MADRID / Precioso festín barroco con Emmanuelle Haïm y Le Concert d’Astrée

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 12-XII-2024. Ibermúsica 24-25. Le Concert d’Astrée. Directora: Emmanuelle Haïm. Haendel: Música acuática: suites en Re mayor HWV 349 y en Fa mayor HWV 348. Música para los reales fuegos artificiales HWV 351. J.S. Bach: Suite para orquesta nº 3 en Re mayor BWV 1968.
Creo muy enriquecedor para el público sinfónico la inmersión, aunque sea de vez en cuando, en repertorios anteriores servidos de forma inmejorable por formaciones especialistas. Es por ello de aplaudir la idea que hace tiempo sostiene en este sentido Ibermúsica, que ya en su día, hace muchos años, nos brindó una inolvidable ocasión de disfrutar de Gabrielli y compañía nada menos de la mano del añorado Harnoncourt y su maravilloso Concentus Musicus.
Bienvenida era pues la ocasión de este jueves de diciembre, que en medio del más aparatoso repertorio sinfónico brindaba el más que atractivo debut, en la serie que dirige Llorenç Caballero, de la directora francesa Emmanuelle Haïm y su grupo, Le Concert d’Astrée. Haïm (París, 1962) es bien conocida de los aficionados al barroco, pero sin duda no tanto del referido público sinfónico. La trayectoria de la francesa ha seguido un curso muy paralelo al de otros colegas suyos involucrados en lo que se conoce hoy como interpretación históricamente informada del repertorio barroco y anterior (aunque desde hace ya años, con incursiones en las épocas posteriores también).
En efecto, Haïm empezó como clavecinista, con ilustres maestros como Kenneth Gilbert o Christophe Rousset, pasó después a formar parte de Les Arts Florissants, como clavecinista y asistente de William Christie, y por último, tras un periodo con Sir Simon Rattle, decidió dedicarse a la dirección, momento en el que, como casi todos sus colegas del historicismo, fundó su propio grupo, Le Concert d’ Astrée (año 2000), con el que la escuchamos en esta ocasión. Pero también como otros muchos de sus colegas, desde Harnoncourt a Koopman, pasando por Brüggen o Herreweghe, la inquieta, simpática, energética y vibrante directora francesa ha llevado su práctica a las orquestas modernas, desde la Filarmónica de Berlín a la propia Orquesta Nacional de España, con la que ha ofrecido interpretaciones estupendas de música, precisamente, de Haendel. La ocasión, pues, pintaba inmejorablemente.
En su excelente estudio sobre el compositor de Halle, Donald Burrows cita la descripción del estreno de la Música Acuática de Haendel, el 17 de julio de 1717, en una barcaza con 50 músicos que acompañaba, en una excursión por el Támesis, al rey Jorge I y una serie de aristócratas, desde el palacio de Whitehall a Chelsea. El diario que describía el acontecimiento dos días después, el Daily Courant, hablaba de que los músicos “interpretaron las mejores sinfonías, compuestas expresamente para la ocasión por Mr. Hendel [sic]… que gustaron tanto a su majestad que éste ordenó que se ejecutaran hasta tres veces durante el viaje”.
Escuchada esta colección de música deliciosa, bellísima, con los mejores aromas de danza y que por sí sola demostraría el inacabable talento melódico handeliano, no puede uno sino entender perfectamente el entusiasmo del monarca. Tres suites para este festín musical durante el viaje acuático, de las que en este concierto de Ibermúsica se han escuchado dos (se omitió la tercera, con el número de catálogo HWV 350, y se insertó la Suite nº 3 de Bach entre las dos de Haendel, con la pausa del concierto antes de la segunda de las suites; una confección del programa, eso sí, un tanto singular).
Las diferentes ediciones de la partitura pueden fácilmente sembrar cierto desconcierto, porque hay general acuerdo en que no hay un orden claro de ejecución de la música, y ni siquiera hay consenso sobre la ubicación de ciertos movimientos en una u otra suite. No sorprende, por tanto, que, en el programa de mano, dentro de la Suite HWV 349 en Re mayor, no encontráramos el movimiento que se escuchó entre el Minueto y el Lentement, por la simple razón de que el susodicho movimiento (sin indicación de tempo, en la edición urtext de la Handelgesselschaft de 1962) figura al final de la Suite en Fa mayor HWV 348, pero Haïm, en una decisión perfectamente plausible (por la razón del “no consenso” antes expuesta), lo trasladó al mencionado lugar dentro de la HWV 349.
Se entienden también, en ese contexto de cierta confusión editorial, algunas decisiones sobre aquellas piezas en las que Haendel prescribe 2 y hasta 3 ejecuciones repetidas. Optó con acierto Haïm por introducir, siguiendo la idea del propio Haendel, según la edición mencionada, aunque no estrictamente como figura en ella, variedad de instrumentación, de forma que algunas piezas se ejecutaban en la primera ocasión por los instrumentos de viento, en la segunda por la cuerda y, en las repeticiones de esa segunda ejecución, por la orquesta entera. Se conseguía así evitar la monotonía de la repetición idéntica y con el mismo color, lo que se antoja muy lógico.

