MADRID / OCRTVE: Una ‘Missa solemnis’ voluminosa

Madrid. Teatro Monumental. 07-V-2026. Orquesta Sinfónica y Coro RTVE; Rocío Pérez, soprano; Carol García, alto; Juan Noval, tenor, Streten Manojlovic, barítono; Thomas Dausgaard, director. Missa solemnis de Ludwig van Beethoven.
Uno oye el título Missa solemnis y enseguida le viene a la cabeza la obra que Ludwig van Beethoven compuso entre 1819 y 1823, es decir, que se solapó con la composición de la famosa Novena escrita entre 1822 y 1824. Otros muchos compositores —Mozart, Cherubini, Weber, Berlioz, Bruckner, Liszt…— escribieron misas con esa misma denominación, pero no alcanzaron las cimas creativa, musical y espiritual de la del maestro de Bonn. Beethoven comenzó a escribirla cuando tenía 48 años y estaba ya casi totalmente sordo y, por consiguiente, aislado. La misa, magna y monumental, está dedicada al archiduque Rodolfo de Austria —alumno de Beethoven y dedicatario de muchas de sus obras, entre otras, las sonatas para piano Les Adieux y Hammerklavier— quien había sido nombrado arzobispo de Olomouc el 24 de marzo de 1819. Beethoven escribió: «El día en que una gran misa compuesta por mí se ejecute en las solemnidades que se lleven a cabo para consagrar a su Real Alteza será el más feliz de mi vida y Dios me iluminará para que mis débiles fuerzas puedan contribuir a la glorificación de tan solemne día». El estreno, sin embargo, hubo de esperar, porque Beethoven no llegó a tiempo para la ceremonia de consagración de su amigo.
La Missa solemnis op. 123 no es una obra que se interprete con frecuencia, quizás porque encierra una dificultad extrema, principalmente para los cantantes del coro: Beethoven puso a prueba los registros del coro mixto llevándolos al extremo. No es, sin embargo, una obra nueva para el Coro RTVE, quien ya la interpretó hace siete años en la 58ª SMR de Cuenca junto a la Orquesta Metropolitana de Lisboa dirigida por Pedro Amaral. Tampoco lo es para la Orquesta RTVE, aunque es verdad que la última vez que el coro y la orquesta la interpretaron juntos fue hace diez años bajo la batuta de Carlos Kalmar. A lo largo de su historia, la OCRTVE ha interpretado esta obra nueve veces. A la ya mencionada, hay que añadir las siguientes interpretaciones: en 1967 con el maestro Theodor Egel, en 1968 dos veces —en abril y junio— con Odón Alonso, en 1970 con Enrique García Asensio, en 1980 con Pedro Pirfano, en 1990 con Arpad Joo, y en 2002 con Salvador Mas. Si uno conoce estas fechas no es porque tenga buena memoria, sino porque lo ha consultado con el archivero de la OCRTVE, Quico Velasco: para eso y otras muchas cosas sirven los buenos archiveros de las orquestas.
Así que este jueves pudimos escuchar la décima interpretación de la OCRTVE en cincuentainueve años, lo cual es todo un acontecimiento y, sin duda alguna, uno de los momentos estelares de toda la temporada In crescendo. El encargado de llevarla a buen puerto ha sido el hasta esta temporada director principal invitado, Thomas Dausgaard, quien dirigió sin batuta. En el elenco de solistas vocales estaban la soprano madrileña Rocío Pérez, la alto barcelonesa Carol García, el tenor poleso Juan Noval y el barítono belgradense Streten Manojlovic. El planteamiento del orgánico orquestal, a priori, anunciaba la nota dominante de lo que más tarde sería la interpretación: exceso de sonido, demasiado volumen. La sección de contrabajos, hasta siete contó quien suscribe, estaba demasiado «bien dotada» para las dimensiones del Teatro Monumental y las características de la misa. Tengamos en cuenta que Beethoven, sin saberlo, la compuso a caballo entre el clasicismo y el romanticismo. No obstante, si el director controla el sonido, no tendría por qué ser un problema… pero lo fue. Hubo pasajes demasiado fuertes, y no hay que confundir volumen con espectacularidad. La Missa solemnis es espectacular, monumental, pero no deja de ser una misa, algo muy espiritual.
El problema del exceso de volumen se notó principalmente en el Kyrie. Ya advertimos de la extrema dificultad para los cantantes del coro. Hubo momentos en que los tutti corales y orquestales, amén de la estridencia, no resultaron claros ni precisos, sobre todo en los pasajes fugados. Sin embargo, eso fue corrigiéndose levemente a medida que la misa iba avanzando. Tenemos que mencionar que la profesora alto del coro, Miren Astuy, sufrió un desvanecimiento —pocos se dieron cuenta de ello, absortos en la monumentalidad de la misa— en plena interpretación y tuvo que abandonar con ayuda de una de las acomodadoras, disimuladamente y con sigilo, el escenario. Afortunadamente, el incidente no ha tenido consecuencias graves para su salud, de lo cual nos alegramos.
Los cuatro solistas estuvieron dispuestos de la siguiente forma: soprano y barítono a la izquierda del director, y tenor y alto a la derecha. Destacó el timbre y proyección de voz de la soprano Rocío Pérez. Todos ellos tuvieron buenas intervenciones, sobresaliendo la que hicieron en el Benedictus junto con el concertino Iván López, quien se puso de pie para interpretar uno de los pasajes más hermosos, espirituales e íntimos de toda la misa. Si hablábamos anteriormente de exceso de volumen, este fue, sin embargo, el contrapunto y remanso de paz.
Dicen que el mítico director de orquesta Wilhelm Furtwängler consideraba la Missa solemnis como la mejor obra de Beethoven y que, dada su complejidad y magnitud, desistió de dirigirla. Salvando las distancias y haciendo un paralelismo, hacer una crítica de esta obra a un servidor se le hace igualmente muy difícil, porque es tal su inconmensurable belleza, que uno tiende a fijarse más en la maravillosa música escrita por Beethoven que en la interpretación.
¿Consiguió Thomas Dausgaard llevarla a buen puerto? Sí, pero un sí condicional: demasiado volumen en algunos tutti y falta de claridad en algunos pasajes fugados. Un momento muy revelador fue cuando sonó el último acorde de la misa y Dausgaard dejó las manos en alto durante unos segundos en los que el público permaneció en un silencio sepulcral, quizás para tomar consciencia de que el «barco» había tocado puerto después de una travesía que lo transportó a otra dimensión. Nadie parecía atreverse a romper ese silencio solemne. Tras esos segundos de solemnidad, el «bravo» de un caballero del público fue el detonante de un caluroso aplauso y de una posterior ovación, especialmente cuando la preparadora del coro para la ocasión, Alla Zaikina, salió al escenario para señalar al coro y pedir que se levantara. Después del esfuerzo extremo, los profesores del coro recibieron su recompensa. Hoy viernes, quienes lo deseen, podrán ser testigos de la interpretación de una obra deslumbrante que todo ser humano debiera escuchar en directo alguna vez en la vida.
Michael Thallium


