MADRID / Shakespeare y Britten: dormir, tal vez soñar

Madrid. Teatro Real. 10.III.202. Iestyn Davies, Liv Redpath, Daniel Abelson, Sam Furness, Jacaues Imbrailo, Simone McIntosh, Jacquelyn Wagner, Clive Bayley. Orquesta titular del Teatro Real. Pequeños Cantores de la ORCAM. Coro y chiquicoro Algadir-Daniel Martín. Director musical: Ivor Bolton. Puesta en escena: Deborah Warner. Escenografía: Christof Hetzer. Figurines: Luis Felipe Carvalho. Luces. Urs Schönebaum. Benjamin Britten: A Midsummer Night’s Dream.
Este Sueño de una noche de verano, que parece que lo hubiéramos soñado, es una producción de tal nivel artístico que sin duda ha de figurar entre los logros de la edad de oro de la ópera que vive el mundo. El Teatro Real, de nuevo, ofrece belleza preparada con la minuciosidad y la insistencia de los talentos reunidos. Deborah Warner ha desarrollado un concepto del Sueño que te trae a los labios la palabra magia, y no es magia real, es una magia mucho mejor, la magia fingida, la magia que el teatro te hace revivir. Si había un despliegue de magias fingidas en estas astucias de Oberon (pariente de Próspero, no me digan que no), había un desfile de tramas bellas, todas previsibles, porque lo que importa es el cómo y el verlo y oírlo, no la sorpresa o el suspense.
El sueño de una noche de verano es la obra más breve de Shakespeare, si no me equivoco, y la que posee más recovecos de tramas, porque la riqueza de una comedia se basa a menudo en la polifonía. Aquí: los seres feéricos, mundo paralelo ajeno a los otros, Oberón y Titania en una disputa baladí que sirve para que entremos en materia(s); los enamorados, dos parejas con las que el destino y el equívoco juegan un ratito, personajes que vienen de la commedia, o acaso de la comedia de siempre; los cómicos con sabor popular, que no son gentes de teatro, sino artesanos que ensayan una función, lo que permite un despliegue rústico y un episodio de teatro dentro del teatro; finalmente, la cúspide social, Teseo e Hipólita. Se mezclan las mitologías, las leyendas antiguas y esa forma de indagar verdades que es la fantasía. Poner música a esto tiene su misterio. Si esa prosa ya es música, ¿para qué redundar? Por eso las músicas para el Sueño son parciales, son incidentales, como la de Mendelssohn. Korngold viajó a Hollywood para adaptar estas músicas en un film de Max Reinhardt y Willliam Dieterle, y entre ir y venir este artista judío salvó la vida, ya saben por qué. Britten se plantea a finales de la década de 1950, cuando ya es más que alguien en el mundo de la ópera, poner música a eso que es música por sí misma, la comedia de Shakespeare. Define desde el principio el mundo sonoro del bosque, el que dominan las hadas y los duendes, con graves trémolos y glissandi que extienden la noche, con el total cromático ajeno (¿contrario?) a la vigente entonces dictadura de Darmstadt. Qué lejos nos queda ahora aquel exabrupto, real o legendario, que se supone que le dedicó Boulez, siempre agresivo, siempre gendarme (expresión de Yvonne Loriod para él), cuando en una charla surgió el nombre de Britten: “¿no hablábamos de compositores?”

