MADRID/ Un esperado Ensemble Correspondances reluce con la música de Lully

Madrid. Auditorio Nacional. 10-V-2026. Ciclo Universo Barroco, CNDM. Caroline Weynants, Eugénie Lefebvre y Caroline Bardot, sopranos; Blandine de Sansal y Lucile Richardot, mezzosopranos; Vojtěch Semerád, tenor agudo; Étienne Duhil de Bénazé y Jordan Mouaïssia, tenores; Étienne Bazola, barítono y René Ramos Premier, bajo. Ensemble Correspondances. Sébastien Daucé, director. Lully: ‘Fragmentos de amor’, selección de piezas de Persée, Atys, Psyché y Armide.
Tras años de larga espera por fin se ha podido escuchar en Madrid al magnífico Ensemble Correspondances de Sébastien Daucé, lo que cabe agradecer finalmente al CNDM de Paco Lorenzo. La expectación era grande, pues ya solo en lo discográfico el Ensemble Correspondances ha sido el sucesor natural de aquellas grabaciones míticas del repertorio francés del Gran Siglo de Les Arts Florissants de William Christie que parecían insuperables y, especialmente en el caso de Charpentier, en muchas ocasiones han sido igualadas en excelencia e incluso superadas por la formación de Daucé debido entre otras cosas a las mejoras en la técnica instrumental, vocal y la investigación. Hoy en día, en el que el grupo de un incombustible Christie, permanentemente renovado con nuevos músicos, sigue ofreciéndonos páginas inolvidables, la excelencia del Ensemble Correspondances está también presente como uno de los mejores grupos franceses en repertorio vocal y coral, incluso en territorios alejados como Buxtehude o el reciente disco de Cavalli.
El conjunto dirigido por Sébastien Daucé presentó un programa titulado ‘Fragmentos de Amor‘ con una selección vocal e instrumental de algunas piezas de sus óperas Persée, Atys, Psyché y Armide, que organizó de manera esencial y esquemática con mucha elegancia a la manera de una tragedia lírica de Lully, con un prólogo y cinco actos que atraviesan por las diversas transformaciones del amor, desde la indiferencia, a la rivalidad, la amargura y la locura, un lamento y un final afortunado. Un planteamiento muy interesante para disfrutar de algunas de las mejores piezas selectas del florentino.
La música de Lully tiene una sofisticación y personalidad muy especiales que se nutren del empaste sutil de sus elaborados coros, del contraste entre la tímbrica de cantantes e instrumentos, una predilección por los ritmos muy marcados y un equilibrado cuidado con la declamación y con una prosodia llena de alegorías al poder al que servía. Como cabía esperar de la trayectoria de Sébastien Daucé, su enfoque sobre la música de Lully no se decantó por destacar la pomposidad tan a menudo vinculada a la interpretación de su música, sino por la atención y el mino con la riqueza de detalles en la tímbrica, en juego sutil pero efectivo en las dinámicas y un sentido de los tiempos muy estudiado y cuidado, lo que dotó al florentino de un sonido más aterciopelado, de mayor calidez y misterio, que sacó a la luz muchas cualidades de su música.

Daucé trabajó de manera sobresaliente con las texturas orquestales y los contrastes, con los diálogos cuidadísimos entre cuerdas y maderas, que formaron espacios sonoros muy bien definidos con predilección por los afectos delicados y elegantes de la música. Además de todas sus intervenciones en la dirección de las partes vocales, toda las entradas instrumentales fueron tocadas de manera absolutamente exquisita
Magnífica y llena de brillantes matices estuvo la sección de maderas, que tienen un protagonismo muy especial en la construcción y carácter de estas músicas y tanto Georgia Browne con el traverso, como Matthieu Bertaud y Lucile Perret con las flautas de pico y Johanne Maître con el oboe, a los que a veces se les unía en ensemble Anaïs Ramage, cambiando su grave bajón del continuo por un fagot, tuvieron una interpretación memorable.
Aunque no muy nutrida (4/4/3), la sección de cuerdas también tuvo un desempeño magnífico con ese sonido tan delicado y característico, casi evanescente, de los violines franceses bien liderados por Josèphe Cottet. En el continuo el sostén principal durante toda la velada correspondió a la viola da gamba de una excepcional Mathilde Vialle, con un papel destacado también de Hager Hanana, que lideraba la sección de violonchelo, y el resto de un continuo muy elaborado con la buena labor del bajón, contrabajo, tiorba y del clave u órgano de Mathieu Valfré.
La interpretación vocal fue magnífica en su conjunto, con un reparto muy sólido y sin fisuras, con solistas de voces muy ágiles, expresivas y con una técnica adecuada al estilo con gran atención a la vocalización y a la elegancia melismática de la música. El bajo René Ramos Premier tuvo que sustituir a última hora por enfermedad al previsto Lysandre Châlon y salió también airoso. Las intervenciones corales en ensemble fueron deslumbrantes y dadas al lucimiento por la predilección Lully en la construcción de esos números de conjunto que Daucé dirigió magistralmente.

Especial mención merecen, no obstante, y en primer lugar una magnífica Lucile Richardot, con su timbre y color característicos tan imponentes y sus grandes recursos técnicos, con su tesitura entre contralto y mezzo, con unos graves prodigiosos y una línea de canto formidable llena de expresividad y control. Una de sus intervenciones estelares fue en Deh! piangete al pianto mio de Psyché, que alterna con partes del tenor y el bajo, también magníficos y una escritura finísima para cuerdas y maderas.
También formidable estuvo en sus muchas intervenciones la soprano Caroline Weynants, una soprano con un instrumento y unos recursos formidables —y como Richardot, habitual con Daucé—, la joven mezzo Blandine de Sansal que mostró grandes cualidades, el tenor Étienne Duhil de Bénazé de bello timbre o el sólido barítono Étienne Bazola, que hizo un memorable Ô tranquille sommeil con el también excelente tenor agudo Vojtěch Semerád.
El culmen llegó con la hermosa escena final, la Passacaille Les plaisirs ont choisi pour asile de Armide —seguramente la mejor tragedia de Lully—, con su bella orquestación donde el Ensemble Correspondances lució todas sus grandes virtudes, delicadeza y sutilidad orquestal, cuidada dinámica y precisión en las sucesivas entradas de Étienne Duhil, Lucile Richardot y Vojtěch Semerád que precedían a las correspondientes partes corales. Una espléndida interpretación de sublime delicadeza que repitieron después como propina al concierto con gran acogida del público.
Manuel de Lara
(fotos: Elvira Megías)


