MADRID / Pogorelich, viaje con suspense del desconcierto a la fascinación

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 16-X-2024. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Ivo Pogorelich, piano. Chopin: Preludio en do sostenido menor op. 45. Schumann: Estudios sinfónicos op. 13. Sibelius: Vals triste op 44. Schubert: 6 Momentos musicales D. 780.
Que Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958) es un magnífico pianista es algo que muy pocos, supongo, discuten, por mucho que el suyo sea el prototipo de caso atípico en cuanto a que su carrera despegó por no ganar un concurso. De hecho, despegó por ser eliminado del mismo, el Chopin de 1980, y por el zipizape que organizó Martha Argerich abandonando, escandalizada, el jurado del certamen; el concurso lo ganó el vietnamita Dang Thai Son, cuya carrera ha sido, ciertamente, menos prominente. Hemos comentado en ocasiones anteriores algunas de sus más memorables interpretaciones, con los Cuadros de Mussorgski o el Gaspard raveliano a la cabeza de sus más celebrados logros.
Quien firma esta reseña dio cuenta de la extraña sensación que nos dejó su última comparecencia en el ciclo de Grandes Intérpretes, en diciembre de 2020. La puesta en escena, entre parsimoniosa y desganada, ya nos dejaba a medio camino entre la perplejidad y la intriga. El resultado musical fue, por momentos, excelente, y en otros, desconcertante. Los últimos discos del croata han dejado a muchos, incluido el que suscribe, esa misma impresión. Quizá su propia andadura vital, viudedad incluida, tenga algo que ver. Difícil de describir, pero con cierto paralelismo con una película de suspense.
Esta nueva presencia de Pogorelich se basaba en un programa, a priori, muy afín a sus características, aunque sorprendía la reiteración del Preludio op. 45 de Chopin, que ya ofreció entonces y acabamos de escuchar también a la magnífica Yulianna Avdeeva. Además de dicho preludio, una de las más apreciadas y temidas obras de Schumann, los Estudios Sinfónicos, y la exquisita colección de Momentos musicales de Schubert, más el conocido (aunque no especialmente en la versión pianística) Vals Triste de Sibelius. Además de la sorpresa chopiniana por reiteración, sorprendía también el orden (creo que nunca los he escuchado así, y créanme que en vivo los he presenciado unas cuantas veces) escogido para los Estudios Sinfónicos de Schumann, con las cinco variaciones póstumas ejecutadas tras el tema, y a continuación los doce estudios propiamente dichos.
Dije, con ocasión de aquel atípico recital madrileño, y debo reiterarlo ahora, que hay en la personalidad de Pogorelich ingredientes que, si los hados son favorables, redundan en dar el toque de gracia a ese edificio musical construido con notoria perfección, para conseguir un resultado artístico singular y excepcional, incluso a costa de reclamar cierta permisividad por parte del oyente en cuanto a determinadas libertades de criterio interpretativo. Bien es cierto que los hados, a veces, están en contra, con el resultado de que, esos mismos rasgos de personalidad que pueden a menudo redondear una hermosa pieza, acaban, tal vez por sobredosis de ánimo individualizador, contaminando la estructura, resultando de ello un producto que bien podría calificarse, por encima de todo, como un extraño y casi continuo vaivén entre la fascinación y el desconcierto. Todo ello servido con la adecuada dosis de lo imprevisible: el suspense, el ¿qué nos aguardará ahora?
Compareció Pogorelich con la misma parsimonia, casi desgarbada, que hace cuatro años. En esta ocasión, partituras en mano. Saludó con calmada ceremonia y dio paso al Preludio op. 45 de Chopin, que ya nos condujo a la primera etapa del tránsito descrito. Llegaba con belleza y redondez el sonido, pero el discurso estaba impregnado de esa sensación de distancia expresiva de las que no consigue implicar al oyente en las emociones, falto de la capacidad evocadora que sí consiguió, en el primer recital del presente ciclo, en la misma obra, la rusa Avdeeva. Solo en el tramo final, con una cadenza en el que pudo apreciarse un estupendo leggiero, asomaron las sutilezas de las que el croata es sobradamente capaz. En esta primera estación, pues, aún expectantes, con nuestro suspense.
Los Estudios sinfónicos se iniciaron con un planteamiento solemne del tema, con una mirada melancólica, un tanto introspectiva, pero admirablemente delineada. La secuencia de variaciones póstumas dejó a muchos, incluido el que suscribe, sumidos en la segunda etapa: un intrigante desconcierto. Indecisiones sorprendentes en la primera parte de la variación I, tempi a menudo de acusada morosidad y carácter pesante (variación III), siempre con esa singular melancolía en el trasfondo, pero con un discurso cuya fluidez no terminaba de alcanzarse, en parte por algunas inflexiones de tempo (variación IV) que bien pueden entrar en el terreno de lo excesivo. Pese al exagerado acento sobre la nota inicial de la variación V, fue esta la más conseguida en esta secuencia (requiriendo, claro está, el ejercicio de la permisividad antes aludida con asuntos como la conversión del forte final prescrito en algo que pareció más próximo al mp).
