MADRID / Segunda apoteosis brahmsiana de Bronfman, Mehta y la Filarmónica de Múnich

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 31-I-2024. Ibermúsica. Orquesta Filarmónica de Munich. Director: Zubin Mehta. Yefim Bronfman, piano. Obras de Brahms.
El segundo concierto de la Filarmónica de Múnich (que, como el anterior, contó con la presencia de la Reina Emérita), también brahmsiano, presentaba el otro concierto pianístico del músico de Hamburgo, el Primero, junto a la última de las sinfonías, la bellísima Cuarta, obra maestra del sinfonismo romántico. No hace mucho, cuando lo interpretó Javier Perianes en el ciclo de la Nacional, nos referimos al bien conocido Primer Concierto, iniciado bajo el impacto del intento de suicidio (y posterior internamiento) de Schumann en 1854, pero culminado un par de años tras la muerte de éste, como una página de tremenda intensidad dramática. Especialmente devastador es su primer movimiento, declaradamente desgarrado y tempestuoso desde su larga, tensa y rotunda introducción orquestal. La engañosa calma que el solista transmite en su entrada, transida de una tristeza desolada, es esencialmente engullida por una temperamental y dramática rebelión. Un clima dramático que, en realidad, envuelve toda la obra.
Como buena parte del piano de Brahms, la escritura solista, sobre todo en ese primer movimiento monumental, marcado Maestoso, es esencialmente vertical: densos acordes, dobles trinos, pasajes de octavas… todo ello enfrentado con frecuencia a densos, poderosos tutti orquestales, también llenos de energía. Se pide, en ese sentido, un pianismo rotundo, poderoso y con presencia. Pero se demanda también largueza, sutileza en lo que atañe a la expresión adecuada de una solemnidad que está bien implícita en la indicación Maestoso, y que lo es más aún en el doliente Adagio que le sigue.
Si en el primer programa de la orquesta muniquesa era destacable esa afinidad entre la segunda sinfonía y el segundo concierto pianístico, en esta ocasión hay que hablar de distancia, porque grande es la que separa el desgarrado pero juvenil dramatismo del Primer concierto de la más serena intimidad, quizá un punto doliente pero con muchos momentos de dulzura y serenidad, que asoma en el inicio de su Cuarta sinfonía. Obra ésta de emocionante belleza en su totalidad, coronada de forma colosal con una monumental passacaglia con treinta variaciones, basada en una leve modificación del bajo del último coro de la cantata BWV 150 de Bach.

Remito a los lectores a mi reseña del concierto de ayer por los mismos intérpretes para los comentarios generales de solista, orquesta y director, perfectamente válidos para este segundo concierto. Bronfman evidenció, aún más si cabe, su enorme categoría. Su quehacer pianístico se produce de manera natural, fluida, alejada de aparato alguno, hasta el punto de que la endemoniada partitura sale de sus dedos sin esfuerzo o gestualidad evidente. El tempo elegido para el Maestoso inicial respondió perfectamente al carácter solicitado: la música, ya desde la larga, intensa y poderosa introducción orquestal, estupendamente llevada por Mehta (que dirigió, una vez más de memoria, también el acompañamiento del concierto), transmitió en plenitud la estremecedora tensión que la preside. Bronfman dibujó su entrada con un respeto escrupuloso por la indicación p espressivo, transmitiendo el dolor de manera serena, sin afectación.
Llegaron luego los pasajes más demandantes, y Bronfman los expuso con tanta facilidad como precisión. Rotundos pero muy claros los abundantes dobles trinos, una mano izquierda extraordinaria, modélica la exposición del pasaje poco più moderato, octavas perfectas, contundentes y poderosas, pero sin perder jamás la belleza de sonido, en el retorno al Tempo I. Interpretación intensa, grandiosa, con un final apabullante. Tempo sereno, nada caído, el elegido para el Adagio, introducido de forma exquisita por la cuerda y la pareja de fagots. Bronfman dibujó de manera delicadísima su entrada, respondiendo perfectamente a la demanda de Brahms, p molto dolce ed espressivo, secundado por magníficos pp de la orquesta. Imponente la sonoridad de la cuerda grave en muchos momentos de este tiempo, y nueva demostración del fino matiz del pianista sobre la breve cadencia antes del final.
Como ocurrió ayer en el último movimiento del segundo concierto, se inició inmediatamente, casi en attacca, el Rondó. Y lo hizo con un tempo decididamente vivo, más próximo a un genuino Allegro que al apellido non troppo. Enérgico, decidido, lleno de exaltación el piano de Bronfman, que despachó el complicado movimiento con insultante soltura. Magnífica la orquesta (el mínimo desliz de la por lo demás estupenda solista de oboe en el episodio fugado no puede alterar tal consideración), perfecta y precisamente conducida por un Mehta siempre atento. La trepidante conclusión desató el comprensible entusiasmo del público: Bronfman, Mehta y la orquesta reiteraron el triunfo del día anterior. Hubo también regalo: la Arabesca op. 18 de Schumann, planteada con sencilla naturalidad, elegancia, poesía y delicada intimidad por un Bronfman realmente refinado pero ajeno a cualquier atisbo de afectación.

