MADRID / Romanticismo, ove sei? (‘L’Elisir d’amore’ en el Teatro Real)

MADRID / Romanticismo, ove sei? (‘L’Elisir d’amore’ en el Teatro Real)

Madrid, Teatro Real, 8 y 9-XI-2019: Donizetti: L’elisir d’amore. Brenda Rae/Soledad Puértolas (Adina), Juan Francisco Gatell (Nemorino), Alessandro Luongo/Borja Quiza (Belcore), Erwin Schrott/Adrian Sampetrean (Dulcamara), Adriana González (Giannetta). Orquesta y Coro titulares el Teatro. Director musical: Gianluca Capuano. Director de escena: Damiano Michieletto.

Hace unos pocos años pudimos ver ya en Madrid esta producción firmada por el fantasioso y avispado Michieletto, que se repone ahora suponemos que para ahorrar costes –ya que es propiedad del coliseo de la capital y del Palau de les Arts de Valencia- y para abrir un hueco al jolgorio y a la distendida y lúdica diversión, pues ya en su día recibió, con pocas disidencias, el aplauso del respetable.

La visión del regista italiano está muy bien pensada y milimétricamente medida, buscando el efecto preciso y urgente, inteligentemente planificada en aras de un fácil seguimiento, con subrayados quizá redundantes y con un absoluto trastocamiento de su real naturaleza primigenia como obra musical y literaria: de una más bien simplona anécdota campesina, con personajes sencillos y pueblerinos, en la que las relaciones y pasiones son claras y transparentes y en la que aflora con mucha frecuencia, en una narración  dramática semiseria, el destilado y directo romanticismo, se pasa a una retorcida y por momentos hortera y hasta procaz actualización.

Todo transcurre en una playa de moda en la época actual. Mucho colorido, toallas, arena, un gran mural con foto turística, un chiringuito propiedad de Adina, figuras esculturales de mujeres y hombres, jolgorio a tutti plen. Aparece Dulcamara, aquí un macarra de cuidado, un vendedor y traficante de droga. Su medicina no es por tanto vino de Burdeos, sino que se recicla en un variado muestrario: extraños licores, polvos, papelinas… El personaje, el de un buhonero chusco, pero nada mal intencionado, pierde así su directa efusividad, su llaneza de timador para convertirse en un golfo de marca mayor. Un impresentable y un estafador.

Belcore es en esta estrambótica visión un oficial de marina, licencioso y borracho, un conquistador de vía estrecha –lo que lo acerca al personaje dibujado por Donizetti y Romani- y aparece solo, sin sus soldados, lo que obliga a que la parte de estos haya de ser asumida por los bañistas sin demasiada lógica. Michieletto al menos no se atrevió –quizá porque no se le ocurrió- a cambiar el carácter de los dos protagonistas que en este caso siguen conservando sus atributos originales. El que ella sea la dueña de un chiringuito playero y no una rica terrateniente no cambia gran cosa porque conserva sus cualidades contradictorias y su ambigüedad tras la que subyace una desconocida atracción por el simplón Nemorino. Él es un empleado de ella y se dedica a poner y quitar las sombrillas de la playa, lo que no deforma su naturaleza primigenia. Las relaciones entre ambos están bien vistas y traídas, aunque a través del lenguaje barroco, excesivo y redundante del regista.

El movimiento en escena es continuo y atosigante, de aquí para allá, de allá para acá, un trasiego que marea y no conoce reposo –únicamente en dos o tres momentos en los que todos, excepto los protagonistas, se quedan congelados-, hasta el punto de que el lado más efusivo y romántico de la historia se va perdiendo paulatinamente. Los árboles no dejen ver el bosque del sentimiento. Hasta que la propia música, de tan estilizada calidad y destilada belleza melódica, acaba por imponerse. Romanticismo pese a todo. Que aflora sin cortapisas en el dúo postrero entre los dos enamorados. En el segundo acto el número “bomba”, la gran ocurrencia, es la implantación de una gigantesca estructura hinchable, una simulada tarta de bodas en la que se vierte un imparable chorro de espuma y en la que se bañan y rebozan los personajes venga o no a cuento.

De esta guisa la narración discurre amena, a su aire, divertida a su modo, pero absolutamente ajena al ser íntimo, a la naturaleza verdadera de la simple historia. Pese al disfraz queda la música, que fluye imparable, aunque justo es decir sin demasiada ayuda del director musical, que reveló buen pulso, batuta firme y clara, sentido del ritmo, pero también rudeza sonora, con acordes ruidosos y musculados, y escasa capacidad para aplicar un conveniente rubato. Aceleró intempestivamente el tempo, como en el desbocado final del primer acto. Aunque se denotó buen gusto en el empleo de un fortepiano para los recitativos secos, colocado en un extremo de una orquesta de unos 50 miembros. El coro respondió bien en todo momento, con los matices y actitud escénica adecuados, bajo la habitual y experta dirección de Andrés Máspero.

