MADRID / Thomas Dunford ofrece una ‘Theodora’ sublime para inaugurar el Universo Barroco del CNDM

Madrid. Auditorio Nacional. CNDM. 4-V-2025. Ciclo Universo Barroco. Lea Desandre, Hugh Cutting, Avery Amereau, Laurence Kilsby y Alex Rosen. Coro y orquesta Jupiter. Thomas Dunford, dirección y archilaúd. Haendel: Theodora, HWV 68 (1749).
El oratorio Theodora es una de las obras más sobresalientes de la última etapa de Haendel. Sobre el texto de uno de sus mejores libretistas, Thomas Morell, que tomó como referencia una pieza de Robert Boyle y, secundariamente, otra de Corneille, Haendel compuso uno de sus mejores oratorios, con una sólida trama y una progresión dramática convincente a la que el compositor dotó de una música con una fuerza dramática inusitada y una profundidad introspectiva impresionante. El genio sajón trabajó en la partitura durante bastante tiempo, desde el verano de 1749 hasta prácticamente su estreno en la Cuaresma de 1750, y el manuscrito original está inusualmente lleno de enmiendas y tachaduras, mucho más de lo que era en él habitual, algo que denota una búsqueda especial en esa etapa compositiva.
La trama rescata la historia de la mártir cristiana Santa Teodora (de Alejandría) en el siglo IV, que, debido a las persecuciones de Diocleciano, fue finalmente condenada a muerte por el gobernador romano, Valens en este texto que sitúa la historia en la antigua Antioquía. Una historia con alguna similitudes con otra mártir de la época, Santa Dorotea. A Teodora la acompaña en el martirio su defensor y admirador Dídimo, un militar romano convertido al cristianismo. Valens quiere obligar a Teodora a adorar a Júpiter en homenaje al emperador Diocleciano, a lo que ella se niega por lo que la condena a ser abusada sexualmente; Didymus la rescata y se ofrece en su lugar y finalmente toda esa firmeza cristiana acaba con el martirio y muerte de ambos por Roma.
A pesar de su calidad musical y textual, el oratorio fue un gran fracaso en su tiempo, con apenas tres representaciones, pues el público inglés estaba acostumbrado a los oratorios bíblicos, de muy diferente carácter, con la épica narrativa de las figuras y reyes del Antiguo Testamento y la metáfora representativa del propio poder nacional, y no supo comprende la profundidad y altura de esta música que representaba las convicciones profundas y la dignidad de aquellos que preferían la defensa de su fe a la vida terrena. Hoy en día, goza en cambio de una abundante programación en conciertos y discografía.
Handel plantea una música de una belleza y profundidad emocionantes con una gran parte de la obra de gran intensidad reflexiva y de sutil contención en la representación cristiana, donde su escritura musical escoge tiempos lentos y meditativos, y aun cuando las arias abordan momentos de mayor virtuosismo o bravura, lo hace en pos de manifestar un carácter y una voluntad, no por vana floritura. También Haendel trabaja de manera brillante la gran conexión entre las numerosas arias solistas y abundantes coros, que actúan en gran parte como en el teatro griego, como elemento del drama. Haendel ilumina el texto con su música, que también recoge reflexiones sobre la libertad de elección y de conciencia, lo que lo hace tremendamente moderno y vigente.

Los personajes cristianos están muy bien delineados, con verosimilitud, dignidad y gran humanidad, como Theodora, Didymus e Irene, la compañera de aquella, a la que Haendel dedica alguno de los mejores y más expresivos números. Los coros cristianos son sencillamente de una riqueza serena y emocionante. También caracteriza muy bien el lado romano, a través de la crueldad de Valens o los coros vigorosos y mundanos de los paganos. En medio está el oficial Septimius, fiel a sus dioses pero que busca ayudar a su amigo Didymus y la tolerancia con aquellos que piensan diferente.
A pesar de la coherencia y unidad musical de esta obra única, Theodora tiene un considerable número de préstamos de otros compositores. Haendel manifestó que estaba especialmente orgulloso del famoso coro He saw the lovely youth, al que consideró de sus mejores, y lo es, con esa pintura del paso de la oscuridad a la luz a través de lentas transformaciones cromáticas y armónicas, pero, sin embargo, está fuertemente modelado en el Qui Tollis pecatta mundi del Gloria de la Missa Sapientiae de Antonio Lotti. Y no es el único préstamo de esta obra, pues el coro Blest be the hand toma el Domine Deus, Agnus Dei.