La cosa fue ganando intensidad en los estudios propiamente dichos, aunque hubo nuevas excursiones para la confusión o perplejidad, como el estudio II, con un canto bien dibujado pero un tanto corto de efusión pasional, y algunos parones poco explicables que, más que aportar tensión, restaron fluidez y sumaron a un discurso que, en general, pareció pesante. Hubo otros detalles en la citada excursión, como ataques de notas que debían sonar a la vez… pero no lo hacían. Sin duda una quiebra pretendida, pero cuyo encanto expresivo no terminó de ver claro quien firma este comentario. El estudio IV, con buen staccato y adecuados acentos, empezó a marcar otra etapa del viaje, y el estudio V, decididamente agitado, trajo una primera dosis de adrenalina, confirmada en el siguiente (indicado allegro molto), aunque en este, el contraste requerido por Schumann entre f y p en los primeros compases de la segunda parte hubiera podido quedar mejor resaltado. Imponentes, como solía ser costumbre en Pogorelich, las octavas de la mano izquierda en el final de dicho estudio.
Dramático el estudio VIII, que al que suscribe se le antojó lento para el metrónomo (negra=80). Bastante vivo el IX, pero quizá no tanto como la indicación Presto possibile, que es bastante explícita e invita al extremo, ese rincón que, en muchos aspectos visita el croata con cierta asiduidad, pero no esta vez, en este punto concreto. Enérgico el X, dibujado con fluidez e intensidad. Volvió la melancolía inicial, con gran capacidad evocadora, en el XI, con un tramo final de envidiable expresión (espléndido el morendo de los últimos compases). El último estudio (XII, Allegro brillante) pudo, otra vez, hacer levantar las cejas por un comienzo relativamente blando en intensidad, aunque no en empuje rítmico. Pero poco a poco el croata hizo crecer el voltaje y desplegó buena parte del poderío del que es capaz (que es mucho, no nos engañemos) en un final vibrante, que dio sentido al arco de crecimiento planteado desde el inicio de ese estudio. Interpretación, en suma, en la que hubo un poco de todo: el variado vaivén entre fascinación y desconcierto aludido al principio de la reseña, siempre con sus gotas de suspense.
Podía, dados los antecedentes (no solo los escuchados en la primera parte, sino en la tendencia general de Pogorelich en cuanto a tempi), esperarse un acercamiento más bien pesante a la transcripción pianística del Vals triste realizada por el propio Sibelius, pero no fue el caso en absoluto. El tempo pareció lógico, pero esa personalidad singular de Pogorelich apareció en forma de muy expresivas, aunque a menudo casi extremas, inflexiones. Nada nuevo en el vaivén. Se construyó muy bien un arco de largo y progresivo crescendo, llevando la tensión hasta un clímax bien conseguido, para luego apagarla en un tramo final de envidiable levedad.
Prácticamente sin solución de continuidad (otra constante del recital, excepto para el descanso, no hubo salidas del escenario) afrontó Pogorelich la colección de Momentos musicales de Schubert. Lo hizo con sencillez, bien delineado canto en el primero, aunque de nuevo con notorias libertades de letra (el fz del c 82 convertido en piano, por poner solo un ejemplo). Muy notable, impregnado de melancolía, el segundo, matizado con exquisitez. Sencillo, más elegante que especialmente grácil, el conocidísimo tercero, muy lírico. En el cuarto, también dibujado desde coordenadas parecidas, pudo apreciarse algún detalle adicional de la singular personalidad del de Belgrado, como el bajo más destacado en la segunda reiteración del episodio inicial. Pudo haber tenido más poesía, sin embargo, la sección central de la pieza. Vivo, aunque un punto más distanciado en la expresión, el quinto, con algún que otro salto que pareció prudente, y sereno, también algo corto de vuelo lírico en el trío, el último, en el que algún matiz forte se antojó falto de intensidad.
Antes de que se hubiera podido percibir realmente el calor de la acogida del público, Pogorelich, que no llegó salir del escenario, dio la primera y única propina, dejando la sensación (que también ocurrió hace cuatro años) de que quería que terminara aquello cuanto antes. Pero… nueva ocasión para la perplejidad, porque la propina, por cierto, fue de lo mejor de la tarde. Seguro que no fue intencionado, pero hubiera procedido que dijera, en lugar de anunciar el regalo como hizo, algo así como “ahora que ya les he desconcertado un rato, ahí va un toque de fascinación final”. Porque fascinante fue el Nocturno Op. 62 nº 2 de Chopin que nos ofreció. Una maravilla de canto, de matiz, de leggiero en las florituras de ecos tan manifiestamente belcantistas. Aquí asomó el mejor Pogorelich, el que es capaz no ya de evocar la melancolía, sino de sumergirnos de lleno en ella. Naturalmente, si quería que aquello terminara pronto, lo hizo, permítanme la ironía, fatal, porque el éxito fue grandísimo, y si resultó más corto es porque el público se rindió al ver que el croata metía la banqueta debajo del piano, en gesto inequívoco de que no estaba por la labor de tocar más. Lo dicho: un vaivén entre la fascinación y el desconcierto, sí, con buenas dosis de suspense porque uno, con Pogorelich, nunca sabe lo que espera a la vuelta de la esquina, y siempre hay lugar para la sorpresa, aunque la medida en que tal sorpresa agrade o no es del todo imprevisible. Pero si uno elige prescindir de este singular vaivén, dejará también escapar momentos de magia inefable como los vividos el Nocturno final. Y esos, créanme, son para no perdérselos.
Rafael Ortega Basagoiti


