MADRID / Papaioannou: un torrente de ficción suprema

Madrid. Teatros del Canal (Sala Roja). 23-XI-2023. INK. Coreografía, decorados, vestuario y luces: Dimitris Papaioannou; música: Kornilios Selamsis (grabación expresa para esta obra por la orquesta musicAeterna, dirigida por Teodor Currentzis). Con: Suka Horn (hombre desnudo) y D. Papaioannou (hombre vestido).
El arte contemporáneo, en general, tan esquivo y reacio a ser comparado con el arte que lo precede, sí anhela –a veces de una manera secreta o no reconocida– alcanzar la consideración de nuevo clásico, algo que no es otra cosa que la comparación con los vestigios del arte griego y grecorromano (el teatro, la poesía, la estatuaria, la arquitectura, el trasunto mitológico), y el paralelismo se extiende hasta el apogeo renacentista y sus maneras. Sin embargo, esto es lo que menos concierne a algunos artistas griegos de hoy, Dimitris Papaioannou (Atenas, 1964) entre ellos y a la cabeza. Y parece decirnos el ya consagrado ateniense en su tercera visita a Madrid: no es que fuimos “esos” antes, es que lo seremos siempre. Lo que se grita con su belleza agónica en Ink, como decía Yeats, es la enérgica resistencia a desaparecer, al olvido del nepente. Es precisamente en la música y la danza donde carecemos de los códigos representativos del arte antiguo. Así, le llega el turno a la invención, a la ficción suprema como concepto y valedor de la pulsión creativa, que aquí es enorme, carnal, contenida en su magma neo-tenebrista.
En Ink todo es danza, desde el primer silencio hasta la consumación final en esa cámara roja que puede ser la sangre seminal, el depósito abisal de Gea, su reserva de linfa primordial para recomenzar. Hay que mirar dentro de la acción de estricta planificación coréutica y carente de prejuicios (sobre todo de índole sexuales o discriminatorios) y entrando en un acto de alta cultura. Winckelmann escribió que las piedras de una ruina ática tienen siempre un lenguaje que habla al hombre moderno, relata, identifica y compara. En Ink no hay sillares, fustes demediados o capiteles muescados desperdigados por lo yermo; hay, sin embargo, representación de la vida y la muerte, un torrente de fuerza hecho gráfica causal a través del agua, desgranándose ante nosotros como un regalo de verdades, de vibrante honestidad en un relato extasiado, tenso y pleno de referencias donde una música de aire clasicista apoya el discurso. ¿Podemos pensar en la castración de Atis? ¡Absolutamente sí! Lo muy arcaico retorna en Ink formulado sobre una acción ritualizada y precisa hasta hacerse atemporal. El pulpo que ha llamado a chanza en algunas crónicas es un ser que también está en el imaginario clásico (y en cientos de mosaicos y relieves de todas las épocas, desde la plástica y especificidad estilística cretense –Cnosos– hasta lo que vemos hoy en los museos del arco siracusano o de Magna Grecia). Ink no es un espectáculo nuevo: se estrenó en 2020.
Pero hay que adentrarse en lo que hacen estos dos artistas en escena, tanto en sus zonas de contraste como de complicidad; si a alguien le repugna ese combate sostenido de dos hombres desde lo poético hacia un Tánatos imantado, succionador, implacable, pues que se queje. Resulta ocioso tener que defender a estas alturas un cuadro de Bronzino. Recogía Carlos García Gual hace unos diez años el hoy ya famoso título de Hansen y Heath: ¿Quién mató a Homero? [Free Press, NY, 1998]. Naturalmente, el mandoble iba a los profesores universitarios de clásicas, grupo al que hoy podemos agregar elípticamente los cronistas y reseñadores de nueva hornada que usan un redentorismo de manual muy politizado para atacar a Papaioannou. Éste, con cierto olimpismo, sigue impertérrito ahondando y puliendo su distintiva estética.
Papaioannou no es Homero. Su escenario no es el Hades sino un rincón urbano degradado. En su espectáculo introspectivo, sancionado a la hachuela, hay un tono de funcional in crescendo a la manera de la música programática: el ambiente de veladuras –los plásticos o el agua estarcida– traslada al espectador a un friso nuevo. Atis, Gea, Eros, Alcibíades, Papaioannou, operan como ese maestro esperpéntico que a la vez ejerce de consumador. ¿Por qué los referentes mitológicos siguen moviéndonos intuitivamente como destellos fugaces de un discurso lírico contemporáneo? Probablemente algunos de ellos sean erráticos o equivocados –y esa incomprensión de la crueldad universal despierta la ira de Suka, que quizás simplemente quiere ser atendido, escuchado más allá de lo que exhibe como trofeo imperecedero: su canon físico modelado sobre una armonía sin tiempo, sin aspavientos en su propia luz de proporciones. La música lo impele desde una cierta lejanía, un regodeo de intemperie que transmite inquietud en la contemplación. No estamos en Delfos, pero ya antes pasamos por allí buscando algo. Platón en El Banquete deja escapar una frase reveladora: “Muertos ambos a la vez”. Recapitulando y volviendo a Ink, ello puede recordar al momento en el que se alza el telón, ya con los dos personajes muertos.

Papaioannou no encontró a Suka Horn en la calle, pero casi; el muchacho venía de los bailes urbanos y de dejarse la mollera en las aceras haciendo de peonza. ¡Era lo que buscaba Dimitris! Esa mezcla arcádica de semidiós y chico de barrio que le diera la contrapartida escénica a la manera más clásica, conmovedoramente dispar, retroalimentada por esa ficción suprema que no agrede, sino ilumina. Y es por eso que enseguida se piensa en Papaioannou recitándonos aquel fragmento de una obra satírica de Sófocles (Los amantes de Aquiles) que recoge y traduce Anne Carson en su Eros dulce y amargo: “Esta dolencia es un mal anhelado. / ¡Ojalá pudiera yo describirlo sin torpeza!”
Y por cierto, Diocles de Caristo (no confundir con Diocles de Magnesia, que tenía fama de chismoso, ni con el muy atlético campeón Diocles de Corinto, que sirvió de modelo para varias estatuas por sus piernas) en su libro Sobre la salud dice: “Los cefalópodos incitan al placer y a las relaciones sexuales, especialmente los pulpos”. Lo escribió en Atenas (y en dialecto ático) en el siglo IV a.C.
En el estreno de anoche en Teatros del Canal la función estuvo a punto de interrumpirse por un desmayo y se llegaron a encender las luces. Hubo murmullos y algún griterío y un joven, pálido como la cera, fue atendido y llevado fuera de la sala. La representación siguió adelante.
Roger Salas
(fotos: Julian Mommert)