También hay una decena de préstamos de La lotta d’Ercole con Acheloo de Agostino Steffani, muchos de ellos entre las mejores piezas de la obra, piezas como el aria de Theodora del primer acto Angels, ever bright and fair o la de Irene del último, New Scenes Of Joy; también coros como Come Crowding On, Queen Of Summer, Queen Of Love y Go, gen’rous, pious youth. En la Obertura, tanto el hermoso Trio como la Courante son prácticamente una orquestación, preciosa, de dos piezas para clave de los Componimenti Musicali de Gottlieb Muffat. Hay más préstamos, notorios, hasta cinco, de los duettos de Carlo Maria Clari, por ejemplo en las dos partes del coro Come, mighty Father, mighty Lord o el movimiento Grave de la obertura entre otros. Eso no quita un ápice de valor a esa obra maestra que es Theodora, pero también la sitúa en un contexto creativo determinado.
Y si nos centramos ya en la interpretación, hay que decir que no solo fue sobresaliente sino absolutamente inolvidable. Thomas Dunford se presentaba por primera vez en el atril delante de una formación de músicos considerable en su escala, pues solo conocíamos su labor inconmensurable al frente de su conjunto de cámara Jupiter y su magia asombrosa con la cuerda pulsada. Hizo su entrada para dirigir con su archilaúd encintado y colgado, y a fe que nos brindó una velada impresionante con su dirección, donde a veces dirigía con las manos y otras con su instrumento. Su dirección de todo el conjunto fue sencillamente espléndida, capaz de extraer la poesía y lirismo de esta música con un detalle impresionante, llena de matices en orquesta, solistas y coro, mientras que también en otros momentos extraía la energía efervescente, los contrastes, la precisión de los ataques y la expresividad de cada nota. Todo ello lo hizo con una naturalidad asombrosa y logró que todo sonara con una unidad y una diversidad inigualables. En los momentos más vibrantes se le pudo ver danzar con su archilaúd que intervenía en momentos orquestales o del continuo, donde también estaba su colega Yuli Bayeul.
Otra cuestión muy encomiable que destacar es que tanto los cantantes como el coro cantaron sin partitura, en una obra con numerosas piezas cortas durante unas tres horas, lo que denota una introspección y estudio de la música que se notó y mucho, tanto en el brillante desempeño musical como en la dramatización de los personajes, sobresalientes, pues el oratorio tiene una gran carga teatral y emocional y eso fue transmitido también por la gestualidad y los movimientos corporales en el escenario. No es sencillo encontrar un conjunto de voces tan brillante de manera homogénea como el que pudimos escuchar, pues todos rayaron a grandísima altura con unas proyecciones excepcionales de sus bellas voces.

Lea Desandre cautivó al público con una puesta en escena mágica, vestida bellamente de blanco para escenificar a la mártir Theodora y supo imprimir magia y fuerza expresiva a cada una de sus apariciones, llenas de magnetismo. En lo musical construyó su personaje de manera excepcional, con su bello timbre de mezzosoprano ligeramente agudo y con un volumen de voz que llenó la sala sinfónica, más potente de lo que nunca he podido escucharla. Su control de canto fue muy cuidado, tanto en los momentos más delicados con un fiato excepcional como su espontaneidad y naturalidad muy acusadas en pasajes virtuosos de mayor brío, con unas coloraturas excepcionales en su delicado y equilibrado registro agudo. Su expresividad y prosodia en los recitativos fue también formidable, así como su conjunción en todo momento con la orquesta o en los dúos, con una equilibrio exquisito e insuperable. Sencillamente espectacular y exquisita.
