MADRID / Mehta, Bronfman, Filarmónica de Múnich y Brahms: un triunfo que no sorprende

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 30-I-2024. Ibermúsica. Orquesta Filarmónica de Múnich. Director: Zubin Mehta. Yefim Bronfman, piano. Obras de Brahms.
Volvía a Ibermúsica la Filarmónica de Múnich, una de las mejores de Alemania, con una historia larga e ilustre, que incluye entre quienes han ocupado su podio como titulares nombres como Hans Rosbaud, Rudolf Kempe, Sergiu Celibidache, James Levine (titular entre 1999 y 2004, aunque su nombre intenta no lucirse hoy, tras el oscuro final de su carrera por los escándalos que su comportamiento provocó), Christian Thielemann y Lorin Maazel (en sus últimos años). Cuando el año pasado, por estas mismas fechas, nos visitó por última vez, bajo la dirección del polaco Krzysztof Urbański, hicimos alusión a las recientes convulsiones que afectaron a la formación, con el despido de su último titular, Valery Gergiev, y del que fuera su concertino durante 30 años, el rumano Lorenz Nasturica-Herschcowici. Tras unos meses sin director titular, la orquesta eligió hace ahora un año al joven israelí Lahav Shani (Tel-Aviv, 1989) como director titular, cargo que desempeñará a partir de septiembre de 2026.
Orquesta veterana del ciclo de Ibermúsica, con más de 80 conciertos desde que se presentara con su entonces titular, Sergiu Celibidache, en 1982, y que hace ahora 30 desde que actuó aquí con el maestro indio Zubin Mehta (Mumbai, 1936), otro veterano ilustre del ciclo (más de 100 conciertos con Ibermúsica, según relató Clara Sánchez en su parlamento introductorio). La nueva visita se completaba con otro veterano más, también asiduo del ciclo: el pianista ruso nacionalizado americano e israelí Yefim Bronfman (Tashkent, 1958), cuya relación con Mehta es más que larga: Bronfman realizó su debut internacional con el maestro indio en 1975.
Mehta, uno de los maestros de más brillante trayectoria de la segunda mitad del siglo XX, tampoco ha estado exento de convulsiones recientes: sufrió un tumor renal hace pocos años, pero parece haberlo superado. Con espíritu envidiable, incluso a pesar de episodios indeseables, como la falsa noticia de su muerte difundida el pasado otoño, el maestro indio evidencia a sus 87 años un andar vacilante, de pasos muy cortos. Dirige sentado, pero su gesto, aunque recortado, conserva la claridad y energía que siempre fue seña de identidad. El carisma de Mehta (un maestro que siempre da brillantez a su resultado sonoro) es bien palpable en el hecho de que es uno de los directores más conocidos y populares. Su amistad con la Reina Emérita hacía pensar que doña Sofía no faltaría a la cita (no lo hizo cuando Mehta vino por última vez en 2019, al frente de la Filarmónica de Israel). Y, en efecto, la Reina Emérita estuvo presente y fue recibida con aplausos por los asistentes, con la sala sinfónica luciendo un lleno envidiable.
El doble programa, a priori uno de los momentos álgidos del actual ciclo de Ibermúsica, se centraba en obras de Johannes Brahms, favorito del maestro. El concierto que se comenta ofrecía el Concierto nº 2 para piano y orquesta, op. 83 y la Sinfonía nº 2 op. 73. El Segundo Concierto brahmsiano, descrito en alguna ocasión, no sin alguna razón, como una sinfonía con piano, deja de lado las tenebrosas y apabullantes tensiones del Primero. Hay ramalazos de enérgica pasión, sobre todo en el segundo movimiento, que la lleva desde la misma cabecera, Allegro appassionato, pero es una partitura de contenido más lírico en general. Incluso la melancolía que transpira el Andante, con el bellísimo solo de violonchelo, es más serena y luminosa, frente a la más cruda y doliente tristeza que impregna el movimiento lento del Primer concierto, que se escuchará en el concierto del miércoles. No debe ello engañar: la partitura es de la máxima exigencia para el pianista, al que se le demanda un sonido rico, poderoso, capaz de enfrentar una orquesta nutrida (y Mehta no regateó plantilla) y unos tutti que con frecuencia alcanzan una potencia importante. Pero también hay (y el mencionado Andante es el mejor ejemplo) necesidad de una riqueza de matiz y de canto, de un aliento expresivo que transmita esa combinación de evocación lírica, pasión, delicadeza cantable y sonriente elegancia que dominan cada uno de los movimientos del concierto.