Vayamos con las prestaciones vocales. Hemos de hablar ante todo de Javier Camarena, que cantó una sola función, la del 9 de noviembre; y lo hizo arrasando e incluso concediendo un bis. Su Furtiva lagrima fue modélica por expresión –no exultante, lo que sería lógico frente a las habituales versiones lloriqueantes-, sino soñadora o, por mejor decir, ensoñada, la propia del enamorado que de pronto descubre que su hasta entonces arisca pretendida también lo ama. La interpretación fue cuidada en la línea, depurada en el fraseo, afinada en la entonación. En ella Camarena mostró sus credenciales de tenor lírico-ligero con ataques certeros, messe di voce, medias voces, filados (en la frase lo vedo), buen legato, silencios estratégicos, la naturales agudos fulminantes –no escritos, pero impuestos por la tradición-, volata postrera bien dibujada y cierre en un hilo.

Camarena ha vuelto a demostrar, en el curso de una madurez ya reconocida cuando anda por los 43 años, que posee un indiscutible control respiratorio, hábil en la sfumatura y en el filado. A la voz, la de un lírico-ligero, agradable, cada vez más próxima a la de un lírico a secas, bien esmaltada, no le falta cuerpo para Nemorino ni solidez y llega estupendamente por la frescura de un timbre que en algunas notas puede recordarnos al del joven Di Stefano. Es muy extensa –y lo demostró aquí en un inesperado re bemol sobreagudo- y posee un centro cada vez más carnoso y presente y un grave de momento suficiente. Maneja con habilidad el viejo truco del portamento di soto y controla sin problemas las agilidades, en las que, después de todo, su particella no es demasiado abundante, como prototipo de escritura vocal neobelcantista.

A su lado, ese día 9, estuvo la soprano lírico-ligera Sabina Puértolas, que mostró las dos caras del personaje, la altiva y orgullosa y la entregada y amorosa. Llevada por el entusiasmo del tenor brindó una soberbia reproducción de su aria “Prendi, per me sei libero”: entonada, ceñida en la coloratura, tornasolada y delicada. La voz no es voluminosa, pero sí dulce, agradable y manejada con exquisito gusto. Se defiende bien en las agilidades y no pierde naturalidad cuando canta y actúa a la vez, algo que requiere la movediza dirección escénica. Se fue asentando poco a poco y acabó unida, en el canto, la expresión y el comportamiento, quizá imantada por él, al tenor mexicano.

La Adina del primer reparto fue la norteamericana Brenda Rae, de timbre claro y de vibrato acusado, los de una lírico-ligera con cierto cuerpo, fácil en el sobreagudo y resuelta en la coloratura, expresiva, con un punto más de picardía que Puértolas, pero sin la línea depurada de esta. A su lado, como Nemorino, escuchamos al argentino Juan Francisco Gatell. Es artista sensible, por momentos exquisito, delinea y matiza, expresa y mide empleando una voz ligera, no especialmente coloreada. Con ellos desplegó sus muy variadas artes escénicas y vocales, con un apabullante dominio de las situaciones, el bajo barítono uruguayo Erwin Schrott. Contundente, flexible, dueño de un instrumento no muy rico de timbre pero bien emitido, extenso y fácil, dio la perfecta imagen del macarra que ideó Michieletto, silbando, ululando e improvisando sobre la marcha. No tuvo competencia en el segundo Dulcamara, el rumano Adrian Sampetrean, de timbre descolorido, vibrato acusado y fraseo un tanto monótono, que se pasó en algunos de los efectos cómicos establecidos. En todo caso, se movió también por la escena como Perico por su casa.

El sargento Belcore fue defendido por dos barítonos muy distintos. Alessandro Luongo exhibe un timbre oscuro y una emisión bien asentada, con graves audibles y centro corpóreo, los que necesita una parte que conviene, por su escritura central, a un bajo-barítono (el espécimen donizettiano heredado de Rossini), lo que lo faculta para frasear sin problemas de tesitura, aunque su prestación acabe por perder brillo por la adustez del color y la cavernosidad de la emisión. Borja Quiza, que otorgó unas mayores dosis de comicidad al fatuo personaje, posee una voz más ligera, más clara y atractiva y cumple en los pasajes de mayor agilidad, pero anda escaso de peso en la zona inferior y desdibuja por tanto en buena medida el carácter del oficial. Muy buena impresión nos causó la soprano lírica guatemalteca Adriana González, de timbre bien coloreado, como Giannetta.