MADRID / Seong-Jin Cho: muchos quilates

MADRID / Seong-Jin Cho: muchos quilates

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 10-XI-2021. XXVI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Seong-Jin Cho, piano. Obras de Janácek, Ravel y Chopin.

Se presentó el joven coreano Seong-Jin Cho (Seúl, 1994) en el ciclo de Grandes Intérpretes con unas credenciales importantes, no solo (que también) por haber ganado el concurso Chopin en 2015 y por otros galardones previos en certámenes importantes (que confesaba odiar pero entendía necesarios, en la entrevista que le hicimos hace poco en Scherzo Nacho Castellanos y quien suscribe), sino por algunas grabaciones que han dejado excelente sabor de boca, como la que une las Sonatas de Liszt y Berg con la Fantasía Wanderer de Schubert. Cho ha mostrado en esas interpretaciones, al igual que en la entrevista mencionada, ser un pianista que no solo tiene unos medios técnicos formidables, sino que cuenta con una cabeza muy bien amueblada, las ideas claras y una madurez más que considerable.

Evidente todo ello ya desde el programa propuesto, encabezado por esa hermosa, emotiva y en muchos aspectos estremecedora partitura que es la Sonata 1.X.1905 de Leos Janácek, que ha sobrevivido de milagro a la intención destructora del compositor, y que es un sentido homenaje póstumo al joven Frantisek Pavlik, abatido durante una manifestación a favor de la Universidad de Brno, como nos cuenta Arturo Reverter en las notas al programa. Si no me falla la memoria, esta música tan emocionante se escuchó por última vez aquí en las manos de un pianista excepcional: Radu Lupu (una versión demoledora). Y ya ha llovido desde entonces. Música que nos trae el dolor de la tragedia desde un desgarro crudo, un retrato amargo que parece sugerirnos algo más allá de la muerte: en el caso que nos ocupa, la cruel injusticia de aquella muerte en particular.

Los estremecedores, tenebrosos, a veces incluso casi violentos pentagramas del compositor checo obtuvieron desde el principio una traducción convencida, entregada y espeluznante por parte del joven coreano. Esa atmósfera ominosa, sobrecogedora, llegó en sus sutiles matices, pero también en sus rotundos fortissimi, sin concesión, diríase que sin una pincelada de piedad que dulcificara la tragedia que retrataba. Emocionante, además de traducida con absoluta perfección.

Gaspard de la nuit, como señala Arturo Reverter en sus notas, es una de las partituras pianísticas más endemoniadas entre las de Ravel, y el movimiento final, Scarbo, es de esos miuras que te están esperando con los pitones afilados. Música llena de fantasía y, como siempre en el compositor francés, inundada de evocaciones y sugerencias, fascinante en su recreación tímbrica, en su maestría para extraer lo mejor del colorido del piano.

Lució Seong-Jin Cho en esta tremenda partitura otras de sus muchísimas cualidades: el control de un sonido siempre hermoso, lleno y redondo, incluso en los más sutiles (y conseguidos con rara perfección) ppp, el cuidado pedal, la gran anchura dinámica, siempre bien graduada y la capacidad para hacernos llegar ese gran contenido evocador de una música que tiene tan a menudo tanto de brillante como de evanescente, tanto de contagioso como de hipnótico. Extraordinario Le Gibet, con esa repetición obsesiva sobre el si bemol central que contribuye a un clima de misterio casi siniestro y que en otros momentos nos recuerda, en su ritmo sincopado, al dibujado por el mismo compositor en La vallée des cloches, de su Miroirs. Scarbo, en fin, ese miura antes anunciado, obtuvo una traducción apropiadamente fulgurante, un verdadero frenesí que el coreano dibujó con una rara perfección.

El programa se cerraba con los 4 Scherzi de Chopin, páginas en las que la bravura, la gran bravura podríamos decir, se da la mano con secciones centrales (todos siguen el formato tripartito) donde han de lucir el canto y la sutileza de pulsación, dado que Chopin demanda la indicación de Presto con fuoco o el matiz fortissimo con tanta profusión como ordena el toque leggiero y el matiz sotto voce.

Al igual que en su reciente grabación para DG, Cho no escatima (si acaso más bien hasta se excede) en el seguimiento de la primera indicación. No solo no faltó fuoco, sino que, si se me apura, tal vez un punto menos de la fulgurante velocidad presentada hubiera permitido un disfrute paralelo con algo más de claridad (algo que también podría valer en el citado Scarbo). Pero ese impulso juvenil y esa frescura pagan sus dividendos: la música de estos Scherzi raramente nos llega con un fulgurante torrente de energía como el escuchado ayer en el auditorio. Y tiene ello otra virtud: el contraste con el hermoso canto desplegado (¡qué belleza de sección molto più lento en el primer Scherzo, con un sotto voce exquisito! Paralelas expresiones pueden utilizarse para el pasaje sostenuto del segundo o el piú lento del tercero) produce el mayor de los efectos. Y, por otra parte, cómo no quedarse boquiabierto ante el imponente poderío del tercer Scherzo, con unas octavas tan fulgurantes como impecables. Un Chopin, en suma, magnífico, que convence (al menos al firmante) más que el escuchado en disco.

El éxito fue grandísimo, y muy bien merecido. Cho, que no parece muy proclive a lo de las propinas, concedió ante la insistencia del respetable, dos: el tercer número de las Escenas del bosque de Schumann, Flores solitarias, planteado con una belleza de exquisita sencillez, sin sensiblería, pero muy bien cantada, y un muy vivo (nuevamente se beneficiará de un puntito menos de velocidad) pero elegante y extraordinariamente tocado Vals op. 18 de Chopin. Un brillantísimo debut el de Cho en el ciclo de Grandes Intérpretes. El coreano tiene ante sí una gran carrera si sigue evolucionando con esa madurez y seriedad con que lo está haciendo. Este recital ha sido, sin duda, de muchos quilates.