El contratenor Hugh Cutting, en el rol de Didymus, también mostró una línea de canto excepcional, con un control en todo el registro, con brillantes agudos y medios y una gran naturalidad en su paso a la voz de pecho grave. Su timbre es realmente bonito y tiene una expresividad y control de la respiración excelentes en sus pianos y un gran dominio técnico en las partes de mayor energía y velocidad, dando pleno sentido a los fuertes cambios emocionales que el canto de su personaje muestra. En todo momento Dunford cuidó con primor el equilibrio sonoro de la orquesta con los cantantes y tuvo una enorme delicadeza.
La mezzosoprano Avery Amereau posee una voz más carnosa y grave que la de Desandre, y se adaptó inmejorablemente al papel de Irene, la fiel amiga de Theodora que presagia el destino. Su técnica de canto es también sobresaliente, con un vibrato muy contenido que se adapta estupendamente a este repertorio pero que muestra que canta a menudo en el lado del belcanto. La voz profunda acentuaba el dramatismo de su personaje y sus articulaciones y fraseos hacían justicia a un papel especialmente mimado por Haendel en el oratorio, con sus hermosas melodías y la expresión de los afectos. Su puesta en escena, con un bello vestido rojo también era acorde a su teatralidad.
El tenor Laurence Kilsby dio vida a Septimius, el oficial romano compasivo. Kilsby tiene esa voz tan característicamente inglesa de tenor ligero que se adapta de manera maravillosa al carácter del personaje, el más amable del lado pagano. La música escrita por Haendel también está llena de efectos y juegos delicados unas veces y brillantes otras, donde Kilsby mostró todos sus recursos con un canto espléndido y una gran expresividad teatral. Manejó con enorme facilidad y naturalidad las coloraturas, con una dicción excelente y gran expresividad en todas sus intervenciones.
El personaje del cruel gobernador Valens fue encarnado por el bajo Alex Rosen, otro cantante formidable. Su control en todo el registro es excepcional, con unos graves poderosos y una afinación excelente en los agudos. El carácter que imprimió a su intransigente personaje fue inmejorable, con una fuerza arrolladora que con su gran presencia escénica también supo imponer. Su técnica de canto es realmente excelente.

El sobresaliente coro también merece una mención muy especial, con una formación relativamente reducida de cuatro sopranos, tres mezzosopranos, tres tenores y cuatro bajos, tuvo una sonoridad vibrante, detallista y un volumen que llenó sin problemas la sala sinfónica. Ese tamaño mostró precisamente la capacidad para dotar a los números corales de una fuerza expresiva llena de matices, con entradas muy precisas y planos sonoros muy sutiles que sacaban toda la belleza de los espléndidos coros de Haendel. Su afinación fue asombrosa y su conjunción inmejorable, trabajando de manera maravillosa todos las secuencias fugadas, los elementos del patetismo o la luminosidad y contrastes en los movimientos de los coros de cristianos y la fuerza de los vibrantes coros paganos. Realmente impresionante.
Por último, bajo la sabia dirección de Thomas Dunford, hay que hablar de la labor de una orquesta también deslumbrante, con una conjunción y precisión sobresalientes. Con un tamaño no muy grande y una formación de cuerda 6, 3, 3, dos traversos, dos oboes, dos trompetas o trompas en ciertos momentos y un rico continuo su sonoridad fue de una enorme brillantez. La sección de violines, primorosamente dirigida por la concertino Louise Ayrton tuvo un sonido mágico, elegante y poderoso, con una gran ductilidad, también se podría mencionar la labor de los violonchelos, con un carácter virtuoso, o la extrema delicadeza y sutilidad de las flautas de Anne Parisot y Georgia Browne. Pero todos los miembros de la orquesta fueron excepcionales
También magnifico fue el bajo continuo, con un sentido rítmico y expresivo formidables, tanto en su parte de cuerda con tres violones o contrabajos, como en los fagotes o la labor de Violaine Cochard en el teclado, órgano en los cantos cristianos y clave en los paganos u orquestales y, por supuesto, la cuerda pulsada de Bayeul, al que se unía la magia del propio Dunford.
En resumen, Jupiter nos ofreció una interpretación sublime y absolutamente inolvidable de ese gran oratorio que es Theodora y la irrupción de Dunford, cuya exquisita labor en conjunto de cámara era conocida, en la dirección de una formación mayor es un grato augurio de un futuro que promete momentos memorables.
Manuel de Lara
(fotos: Rafa Martín)


