MADRID / Schuen y Heide, la eclosión de un referente en el terreno del lied

MADRID / Schuen y Heide, la eclosión de un referente en el terreno del lied

Madrid. Círculo de Bellas Artes. 21-03-2021. Andrè Schuen. Daniel Heide, piano. Schubert, La bella molinera.

La expectación era grande ayer entre el público congregado en el precioso teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid (con el patrocinio de la Fundación Montemadrid) para asistir a la interpretación de La bella molinera por parte del barítono Andrè Schuen y el pianista Daniel Heide. Estos dos músicos visitaron el Teatro de la Zarzuela en la temporada 2018-19 y dejaron una magnífica impresión que todos esperábamos corroborar en esta ocasión en la que, además, presentaban su grabación del ciclo schubertiano. Para no mantener una intriga muy relativa, diremos desde el comienzo que las expectativas no sólo fueron colmadas, sino que muchos de los asistentes salimos de allí con el convencimiento de haber asistido a un hito en el terreno del lied, a la eclosión auténtica de un referente.

La voz de Schuen es de una belleza incontestable y de una extraordinaria homogeneidad en todos los registros. Estas dos cualidades, con ser importantes y muy apreciables en una primera impresión, no son en absoluto suficientes para lograr la expresión exacta que se requiere en este repertorio. Schuen —y Heide, porque esto es un dúo auténtico y a esta molinera la han criado entre los dos— parte de los propios poemas para encontrar el acento adecuado. Los sentimientos no son complejos y son lo universal eterno: el nacimiento al amor con toda su exaltación y todos sus sinsabores. A partir de ahí, Schuen busca los matices de cada emoción en las palabras y va modulando y coloreando cada frase con toda la gama de intensidades que su extensísima paleta ofrece. Desde el entusiasmo irrefrenable lleno de energía de Mein! hasta ese lamento exangüe que constituye Trockne Blumen este cantante desgrana toda el alma schubertiana con asombrosa naturalidad y sencillez. Impresionante su legato y su maravillosa dicción, gracias a la cual cada apoyo en un fonema tiene un significado emocional. Y qué pianissimi, desfallecidos y sin embargo perfectamente afinados y timbrados, que nos llevaron al borde del abismo.

El otro elemento de esta perfecta pareja musical, Daniel Heide, no sólo es un fantástico músico y pianista y un partenaire ideal: es que consigue atrapar la atención tanto como Schuen y eso es realmente difícil. Y no porque pretenda destacar, puesto que siempre está en su justo lugar, sino porque disfruta tanto del canto y de su propia partitura que prácticamente degusta cada nota y cada acorde. Y ese infinito gozo suyo lo comparte con nosotros y lo contagia. Qué forma de transmitir ese cierto regodeo en la tristeza sin fondo que sólo Schubert sabía acentuar con un inesperado y repentino modo mayor.

Y quizá —y esto es una opinión todavía más subjetiva y desde una percepción muy personal— lo que más me gustó de la interpretación de estos enormes músicos es que, debajo de todo este mundo bellísimo pero arrasado por el llanto schubertiano, palpita la vida, late sin parar esa vitalidad inmensa de ellos dos, de Schuen y de Heide, de Heide y de Schuen, y ese placer palpable que sienten por abordar una de las obras más hermosas jamás compuestas. Sin duda ninguna, dos grandes maestros del lied.  A sus pies, señores.