Prudente, acaso impotente, el cronista se detiene ante tal o cual detalle de la maravilla que ha sabido ensayar y ensayar Deborah Warner para mostrar este hermoso espectáculo dentro de un bello espacio escénico, único y cambiante, de Christof Hetzer. Ha desatado la noche en imágenes, implícita o explícita en Britten, que con este título creaba en 1960 otra obra maestra. El juego, el baile, el bosque, la noche, los niños, los enamorados, la danza de la vida opuesta a la iconografía del Medievo y sus pestes, porque cada época tiene sus plagas y el Sueño de Shakespeare y el de Britten son danza de vida frente a un mundo con demasiado cercano triunfo de la muerte. Eso es lo que ha revivido Deborah Warner, talento consumado ya sabido en este teatro con su Grimes, con su Billy Budd; con su Fidelio de la Scala, con su Onegin del Metropolitan. La impotencia te gana a la hora de describir, de evocar siquiera un poco de lo que viste con asombro para que el posible lector se asombre siquiera un poco.
Pero todo esto lo han producido unos cuantos seres humanos que hay que considerar artistas de alto nivel, sin duda alguna. ¿Cómo hacer justicia a un reparto en el que hay tantas voces solistas importantes, en que no hay protagonista, solo papeles principales? Primero Iestyn Davies, contratenor que asume el rol de Oberon, que Britten destinó a Alfred Deller en una época en la que ese tipo voz era una rareza, algo menos en Gran Bretaña, pero por completo en ópera. Se diría que Davies pone distancia, tal vez porque el líder de un mundo paralelo no se deja llevar por la realidad apasionada, solo la transmuta y, en parte, la experimenta; no la muestra, la relata. Junto a él, la bella línea de Liv Redpath, Titania que derrama vida real, no fantástica, voz penetrante de soprano lírica con múltiples matices. Hermosa distribución la de los cuatro jóvenes enamorados, que juegan con el bosque mientras la noche juega con ellos y el sueño confunde los anhelos. Jacques Imbrailo, barítono, inolvidable Billy Budd en Demetrio; la mezzo Simone McIntosh, Dorabella en Hamburgo, aquí como Helena; la soprano Jacquelyn Wagner (Donna Anna, Salomé, Jenůfa), poderosa actriz en su suplicante cuando no despechada Helena; el tenor Sam Furness, a quien ya vimos en Gloriana y en Billy Budd, como Lisandro. Muy buen conjunto el de los comediantes populares, que es más apreciable en grupo que como secuencia de solistas, aunque el papel de Bottom destaque por sus intervenciones individuales; y ahí estaba el arte histriónico, y en parte también vocal, de Clive Bayley. Por fin, la pareja real, si es posible este anacronismo dentro de la ucronía: la mezzo Christine Rice, voz elegante, figura elegante, la elegancia misma, como Hipólita; el barítono Thomas Oliemans en una elegancia de otro tipo, más de alta comedia, muy desenvuelto en línea y en movimiento escénico. ¿Y qué decir de los dos intérpretes de Puck, papel hablado, cuando no exclamado? Un actor, Daniel Abelson, que no es un niño, como en el icono típico; ya hay muchos niños en escena, que se asoman por debajo del telón desde mucho antes de empezar la función, como si mostraran curiosidad ante la fauna que va a verlos (que vamos a verlos). Puck no es niño aquí, es un muchachote sano y liante, que se equivoca porque en rigor es Oberon quien le da una orden equívoca. Abelson se desdobla en un ágil bailarín que, sostenido por cuerdas, realiza cabriolas y danzas fingiendo ser ajeno a la gravedad. Es otra manera de ver este hermoso personaje del mundo de las hadas, tan válido como muchos anteriores.

Ahora bien, ¿qué sería de todos ellos sin el movimiento que procuran el coro, el conjunto infantil, los niños de edades en algún caso inverosímiles (cuidados sin que nos demos cuenta por adultos que bailan y actúan junto a ellos)? Es el bello coro, con voces solistas que surgen de él (las niñas que responden a Bottom), dirigido por Ana González en una incursión especial, no una más, en apoyo de una ópera para el Real. En este caso, la dulce presencia infantil de hadas y duendes pedía un refuerzo, que vino con el Coro y chiquicoro Algadir-Daniel Martín. El coro titular no tiene cabida en el entramado de este Sueño. Para dar sentido a estos lances acumulados, ahí está ese foso que lo envuelve todo, a menudo en limitadas familias o escasos instrumentos que se hacen solistas, el arpa seductora, en la percusión o en las maderas; un foso que define el ambiente en complicidad con Warner y Hetzer, con la vitalidad acostumbrada en Ivor Bolton, maestro del brillo y también dominador del detalle, porque en esta noche en la que todos sueñan hay mucho detalle personal, cuando no íntimo, de un personaje que, puesto que sueña, viaja. Y hay que sugerir esos viajes. Son viajes de la noche de San Juan, la noche más corta, el día más largo, la noche de las brujas benévolas, las que no inventó ni el vecindario malévolo ni la inquisición. Bolton reinó desde el foso junto a Warner en cuanto a marco para la historia. Y la historia la constituyen sueños que los solistas desarrollan con asombros fingidos que nos asombran. Qué bello es saber que los sueños, sueños son.
¿La belleza duele? Al margen del síndrome de Stendhal, o bien de aquella exclamación (“¿podré soportar tanta belleza?”) o acaso ruego (“Señor, que no haya tanta belleza”). La belleza no duele, que yo sepa, pero gozar la belleza mientras sabes que prospera el espanto lleva su alcabala. Nuestro mundo se destruye, no sé el vuestro. Oberón, Próspero, os lo ruego: que no haya tanta ignominia. Y si he de sucumbir, que al menos Oberón me ceda un pedacito de esa planta para aplicarla a los párpados de Titania, o de Helena, y plantarme ante ellas mientras duermen, a ver cuál de ellas despierta antes, a ver cuál de ellas me mira. Así, me permito pasar de lo grave a lo frívolo, como si nada. Lo cierto es que, seducido o no por la noche y el sueño, no te cansarás de ver más de una vez este concreto Sueño.
Santiago Martín Bermúdez