Bronfman, en su día discípulo de dos grandes brahmsianos, como Rudolf Serkin y Leon Fleisher, es poco amigo de tempi morosos. Los elegidos se inclinaron, incluso el Andante, por una relativa ligereza. Pero la excelencia técnica del americano-israelí está fuera de duda. Se mostró segurísimo en el mecanismo, poderoso en los acordes, ágil y preciso en la articulación y ancho en el matiz. No es pianista de solemnes grandezas, à la Gilels, ni de expansionarse en generoso rubato. Pero sí dibuja con tanta energía como sutileza inflexiones y matices, y su discurso, sin intentar reinventar la rueda ni deslumbrar con individualismo excesivo, llega fluido, expresivo, intenso. Pudo parecer algo contenido en el inicio, pero pronto lució toda la energía que tuvo siempre y mantiene. El apasionado segundo tiempo llegó con intensidad, pero también con envidiable sutileza en el pasaje indicado p tranquillo e dolce, también maravillosamente dibujado por la orquesta muniquesa. Ejemplo de su espléndido legato fueron las octavas dibujadas de manera sobresaliente, en pianissimo, en el tramo final del movimiento. Magnífico el solista de violonchelo, Floris Mijnders, en su precioso solo del tercer tiempo, y exquisito su diálogo con Bronfman, con momentos (el ppp poco antes del più adagio) realmente mágicos. Sonriente, con ligereza, el Allegretto grazioso final, iniciado en attacca con acierto, para evitar que el torrente de toses asesinara la atmósfera. Llegó con impulso muy adecuado el tramo final, con un vibrante poco più presto.
Mehta, acompañó de manera atenta y cuidada, finamente matizada, al frente de una orquesta que, como ya dijimos el año pasado cuando nos visitó con Urbanski al frente, es una orquesta formidable. No siento necesidad de alterar lo que ya dije entonces: la cuerda es imponente, apoyada en unas poderosísimas secciones de violonchelos y contrabajos, pero con un brillo y empaque en los violines y violas muy especial. Fenomenal la madera y también el metal. Una orquesta, en fin, magnífica, sólidamente cohesionada, capaz de brillantísima sonoridad, exquisitos matices y una respuesta ágil y perfectamente ensamblada. Modélica prestación la suya, nítida en los planos y bien fusionada en el discurso con el solista, aunque algún ataque conjunto (tramo final de los dos primeros tiempos y también del último) pudo tener mejor cuadratura. En todo caso, excelente interpretación brahmsiana acogida con gran entusiasmo por el público. Bronfman regaló una interpretación más sobria y contenida que poética, aunque sin duda elegante, del Nocturno op. 27 nº 2 de Chopin.

La Segunda sinfonía mantiene, como bien señala Luis Gago en sus notas al programa, una fuerte afinidad espiritual con el Concierto para piano escuchado. Encontramos en la sinfonía, compuesta en un proceso menos trabajoso que la primera, climas variados, con predominio de la luz sobre el drama: emotiva evocación lírica en el primer movimiento, serena melancolía en el segundo, apacible carácter casi bailable en el tercero y vibrante pero jubilosa agitación en el último, que incluye también un segundo motivo de carácter más solemne. Mehta la conoce al dedillo y, lo que es más importante, es para él, como antes se apuntó, música preferida.
La dirigió el maestro indio de memoria, pero atento al mínimo detalle, marcando sin aspavientos, pero con la cristalina claridad que siempre le ha caracterizado, bien ayudado por la joven concertino Naoka Aoki, incorporada hace algo menos de dos años. Los tempi parecieron muy razonables, nada caídos (contra lo que suele ocurrir en algunos directores veteranos cuya energía parece, comprensiblemente, haber menguado) en los tres primeros movimientos. Comienzo sereno, incluso relativamente sobrio, pero con detalles de gran belleza, como la maravillosa entrada de los violines sobre la indicación p dolce. Estupenda presentación del segundo tema de ese primer movimiento (ejecutado sin repetición de la exposición) a cargo de violonchelos y violas, de sonido igualmente extraordinario. Estupendo el solista de trompa en la preparación del tramo final del movimiento. Mehta manejó también con acierto las transiciones, y construyó un discurso de claros planos y detalles exquisitos (por ejemplo algunos matices en el segundo movimiento), presentando con acierto la atmósfera apropiada en cada momento. Tuvo expansión expresiva el adagio non troppo, ligereza sonriente el allegretto grazioso, con una madera modélica y un presto non assai muy bien dibujado en ese mismo movimiento, con reguladores admirables.
Pudo, sí, echarse de menos algo más de nervio e ímpetu en el Allegro con spirito final, que quizá demanda una más vibrante agitación. Mehta eligió en cambio una grandeza más jubilosa que trepidante, y dibujó con precisión exquisita y envidiable intensidad, con un segundo motivo adecuadamente solemne y una coda brillante que pudo ser más arrebatada, pero que sonó también, para qué engañarse, de maravilla. El éxito fue enorme, también porque el indio, como antes se apuntó, es maestro y artista al que el público adora. También la orquesta, que le tiene como director honorífico y le regaló muestras evidentes de cariño. Tras varias, y trabajosas (cada paso parece costarle un esfuerzo considerable) salidas, llegó el regalo, quizá un guiño al hecho de que este 2024 es el año de la música checa: una estupenda, vibrante y luminosa traducción de la Danza eslava op. 46 nº 8 de Dvorák. Un triunfo reconfortante, sin duda, pero nada sorprendente. La combinación se preveía ganadora, y lo fue.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín / Ibermúsica)


