MADRID / Trífonov y una ‘Hammerklavier’ para el recuerdo

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 30-XI-2023. XIX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Daniil Trífonov, piano. Obras de Rameau, Mozart, Mendelssohn y Beethoven.
La última visita del ruso Daniil Olégovich Trífonov (Nizhni Nóvgorod, 1992) al Ciclo de Grandes Intérpretes, hace un par de años, dejó una honda impresión en la audiencia, porque lo que el pianista nos hizo llegar con su visión de El Arte de la Fuga bachiano fue mucho más que una consumada demostración de maestría en el arte de exponer el intrincado contrapunto del Cantor en la obra que bien puede considerarse el tratado sobre el género, como oportunamente comentamos desde estas líneas. Hablé entonces de que, más allá de un pianista dotado de unos medios técnicos formidables, productor de un sonido de gran belleza y de dinámica de casi inverosímil anchura, encontramos un músico de una madurez insólita, con gran personalidad (y, como todos los que la tienen, eso puede despertar entusiasmos… o lo contrario), y un intérprete ultra concentrado, capaz de hipnotizar a la audiencia y llevarla, como si tal cosa, a paladear las más hondas, densas y complejas densidades de la música que se presenta como sólo se hace con el manjar más exquisito.
Esta nueva visita de Trífonov respondió a ese perfil sin concesiones que el ruso acostumbra a mostrar. El programa era variado, atrevido y largo, en una velada en la que el auditorio mostró un aforo (¡albricias!) muy notable, pese a que el día era auténticamente de perros, tanto que hubo muchos espectadores que (hay que suponer que por problemas de tráfico) llegaron tarde y se perdieron la primera obra del programa. A despecho de puristas, o para soponcio de los mismos, en la estela de su compatriota Sokolov o del francés Tharaud, Trífonov escogió para ese inicio la Suite en la menor de las Nouvelles Suites pour le clavecin que su autor publicó en 1728.
La música de Rameau, eso parece poco discutible, está concebida para otro instrumento, el clavecín, sin duda idóneo, entre otras cosas porque lo recortado de su sonoridad permite una nitidez en la traducción de la abundancia de ornamentos prescritos que la mejor de las articulaciones pianísticas (y la de todos pianistas los citados lo es) solo puede aproximar. Es evidente, en este sentido, que Rameau en el piano no deja de ser, en este sentido, una transcripción. Y, como tal, es perfectamente lícito el empleo de los recursos disponibles, en este caso los de un piano gran cola moderno, pedal de resonancia incluido. Y Trífonov, poco dado a las convenciones, se lanzó a la tarea con su característica determinación.
La allemande llegó con morosa delectación, largo legato y matices exquisitos, con un canto expresivo y un fraseo nada metronómico presentando cierto sabor de melancolía. Se antojó quizá demasiado calmada la Courante, elegante, expresiva y también con largo legato, aunque con el impulso rítmico de la danza un tanto desdibujado. Solemne y casi sorprendentemente rotunda la Sarabande, adornada, como el resto de los movimientos, con gusto en las repeticiones (se ejecutaron, por cierto, todas). Impecablemente articulada Les trois mains (una de las piezas donde lo comentado sobre los adornos se hace más evidente), elegante y bien cantada la Fanfarinette, animada y enérgica La triomphante y de inicio casi sorprendentemente moroso la Gavotte final, cuyas seis variaciones llegaron con animación creciente, siempre con una sonoridad de apropiada presencia, pero justa levedad y ligereza.
La siguiente obra era una Sonata de madurez de la colección mozartiana (1783, teniendo en cuenta que el Mozart maduro dejó este mundo siendo un chaval, apenas ocho años después): la escrita en fa mayor, con el número de catálogo K 332. Trífonov hizo en ella gala de esa felina agilidad de articulación, con los dos movimientos extremos llevados a una velocidad considerable, especialmente el Allegro assai final, verdaderamente fulgurante (el firmante hubiera preferido apenas una fracción menos de velocidad, que hubiera permitido algo más de nitidez de la evidenciada, en todo caso notable). Mozart con nervio, con vitalidad contagiosa, con aristas (¿hay que recordar que Mozart tiene aristas, por mucho que algunos se empeñen en limarlas?), pero también con gracia y animación en el allegro inicial, en el que Trífonov mostró una gran maestría en el juego rápido de forte y piano que Mozart prescribe en los compases 60-66 de ese movimiento. Delicioso canto el del adagio central, con preciosos matices y cierto tinte de melancolía.
