MADRID / Sobresaliente Brahms de Khatchatryan con Liebreich y la Orquesta de Valencia

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 27-II-2026. Concierto sinfónico 15 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Orquestra de Valencia. Director: Alexander Liebreich. Solista: Sergey Khachatryan, violín. Obras de Martín y Soler, Brahms y R. Strauss.
Mientras la Nacional está de gira (muy exitosa, según me cuentan, algo que no sorprende teniendo en cuenta el extraordinario nivel del concierto preparatorio que ofrecieron en Madrid) por Alemania y Austria, la Orquestra de Valencia toma el relevo como visitante al ciclo. Lo hace durante este fin de semana con dos obras bien conocidas del repertorio: el Concierto para violín y orquesta de Brahms y el monumental poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Antes, como preludio, la formación levantina tuvo un muy comprensible guiño a su tierra, abriendo el concierto con la breve Obertura que el valenciano Vicente Martin y Soler compuso para su ópera cómica La capricciosa corretta, sobre libreto de Lorenzo da Ponte. Música deliciosa que, por cierto, llevó en su día al disco el conocido grupo historicista Les Talens Lyriques bajo la dirección de su fundador, Christophe Rousset.
Sería sin embargo una melodía de otra de sus óperas, Una cosa rara, la que Mozart citaría en el comienzo de la decimoséptima escena del segundo acto de su Don Giovanni. Que el genio de Salzburgo incluyera música de Martín y Soler en su propia ópera es buen reflejo del cartel que el valenciano tenía en su momento. La breve Obertura escuchada ayer es una página alegre, sonriente, en con música de alegre agitación, reiterada en el tramo final, que enmarca una amable, muy galante sección central en la que la madera mantiene un encantador y tranquilo diálogo con la cuerda. La tradujo con notable vibración, elegante canto en ese tramo central y plausible ajuste la agrupación valenciana (con timbales historicistas) bajo la dirección, sin batuta, de su titular.

El Concierto para violín de Brahms, fruto de 1878, es decir, muy poco posterior a su Segunda Sinfonía, y escrito en la tonalidad de Re mayor, preferida en otros conciertos para violín (Beethoven, Chaikowski, dos de los de Mozart) por buenas razones de afinación y resonancia, es obra en la que la endiablada dificultad para el solista solo es comparable a la enorme belleza e intensidad de la música, especialmente en el denso primer movimiento, en el que pasajes rotundos se hermanan con otros en los que se pide al solista un canto de efusiva expansión lírica. Sarasate se quejaba del gran protagonismo del oboe en la cantinela inicial del segundo movimiento, pero su lamento (llevado al extremo de que nunca llegó a interpretar la pieza por ello) se antoja injusto, porque lo que luego hace el solista con ese mismo motivo es de una belleza incuestionable. La tiene también, pero en un clima diferente, con más sonrisa y menos tensión, el tiempo final, que ya anuncia la atmósfera en la propia indicación (Allegro giocoso, ma non troppo vivace).
Se requiere para la interpretación exitosa de la partitura un solista de gran competencia técnica, capaz de precisas octavas y abundantes (y rotundos) acordes, con un sonido que permita que la intensidad de los pasajes más apasionados aflore con presencia suficiente, pero con la dulzura y redondez necesarias para que el canto más lírico y expresivo despierte en el oyente la emoción que contiene. Cualidades que tiene, sin duda, el armenio Sergey Khachatryan (Ereván, 1985). Armado con el Stradivarius «Kiesewetter» de 1724, Khachatryan las lució, desde el decidido inicio de su parte. Fina articulación y afinación, sonido lleno y de gran belleza, vibrato expresivo, pero justo y equilibrado, nada intrusivo, arco de notable precisión y agilidad, todo ello puesto al servicio de una interpretación expresiva y sensible. Nos recordó, con acierto, que en el más apasionado tiempo inicial (Allegro non troppo), Brahms emplea con profusión indicaciones como dolce, dolce lusingando, resaltando que, además de la determinación de las rotundas octavas o los contundentes acordes, hay muchos momentos en que el canto debe fluir con un rubato bien concebido que permita la suficiente expansión expresiva.
De todo ello hubo en la cadencia elegida (la de Joachim), traducida con precisión y bella expresión, quizá llevando un punto al extremo más moroso el pasaje posterior indicado tranquillo por el compositor de Hamburgo, justo antes del tramo final del movimiento. Lució también el armenio lo mejor de su paleta en un Adagio admirablemente delineado, como también agilidad y exactitud en las abundantes dobles cuerdas del tiempo final, planteado con buen impulso rítmico, si acaso algo excesivo en la rapidez del Poco più presto cerca del final, que tal vez hubiera ganado algo (también en precisión) con un punto menos de precipitación. Acompañó con sensibilidad y generalmente correcto ajuste (pese a algún ataque no cuadrado del todo con el solista justamente en ese tramo final) la formación valenciana bajo el mando siempre atento, preciso y de gesto muy extrovertido de su titular, ahora con batuta. Lucieron especialmente los solistas de madera y una cuerda en la que quien esto firma solo echó de menos cierta densidad en la sección grave.

