MADRID / OCRTVE: Un amable concierto de Navidad

Madrid. Teatro Monumental. 22-XII-2023. Orquesta Sinfónica y Coro RTVE. Rodolfo Barráez, director. Obras de Haendel, Chaikovski, Strauss y Rimski-Korsakov.
Cuando llegan las fechas navideñas, en los programas de las salas de conciertos menudean los grandes éxitos, esas obras que siempre agradan al oído del oyente. El concierto de Navidad que anoche ofreció la Orquesta Sinfónica RTVE (ORTVE) no fue una excepción. El Teatro Monumental estaba hasta la bandera y el público entregado al habitual espíritu navideño que reina en los últimos días del mes de diciembre. ¿Cómo no va a gustar la música que se programó para la ocasión? De Georg Friedrich Haendel, la Obertura de Acis y Galatea y la Música para los fuegos artificiales; de Chaikovski, el Vals de las flores del ballet El Cascanueces y la Escena y Vals del Lago de los cisnes; de Johann Strauss, la Polka pizzicato, Tritsch-Tratsch polca y la Marcha persa; y, por último, de Rimski-Korsakov el Capricho español. Obras todas ellas que todo el mundo ha escuchado alguna vez en la vida. Dirigía Rodolfo Barráez, un director de treinta años formado en El Sistema venezolano y en Berlín. Quienes quieran dar cuenta de lo que ocurrió anoche, podrán hacerlo el próximo día de Navidad, porque este concierto se retransmitirá por La 2 de RTVE a las 12:30. Y quienes así lo hagan, verán que el público se quedó encantado.
El maestro Barráez dirigió correctamente. Seguramente tenga mucho talento, pero anoche uno se quedó con la impresión de que al recital le faltó eso tan esencial que es la emoción. No me refiero a la emoción de un público entregado “en modo navideño” —esa la hubo, y mucha—, sino a la que misteriosamente se crea cuando una orquesta y un director llegan a combinarse como el blend de un buen güisqui escocés o como la fragancia de una rosa exuberante que se sublima en el aire que respiramos. Esa emoción que le transporta a uno a otra dimensión distinta de la realidad mundana. Dicho de otra manera “más deportiva”, si de una carrera de Fórmula 1 se tratara: demasiado bólido para el conductor. Entiéndase por bólido la orquesta, una orquesta —la ORTVE— que está en plena forma y cuyo “motor” —los maestros que la conforman— tiene una calidad extraordinaria. Buena muestra de ello fueron las intervenciones de la magnífica sección de trompas o la flautista Arantxa Lavín, del clarinetista Javier Martínez, de la concertino Mariana Todorova, así como el fabuloso toque del corno inglés de Carlos Alonso en la Alborada del Capricho español o el precioso solo de violonchelo que se marcó Javier Albarés. ¿Cómo no van a sonar bien los “grandes éxitos de la música clásica” con ese material humano? Quien suscribe, se quedó con la sensación de que fue la orquesta la que ayudó al director, y no al revés. No obstante, el público estuvo entregado y no faltaron las navideñas propinas que propiciaron también su participación cantando el conocido villancico Noche de paz o tocando las palmas al ritmo de la Marcha Radetzky.
Honradamente, así es como uno lo vivió y lo escuchó: se pudo haber sacado mucho más partido de la ORTVE. Quizás algún día tengamos oportunidad de volver a ver dirigir a Rodolfo Barráez con otro tipo de repertorio para formarnos una mejor idea del arte maestro venezolano.
Fue el último concierto del año, un amable concierto de Navidad que hizo las delicias de un público que abarrotó el Teatro Monumental. Uno les desea una feliz Navidad y un 2024 con mucha y buena música.
Michael Thallium


