MADRID / Orozco-Estrada, Christiane Karg, Gürzenich: Episodios de insólita poesía

Madrid. Auditorio Nacional. 19-V-2026. Ciclo La Filarmónica. Orquesta Gürzenich de Colonia. Christiane Karg, soprano. Andrés Orozco-Estrada, dirección. Obras de Wagner, Richard Srauss y Mahler.
Una velada plenamente centroeuropea, salvo el bis. El poderoso tema que inicia la obertura de El holandés errante no oculta los italianismos que vienen después. Como todos, Wagner viene de Italia, sin disimulo, mas también sin ostentación. El equilibrio de esta obertura está ahí. Orozco-Estrada y la Orquesta Gürzenich planteaban ya una de las características del concierto, la convivencia de episodios; no tanto de temas, aunque no pueda dudarse de ello, como de episodios. Varios episodios forman el monólogo de la Condesa al final de Capriccio, obra última o penúltima de Richard Strauss, según se mire. A su manera, es uno de esos monólogos que constituyen una ópera en sí misma, en miniatura, como sucede, pongamos, con Violeta o con Tatiana; con referencias a una acción que bien puede formar parte de la situación dramática del monólogo, que no es tanto relato como parte del gestus de la protagonista (humano, artístico y de clase, más bien de estamento). Un pequeño drama lírico en el que la condesa se debate entre opciones y afectos, y la música con que línea y orquesta envolvente resuelven el soliloquio constituyen una hermosísima dramaturgia. Esto era el desafío que habían aceptado la soprano alemana Christiane Karg (Aricia, Susanna, Pamina, Sophie, Mélisande, la Eurídice de Gluck) y el director colombiano Andrés Orozco-Estrada, el desenvolver una dramaturgia fuera del escenario que le correspondería. El monólogo es un ensamblaje de episodios que surgen del cuestionarse de la Condesa, como el aria de Tatiana, cuya carta no es tal, sino serie de romanzas enlazadas. El resultado fue de un lirismo y una teatralidad que no habían de envidiar al teatro representado. Karg puso la voz, una voz en plena madurez expresiva, potente y al mismo tiempo acariciadora, con un centro elegante en emisión y en color.
La secuencia de episodios definió la lectura que Orozco-Estrada y Gürzenich dieron de la Primera Sinfonía de Mahler. Desde ese comienzo que es como un amanecer, solo que en esta sinfonía amanece varias veces, y varias veces se impone el atardecer; una sinfonía sublime formada, en parte, por muchos motivos populares, incluso vulgares, como ese vals recurrente, pero también formada por episodios de enigma o de misterios: ah, siempre esas trompetas en la distancia, sello de la psique y el discurso sonoro de Mahler, evocación en una obra rica en evocaciones. Uno diría que, como buen mahleriano, Orozco-Estrada plantea la Primera Sinfonía de Mahler no como una secuencia formal, sino como una cadena de sucesos ricos en subjetividad y expresados en capítulos que se relacionan mediante la evocación de unos en otros; al fin y al cabo, esta sinfonía proviene de una pieza anterior rica en poematismo sinfónico. Acaso haya que hacer más caso de las voces de la naturaleza y la paródica marcha fúnebre (el frère Jacques en modo menor) que del título exagerado, Titán, homenaje a Jean Paul Richter. Creo que así lo hizo Orozco, que resultó arrebatador en ese arrebatador finale, tempestuoso, que no es solo tempestad (Stürm), porque aquí también esas otras voces, no sé si naturaleza o ensimismamiento, no sé si canto o tregua, tienen mucho que exponer (no oponer), porque la tempestad (fortissimo del tutti) requiere interrupciones (y ahí surgen los solistas de la orquesta).
En Mahler no vale fiarse del forte para hallar sentido, y así se diría que lo entendió Orozco con Gürzenich, porque el finale no es heroísmo, no es marcha triunfal, es un estallido de temperamentos en el que los instrumentistas (era de ver a los nueve trompas en pie) acaban exhaustos por la fuerza del Stürm. Supo agradecer el público este derroche con aplausos interminables. Supo agradecer Orozco, con su orquesta, ese entusiasmo, y regaló al público una página que es justo lo contrario, la novena de las Variaciones Enigma de Elgar, Nimrod, el cazador, una página cuyo lirismo íntimo recitaron Orozco y el conjunto con verdadero refinamiento; y es lo contrario a la sinfonía porque aquí las voces raras veces se alzan, pero lo hacen y el timbal las apoya o, si no, les marca entradas o llena fermatas y silencios, no sé. ¿Es el acecho del cazador? Una página que Orozco hizo respirar con la calma que parecía necesaria para irnos menos encendidos, más apaciguados, a la calle, en la que aún quedaban restos del día.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Rafa Martín)

