Scherzo | CRÍTICAS / MADRID / Soberbia lección bachiana a cargo de Hiro Kurosaki e Ignacio Prego, por Eduardo Torrico

MADRID / Soberbia lección bachiana a cargo de Hiro Kurosaki e Ignacio Prego

MADRID / Soberbia lección bachiana a cargo de Hiro Kurosaki e Ignacio Prego

Con frecuencia se menciona el simbolismo en la música de Bach, pero rara vez se ilustra con ejemplos. Por ello se agradece que un intérprete, cuando va a ofrecer una de esas obras esotéricas de Bach, explique cuál es la carga simbólica que contiene. Ayer, durante el tercer concierto del Festival Silva de Sirenas, el violinista Hiro Kurosaki, que afrontaba junto al clavecinista Ignacio Prego un programa monográfico dedicado a cantor de Leipzig, tuvo a bien dar una pequeña pero muy ilustrativa charla sobre el simbolismo que entraña la Partita para violín solo nº 1 en Si menor BWV 1002.

Explicó el violinista austriaco que las tres Sonatas para violín solo (da chiesa) que acompañan a las tres Partitas representan los tres grandes periodos del año cristiano: Navidad (la Primera), Semana Santa (la Segunda) y Pentecostés (la Tercera). Es decir, el nacimiento, la muerte y la vida eterna. Sin embargo, las Partitas, que son da camara, no tienen una explicación tan clara. Pero Kurosaki cree que, de alguna manera, también representan esos tres grandes periodos del año cristiano. Así, la Primera partita, la que él interpretó anoche en el Ateneo de Madrid, es una narración críptica del nacimiento del Jesús y, por consiguiendo, del nacimiento del hombre.

Estructurada en cuatro movimientos, divididos cada uno en dos partes (la segunda, siempre un Double), el primero de ellos (Allemande-Double) sería la fase inicial de la vida de un niño: al principio solo llora (Allemande), pero pasadas unas semanas ya distingue las cosas gracias a la vista (Double). El segundo movimiento sería el andar: los primeros pasos están marcados por las constantes caídas (Corrente), pero pasando unos meses el niño ya es capaz de andar y de correr (Double). El tercero sería el proceso de aprendizaje: las primeras lecciones (Sarabanda) y el posterior conocimiento (Double). Y por último, sería la fase de adolescencia en la vida del niño que ya está dejando de serlo: primero, la rebeldía (Tempo di Borea, es decir, tiempo de tormenta) y luego, la fase de asentamiento intelectual y de responsabilidad (Double). Por supuesto, habrá quien rebata esta visión sobre la Primera partita para violín solo, pero, escuchándosela tocar a Kurosaki tras su minuciosa explicación, todo encaja perfectamente.

El programa estaba formado por dos de las Seis sonatas para violín y clave obligado (la nº 2, con la que se abrió el concierto, y la nº 4, con la que se cerró). Pocas composiciones hay en la producción de Bach que sea tan perfectas como estas seis sonatas. Dando por hecho que la música de Bach es de las cosas más perfectas que ha sido capaz de crear el ser humano, estaríamos hablando entonces de la perfección de lo perfecto. Bach las tenía en tan alta estima que durante más de veinte años (fueron estrenadas en su etapa de juventud en la corte de Köthen) estuvo puliéndolas una y otra vez, hasta llegar a ese momento en que realmente él mismo se sintió satisfecho y consideró que ya no tenía que retocar ni una sola nota más. Es algo que no sucede con ninguna de sus demás obras: algunas fueron modificadas con el paso del tiempo, pero siempre para adaptarse a las necesidades interpretativas del momento. Aquí, en cambio, lo que buscaba Bach era la perfección absoluta, el sentirse realmente satisfecho con su propia creación.

Si Kurosaki tuvo ocasión de lucirse como solista con la Primera partita, Prego, a continuación, lo hizo con la Suite inglesa nº 3 en Sol menor BWV 808, que forma parte del CD que acaba de publicar en el sello Glossa. El clavecinista madrileño es un consumado especialista en la obra para teclado de Bach, al que prácticamente ha consagrado en exclusiva todo su talento (con alguna esporádica incursión en el repertorio scalattiano). Fue una lectura magistral, aunque no exenta de dificultades por culpa del fortísimo calor y de la altísima humedad que había en el auditorio. Ocurrió a lo largo de todo el concierto, como pudo comprobarse en algunas desafinaciones en las cuerdas del violín, nunca imputables al violinista sino al material de que están hechas (la delicadísima tripa es extremadamente sensible a las temperaturas extremas).

Fue, pese a esos inconvenientes, un lujo de concierto a cargo de dos intérpretes mayúsculos que son un prodigio de complicidad, que son maestros cada uno en su instrumento y que transmiten como pocos su amor por la música de Bach.

Eduardo Torrico