BARCELONA / Intenso y atormentado Werther de Matthew Polenzani y cautivadora Charlotte de Elmina Hasan

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 05-V-2026. Matthew Polenzani, Elmina Hasan, Leonor Bonilla, Carles Daza, Stefano Palatchi, Josep Fadó, Enric Martínez-Castignani, Cristòfol Romaguera, Marta Esteban. Coro Vivaldi. Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica: Christof Loy. Dirección musical: Henrik Nánási. Massenet: Werther.
Ante un personaje tan exigente y rico en matices como Werther, no caben medianías. Si un teatro no cuenta con un intérprete capaz de transmitir el volcán de emociones que sufre el joven poeta creado por Goethe y convertido por Jules Massenet en un personaje asociado desde su estreno a los tenores líricos más legendarios, cualquier producción está condenada al fracaso. Por fortuna, el Gran Teatre del Liceu ha acertado con los dos tenores que se alternan en las funciones programadas hasta el 17 de mayo del montaje (coproducción Teatro alla Scala y Théâtre des Champs-Élysées) con puesta en escena del director alemán Christof Loy, que llega al Liceu (reposición a cargo de Silvia Aurea De Stefano) bajo la batuta del director húngaro Henrik Nánási.
En el primer reparto, el joven tenor vasco Xavier Anduaga ha logrado un rotundo éxito en tan emblemático papel, que marca una nueva época en su brillante trayectoria; un Werther de agudos luminosos y encendido lirismo, como bien destaca en la crítica del estreno del montaje nuestro colega Josep Subirà. En el segundo cast, el experimentado tenor estadounidense Matthew Polenzani -debutó en el Liceu hace una década con La Bohème y hace dos años regresó con Madama Butterfly– explora en una muy notable caracterización los acentos más dramáticos y trágicos de Werther, papel que ha cantado en teatros como la Ópera de Viena o la de Houston.
En ocasiones, su técnica para apianar la voz tensiona con brusquedad el paso a la plenitud sonora de un instrumento de ancho centro y sólido registro agudo; siempre busca Polenzani, en definitiva, un enfoque vocal que le permite incidir en la dicción, en la intensidad de las palabras, desde el recogimiento lírico a la explosión temperamental. Ofrece un Werther más pesimista que melancólico, y por ello, su implicación con las emociones del personaje impactan más en el tercer acto.

La gran sorpresa del segundo reparto es el feliz debut liceista de la joven mezzosoprano azerbaiyana Elmina Hasan, de una belleza vocal y una elegancia soberana. Con solo 25 años, irradia juventud y frescura; se mueve, además, con una elegancia y distinción que, gracias al exquisito vestuario años 50 del siglo pasado diseñado por Robby Duiveman, remite al glamur cinematográfico de Grace Kelly o Audrey Hepburn. Con un cálido fraseo y una línea de gran musicalidad, su Charlotte cautiva por la expresividad y el equilibrio, con encanto en las escenas con el tenor más líricas, y conmovedora tanto en su aria de las cartas (sin trucos veristas) como en el desgarrador final, aunque en el último acto el ego más irritante y caprichoso de Loy causa algunos estragos.
La soprano sevillana Leonor Bonilla ofrece, con frescura vocal, seguridad técnica y brillo en los agudos, un cuidado retrato vocal y escénico de una Sophie nada ingenua ni infantil, al contrario, porque en la visión de Loy rivaliza con su hermana mayor, primero intentando seducir al joven poeta, y visto su desinterés, poniendo la mirada en su cuñado Albert, interpretado de forma espléndida por el barítono barcelonés Carles Daza, un cantante de bella y cálida voz, fraseo noble y depurado y gran musicalidad.
También resuelve con eficacia e implicación actoral el perfil teatral de Albert, tanto en la austera frialdad inicial del personaje como en el violento subidón de celos plasmado con innecesario efectismo por el regista: entre la aparición de una Charlotte desbocada, botella en mano, arrastrando el abrigo de piel y leyendo las cartas del joven poeta con creciente desesperación, a su violento enfrentamiento con Albert, asistimos a un artificial y exagerado duelo al estilo de las duras peleas de Elisabeth Taylor y Richard Burton en ¿Quién teme a Virginia Woolf? que tiene como pretenciosa secuela la presencia de Albert y Sophie en el dúo final entre Charlotte y Werther.

Comparto plenamente la opinión de Subirá sobre el montaje, la dirección musical y la calidad del resto del reparto. Solo añadir que es la propuesta menos novedosa y consistente de Loy vista en el Liceu, firme en su empeño de encerrar cualquier ópera (sea Eugen Onegin, Rusalka o Arabella) en un escenario único, a ser posible con una pared y al menos una puerta para ambientar toda la acción. A veces funciona muy bien, en especial si ha podido trabajar mucho tiempo en los ensayos con los cantantes para afinar los detalles de la dirección de actores (su punto fuerte) en busca de las claves que explican las relaciones y complejas motivaciones psicológicas de los personajes. Pero ya comienza a resultar cansina por pura reiteración.
Como aspecto muy positivo para los cantantes, destacar que la ubicación de los cantantes, casi siempre en la boca del escenario, con la omnipresente pared proporcionando cobijo acústico, favorece la proyección de las voces, tema nada baladí ante una orquestación tan densa y rica en colores como la de Massenet, y la muy irregular dirección de Henrik Nánási, cargada de decibelios en muchos momentos y con demasiados altibajos en el pulso narrativo, alternando maneras delicadas para subrayar la fina escritura de cuerdas y maderas y el bello caudal melódico de Massenet, con trazos gruesos y excesiva contundencia en los contrastes dramáticos.
La excelente prestación del barítono Enric Martínez-Castignani y el tenor Josep Fadó dando estimulante presencia a la pareja de Johann y Schmidt, las tablas, el aplomo y el color de bajo auténtico de Stefano Palatchi en el papel de alcalde, y el buen hacer de la soprano Marta Esteban (Kätchen) y el barítono Cristòfol Romaguera (Bruhlmann), completaron el reparto con acierto. Y muy bien, por su excelente preparación musical, los niños y niñas del Cor Vivaldi, dirigido por Pilar Paredes.
Javier Pérez Senz