Muchos años después, y para los fuegos artificiales celebrados en el Green Park londinense el 27 de abril de 1749, escribiría Haendel, esta vez para Jorge II, música para tal ocasión, la suite que hoy conocemos como Música para los reales fuegos artificiales. Cabe entender al monarca en su empeño de que solo hubiera instrumentos de viento y percusión, porque a la cuerda, presumiblemente, se la iba a escuchar más bien poco con tanta traca. Como es natural, donde hay patrón no manda marinero (y menos en aquellos tiempos), y pese a la insistencia de Haendel en que hubiera instrumentos de cuerda, la orquestación original tuvo que ceder al mandato del trono: comprendía un contingente masivo de viento: 24 oboes (en tres grupos de 12, 8 y 4), 12 fagots (dos grupos, 8 y 4), contrafagot, 9 trompetas naturales, 9 trompas naturales, 3 pares de timbales y tambores en número indeterminado. Hace unos años, Robert King, al frente de su King’s Consort, ejecutó una versión de esta obra con un contingente muy parecido en el mismo Auditorio Nacional.
El compositor reorquestó sin embargo la suite para su interpretación posterior, un mes después, en el Foundling Hospital, con instrumentos de cuerda añadidos y orgánico de viento y percusión de tamaño más acorde para el lugar y el equilibrio sonoro. Esa es la que, con lógico criterio, se escuchó en esta ocasión.
En medio, la Suite nº 3 de Bach, con su archiconocida Aria como el movimiento más popular. Muy justamente, por cierto, porque a despecho de muchas interpretaciones edulcoradas que la han maltratado sin recato, se trata de una pieza bellísima en la que, como bien señala Álvaro Marías en sus acertadas notas, el Cantor “brilla por introducir inesperadamente el melodismo italiano en medio del contexto francés de la suite”. Compuesta hacia 1731 para una orquesta con 3 trompetas, timbales, 2 oboes y cuerdas, la grandiosa solemnidad de la obertura ya nos pone ante una nueva demostración de la colosal belleza, siempre perfecta, de toda la música que salía de la mano del Cantor.
Emmanuelle Haïm es directora que transmite con tanta claridad como magnetismo y eficacia. Utilizó batuta esta vez (no suele hacerlo), y enganchó a sus músicos como lo hace con todos, sean de su conjunto, de la Nacional, de la Filarmónica de Berlín o de la Sinfónica de la Radio de Frankfurt. No hay aspavientos, pero sí absoluta claridad, envidiable expresión y contagiosa vitalidad. El discurso es siempre claro en los planos, cuidado en los matices, elegante, refinado y fluido, atento a las inflexiones y los contrastes y dotado de un equilibrio que se nos antoja siempre justo.
Utilizó un contingente de cuerda de 6/6/4/4/2, añadiendo los vientos que se requerían según las suites interpretadas, con el máximo, como era lógico en la Música para los fuegos artificiales, donde al citado grupo de cuerda se añadieron 3 trompas naturales, 3 trompetas naturales, 3 oboes, 2 fagots, contrafagot y tambor además de timbales. Puede decirse que su interpretación de las suites de Handel tuvo más de la finura y elegancia francesa que de la más musculada vibración que hemos conocido en algunos grupos británicos, pero hubo en las interpretaciones fantasía para los ornamentos (encomiable el coraje de trompas y trompetas naturales, que no rehuyeron riesgo alguno a la hora de adornar sus ya comprometidas partituras, algo especialmente apreciable en el caso de las trompas) y cadencias, y buen dibujo pointé en alguna ocasión (el Minueto de la Suite HWV 349, por ejemplo).
Se expusieron con genuina grandeur y solemnidad las oberturas (de indudable diseño francés, aunque las plumas que las escribieran fueran alemanas). Sacó Haïm magnífico partido de los segundos violines, no solo en la famosa Aria de la Suite bachiana, sino en el Minueto de la Suite HWV 348. Recurrió con buen criterio, cuando se prescribía y también en alguna ocasión en que no aparecía, pero sí se antojaba lógico, a la alternancia de solistas de cuerda con tutti, en modo concertino-ripieno. Y se dibujaron estupendos diálogos de acentos entre violines y violonchelos en la animadísima Bourrée de la misma obra. Interpretaciones, en fin, llenas de sensibilidad, luminosas, elegantes, vitalistas, siempre animadas, pero nunca arrebatadas. Deliciosas, en suma.
Los músicos de Le Concert d’Astrée evidenciaron una clase realmente estupenda. Una cuerda de bello y muy bien empastado sonido, precisa y ágil en la articulación, una madera de sobresaliente calidad, con unos oboes extraordinarios (magníficos en la obertura y el andante de la suite HWV 348, donde el primer oboe regaló toda una demostración de fantasía sobre la escritura de su parte en el adagio e staccato) y, como antes se apuntó, unas trompetas naturales estupendas (apenas algún mínimo roce en toda la tarde) y unas trompas naturales que salvaron con sobresaliente su endemoniado cometido. Con un canto en los dientes me daba yo si todas las trompas naturales de los conjuntos historicistas ofrecieran el nivel de prestación que ofrecieron este jueves Jeroen Billiet y Yannick Maillet. Magnífico también el clavecinista Mathieu Dupouy, con intervenciones enriquecedoras toda la tarde, pero muy especialmente en la conocida aria de la suite bachiana.
Pese a que el público sinfónico es más proclive al entusiasmo desbordado cuando se ve estimulado por los decibelios, el éxito fue muy grande y merecidísimo, porque lo escuchado había alcanzado gran altura. Pero aún aguardaban dos regalos que, si cabe, elevaron aún más el listón, porque se adentraron en el repertorio en el que Haïm es especialmente maestra: Rameau. Del gran genio del barroco francés nos llegó primero una chispeante lectura de los Tambourins de su ópera Dardanus, y posteriormente una delicada, muy expresiva, bellísima interpretación de la Entrée del acto IV de esa otra maravilla que es Les Boréades. No podía dejarnos Haïm mejor sabor de boca ni mayores deseos de volver a verla pronto. Qué estupenda directora y músico, y qué fantástico conjunto Le Concert d’Astrée.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