Éxito muy grande, en cualquier caso, con entusiasta recepción del público que llenaba la sala hasta arriba. Tan entusiasta que se aplaudió también entre los movimientos, en esta moda para hacer de la clásica algo menos encorsetado que quien firma estas líneas no termina de entender y que más bien quiebra concentración de artistas y público. Es lo que hay. Ante el éxito, Khatchatryan ofreció una propina de indudable resonancia armenia y sobrecogedora tristeza, que quien esto firma no pudo identificar, aunque pareció cercana al Havoun, Havoun de Grigror Narekatsi.
Ocupaba la segunda parte ese colosal poema sinfónico que es Así habló Zaratustra. Colosal no tanto por la dimensión (superada por otras obras de su autor en el mismo género, como Una vida de héroe, la Sinfonía Alpina o Don Quixote) sino por la apabullante riqueza de su orquestación, la impactante pintura de cada uno de sus episodios… y la endemoniada escritura, con abundantes pasajes en los que la cuerda, más que dividida, parece casi atomizada (como en La canción de los sepulcros o De la ciencia). Pero es difícil, más bien imposible, resistirse al gran impacto de esta música. Incluso pasajes relativamente breves (el inicial Amanecer del sol, que tanto impresionara a los espectadores en la famosa película de Kubrick, apenas dura 21 compases) consiguen una tremenda intensidad dramática. En su nota para el estreno de la obra (27 de noviembre de 1896) Strauss hizo una sinopsis explícita: “No pretendía escribir música filosófica ni retratar en música la gran obra de Nietzsche. Deseaba transmitir mediante la música una idea del desarrollo de la raza humana desde sus orígenes, pasando por las diversas fases de su desarrollo, religioso y científico, hasta llegar a la idea de Nietzsche del superhombre.” La capacidad de sugerencia y evocación del bávaro, a través de una maestría excepcional en el manejo de la paleta orquestal, capta inmediatamente nuestra atención y no da respiro hasta la conclusión desvanecida.

Amagó con no empezar bien la cosa, con un móvil irrumpiendo de manera incluso más irritante que de costumbre (que ya es decir), justo cuando Liebreich había elevado sus brazos para iniciar la interpretación. Silenciado el importuno, el maestro de Ratisbona inició el Amanecer del sol. Pudo haberse conseguido más delgadez en el pp inicial de contrafagot, percusión, contrabajos y órgano, pero los crescendi subsiguientes se lograron con solvencia para dotar a las explosiones en que culminan del poderío adecuado. Tuvo logrado misterio el siguiente episodio, De los trasmundanos, con buenas contribuciones de chelos y violas. Y se dibujó buena y creciente agitación en Del gran anhelo, bien conectada con la efusión del siguiente episodio (De las alegrías y las pasiones). La canción de los sepulcros llegó dibujada con corrección, pero tal vez algo corta de misterio, y la muy compleja escritura de De la ciencia se desgranó con plausible ajuste (también el subsiguiente y extenso El convaleciente) y buenas contribuciones, con mención especial para la madera. Correctamente resueltas la también compleja Canción del baile (de nuevo con la escritura de la cuerda atomizada por Strauss, lo que supone una enorme complejidad para la orquesta y, por supuesto, para el director) y la Canción del noctámbulo, que pudo haber ganado en tensión con un ppp más adelgazado en madera y trombones. El éxito fue comprensiblemente grande para orquesta y director tras la interpretación de la tremenda partitura straussiana, para esta interesante y muy disfrutable visita de la Orquestra de Valencia al ciclo de la Nacional.
Rafael Ortega Basagoiti


