D 915, pero fue igualmente capaz de ofrecernos la más refinada elegancia en las Variaciones D 576, especialmente en las variaciones quinta y décima, y en el Trio del Minueto de la sonata.
Que Bezuidenhout logró hipnotizar al público, como lo hiciera Brunello en el último recital del público, lo prueba que consiguió, y más de una vez (tanto al final de la primera parte, con el Adagio D 505, como al final del concierto, tras la Sonata, y también tras la propina), que se contuviera el aplauso, tantas veces rompedor inoportuno del ambiente, hasta que hubo bajado las manos del teclado, creando, durante unos segundos (no pocos) que se antojaron emocionantes, una magia especial. La música sabe distinta cuando se respeta esa magia. Albricias.
El público recibió con gran entusiasmo el estupendo menú schubertiano que acababa de escuchar. Y Bezuidenhout regaló otra pieza más, igualmente poco transitada: el Adagio en sol mayor D 178 (1815), que encajaba bien con las bellas miniaturas que habían dominado el recital y que fue también estupendamente interpretada. Un viaje lleno de encanto a la exquisitez de los salones schubertianos, de la mano de uno de los más grandes fortepianistas del panorama actual.
Rafael Ortega Basagoiti