Una obra también de madurez de otro genio que también se fue pronto, Mendelssohn, (escrita en 1841, apenas ocho años antes de su muerte, pocos meses antes de cumplir 39 años), cerraba la primera parte: las Variaciones serias op 54, compuestas como contribución a un Álbum Beethoven que pretendía recaudar fondos para una estatua en memoria del compositor en Bonn. Diecisiete variaciones (todas relativamente breves, como el tema, menos la última) en las que el de Hamburgo despliega una música tan elegante y refinada como brillante en su virtuosismo y llena de belleza. Las afrontó Trífonov también con nervio y vibración, con energía temperamental, desde unos parámetros de rapidez notable en muchos tempi, pero con momentos de inefable riqueza de expresión, desde la poética variación 11 a la bien respetada indicación sempre assai leggiero de la 13, con el tema bien destacado, o el precioso adagio de la 14. Tremenda la última variación, en la que el pasaje de transición justo antes del Presto alcanzó una tensión emocionante, que reiteró en el final, con un matiz piano de exquisita evanescencia.

Pero si todo lo anterior había sido de gran interés, lo que aguardaba en la segunda parte, una de las cumbres del ciclo de sonatas de Beethoven, la monumental Hammerklavier, fue lo que dejó al final el recital en unas cotas de esas que no se olvidan (como pasó con El arte de la fuga). Es esta una de las partituras del último Beethoven en las que asoma de manera más evidente esa abigarrada, compleja, a veces enigmática y siempre visionaria combinación de temperamento, reflexión, sentimiento, anhelo, interrogación, arrebatada pasión y maestría, que encuentra rotunda conclusión en el atrevido, rotundo y por momentos desconcertante movimiento final. Un Beethoven que nos arrolla con el contundente comienzo del primer tiempo (y luego con el enérgico Scherzo), y que, para desconcierto general, hace del tremendo Adagio sostenuto appassionato e con molto sentimento el centro de gravedad, de devastadora carga emocional.
Todo ello llegó con una intensidad formidable desde las manos del pianista ruso. Contundente en el allegro inicial, tuvo la adecuada contención y delectación expresiva el pasaje cantabile dolce ed espressivo, quedó estupendamente elaborado el fugado del desarrollo, en un movimiento muy rico en contrastes (¡qué sería de Beethoven si no hay contrastes!). Vivo, enérgico, el Scherzo, en el que consiguió una intensidad excepcional en la transición justo antes de la repetición del mismo. Quizá algunos no esperaban que la densidad, la intensidad, la tensión generada en el Adagio sostenuto fuera tan grande, en un pianista con tanto nervio y con cierta tendencia a los tempi rápidos. Nada más lejos de la realidad. Ya desde el canto mezza voce inicial, desde la misma forma en que respiraba su fraseo, se hizo evidente que esa serena, muchas veces triste y muchas otras también indagadora reflexión que es este movimiento magistral nos iba a llegar en toda su intensidad y tensión.
A fe que lo hizo. Matices de los que ponen un nudo en la garganta, de auténtico escalofrío, con esa ultra concentración que es tan característica de Trífonov, para un movimiento en el que Beethoven construye una tensión demoledora. A despecho de los criminales inclementes del móvil, que hicieron cuanto pudieron por asesinar el clima creado, el Adagio consiguió su propósito en las manos de Trífonov: despertar la más profunda y estremecedora emoción. Con una tensión extraordinaria, magníficamente traducida, llegó la transición al Allegro risoluto final, vivo, rotundo y nítido en su dibujo contrapuntístico, con momentos de temperamental desgarro y otros que se asoman al futuro, de carácter manifiestamente visionario. Apabullante, poderoso final, tras el cual se desató una apoteosis de entusiasmo de esas que no se viven con frecuencia. Plenamente justificada en opinión de quien esto firma. Lo que habíamos escuchado era realmente formidable.
Pese a lo prolongado del programa, las ovaciones eran tales que, infatigable y polifacético, Trífonov concedió tres propinas. Según se nos informó posteriormente por personal de la Fundación, todas ellas eran arreglos propios de música del pianista de jazz Art Tatum. Sonó como tal la primera, pero surgieron dudas, al firmante y a otros, sobre que ello aplicara a las otras dos. Parecía, y así se sugirió también por apreciados pianistas, que la segunda propina era el Andante de la Tercera Sonata de Scriabin, y la tercera era una de las variaciones de las Variaciones sobre un tema de Chopin de Mompou. Aunque en principio me pareció prudente atenerme a la información inicial, ante la persistencia de las dudas se reiteró la pregunta al pianista, que finalmente ha confirmado que, en efecto, esas dos propinas eran las páginas citadas de Scriabin y Mompou. Maravillosamente tocadas, en cualquier caso. Un magnífico recital que alcanzó lo formidable en una segunda parte para el recuerdo, sin duda.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Valentina Moreno)