Afrontó Mehta la gran Cuarta sinfonía con un canto sereno, impregnado de buenas y expresivas respiraciones, fraseado con sutileza y elegancia, y con un tempo perfectamente fiel a la indicación Allegro non troppo. Construido con acierto, el movimiento tuvo grandeza en el clímax y en el solemne pero enérgico final. Solemne el andante moderato, dibujado con fina matización (¡qué estupendo pp de clarinetes y fagot a pocos compases del inicio!), fue ocasión para lucimiento de la bella sonoridad de los trompas (si acaso, por ponerse quisquilloso, un punto más redonda la de los dos primeros que la de tercero y cuarto). Mehta expuso el movimiento con impecable expresión, sutil rubato y bellísima sonoridad de la cuerda (todas las familias de la cuerda se lucieron, pero las violas en este tiempo estuvieron particularmente brillantes). Llegó con suficiente, pero no arrebatada, velocidad el allegro giocoso, que en alguna otra ocasión (recuerdo al gran Solti en una de ellas) hemos vivido con más nervio. La maestría de Mehta permitió que esa vibración que alguien pudo echar de menos en cuanto a velocidad quedara diluida por la contagiosa intensidad y energía que llegaba desde la orquesta.
Como ocurriera en el tiempo final de la Segunda sinfonía, Mehta eligió un tempo relativamente calmado para la colosal Passacaglia que corona la sinfonía. Allegro, sí, y quizá más enérgico que apasionado, pero dotado de una grandeza indiscutible. Las variaciones llegaron con un discurso fluido, variado, rico en inflexiones, nítido en la planificación sonora y demostrativo de la gran calidad de la orquesta. Lució la calidez y plenitud de la cuerda en las primeras variaciones, estuvieron soberbios el solista de flauta en su bella perorata de la duodécima variación y los trombones en su intervención solemne a modo de coral en la decimocuarta. Mehta apenas aceleró en el prescrito Più allegro para la coda, pero mantuvo la grandeza e intensidad, culminando la interpretación de manera brillante. El triunfo fue, como el día anterior, tan grande como merecido. La música y el calor del público parecen insuflar a Mehta una vitalidad que parece muy mermada en otros momentos, en su andar vacilante, inseguro, que en más de una ocasión hace temer por el mantenimiento de su verticalidad. Pero el maestro indio había cargado las baterías con los aplausos. Y llegó la propina: la quinta Danza húngara del propio Brahms, dirigida en pie, con un impulso y vigor insólitos en alguien que ha pasado por tan difíciles trances de salud y que se acerca ya a los noventa años. Y con exquisito manejo del rubato y gracejo. Segundo grandísimo triunfo de dos grandes artistas y una orquesta que está entre las mejores de Europa, sin duda. El firmante no puede dejar de expresar una enorme satisfacción por la indiscutible demostración de Mehta y Bronfman dejaron en estas dos veladas: su veterano magisterio es un tesoro que hay que apreciar en lo que vale. En el caso del maestro indio, más aún, teniendo en cuenta los trances por los que ha pasado.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín / Ibermúsica)


