MADRID (OCNE) / Mahler, eternamente

MADRID (OCNE) / Mahler, eternamente

Madrid. Auditorio Nacional. 26-III-2021. Concierto Sinfónico 18 de la temporada de la OCNE. Piotr Beczała, tenor. Matthias Goerne, barítono. Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham. Mahler, La canción de la Tierra (arr. Glen Cortese).

Una obra que constituye todo un recorrido por la vida, incluyendo la despedida de ella, de la mano de alguien como Mahler, que la escribió en momentos de profunda zozobra, tras la muerte de su hija Maria Anna y la aparición de la endocarditis bacteriana que acabaría con su vida tres años después, es algo que siempre emociona. Cuando esos textos y esa música se escuchan en tiempos de dolor y desolación como los que llevamos ya tiempo viviendo como consecuencia de la pandemia, es fácil que la emoción alcance cotas de subyugadora congoja.

Dice bien Ramón Puchades en las notas al decimoctavo concierto sinfónico de la Nacional cuando refiere que la dualidad vida-muerte está presente en los diversos ciclos de canciones del compositor de Kaliště. Y es bien cierto igualmente que la intensidad de esta gran y atípica sinfonía con dos solistas crece hasta literalmente hacernos retener la respiración en el largo sexto y último número, La despedida, que ocupa casi la mitad de la obra y que parece no querer acabar cuando el solista (barítono en el caso de ayer, mezzo en otras ocasiones, puesto que ambas opciones dejó abiertas el músico bohemio) repite en un susurro la palabra Ewig (eternamente) una y otra vez, sobre la desolada desnudez de reiteradas pero breves cadencias de celesta y arpa, apenas apoyadas en largas notas de cuerda y viento, siempre con indicaciones como la que aparece seis compases antes del final: dejando morir completamente.

La sobrecogedora obra de Mahler contempla, una rica y muy nutrida orquestación, ya que se prescribe una madera completa (flautín, 3 flautas, una de ellas doblando a un segundo flautín, 3 oboes, con el tercero doblando a corno inglés, 3 clarinetes en si bemol, 1 clarinete en mi bemol, 1 clarinete bajo y 3 fagots, con el tercero doblando a contrafagot), metal igualmente nutrido (4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones y tuba), percusión variada, celesta, mandolina, 2 arpas y cuerdas. Contingente, sin embargo, del todo inviable en los tiempos de distancia preventiva que padecemos.

Fue sin embargo una iniciativa de la Octavian Society en el año 2004 (es decir, anterior al cataclismo vírico), la que encargó a Glen Cortese la realización de dos arreglos de la obra para contingentes diversos. Uno, para un contingente notoriamente reducido, donde la madera queda limitada a 1 flauta (doblando a flautín), 1 oboe (doblando a corno inglés), 1 clarinete en Si bemol (doblando a clarinete en mi bemol), 1 fagot, 1 trompa, 1 trompeta, 1 trombón, 2 percusionistas, celesta, arpa y cuerda en plantilla de 2/2/2/2/1.

El otro, que fue el que se escuchó ayer por la Nacional, reclama una plantilla sensiblemente restringida respecto a la original, pero en todo caso algo más próxima: 2 flautas (segunda doblando a flautín), 2 oboes (segundo doblando a corno inglés), 2 clarinetes en si bemol (segundo doblando a clarinete en mi bemol), 2 fagots (segundo doblando a contrafagot), 2 trompas, dos trompetas, dos trombones, dos grupos de percusión, arpa, celesta y cuerdas, para las que no se prescribe número y que ayer se presentaron en disposición 6/5/4/4/3.

Estos arreglos de Cortese, cuya partitura está editada por Universal, han tenido ya difusión (y grabaciones) antes de la pandemia. Sin ir más lejos, Rattle la empleó en un concierto con la Academia de la Filarmónica de Berlín en 2011 (concierto que está en el archivo de la sala digital de los Berliner), aunque naturalmente, las limitaciones de distancia (y por tanto de cuántos músicos pueden estar en el escenario) impuestas por el virus han hecho que dichos arreglos sean hoy más populares, de forma que hace apenas un par de semanas lo ofrecía la Sinfónica de Cincinnati y en un par de meses lo presentará la Sinfónica de Londres, en este caso nuevamente con Rattle. El director que la ha ofrecido en Cincinnati, Matthias Pintscher, la hubiera debido interpretar también en Barcelona el pasado octubre, pero la suspensión de toda actividad cultural en la ciudad condal lo impidió.

Afkham confirmó una vez más que es un director en alza, que entiende muy bien esta música y la planifica y construye con sensibilidad, claridad y acierto, dejando también a sus músicos (el caso de alguna de las cadencias individuales de los solistas de vientos fue muy evidente) la libertad necesaria. El maestro alemán entiende bien esa dualidad vida-muerte antes referida, y dibujó con mimo y extraordinaria matización el desolado dolor del largo canto final. Cabe quizá considerar que el impetuoso comienzo de la obra (prescrito, es cierto, ff) con algo más de contención, tal vez hubiera podido permitir algo más de presencia al tenor polaco Beczała, que por lo demás lució su hermosa y bien timbrada voz, siempre expresivo, en las canciones a él asignadas (primera, tercera y quinta).

Algunos dicen que la voz de Goerne está quebrada y que ya no es lo que era. Al que suscribe le sigue pareciendo un cantante superlativo, absoluto dominador de la media voz y de las más sutiles inflexiones. Las hay en abundancia en su parte, generalmente más introspectiva y serena. Y aunque en número (tres) su participación parece paralela a la del tenor, hay en ello artificio, dado que la parte del león de la obra descansa en la última canción, encargada a él. Y la interpretó de forma magistral. De hecho, en el largo final, siempre ppp y con continuas indicaciones de desvanecimiento, se hizo un silencio sepulcral para poder apreciar lo que llegaba desde el escenario, tanto en los instrumentistas (soberbios) como en el espeluznante susurro del barítono alemán.

¿Y qué decir respecto al descrito arreglo de Cortese? Pues que tiene la ventaja, en estos tiempos, de permitirnos escuchar la música de Mahler en vivo, algo que, de lo contrario, estaría resultando imposible. Pero tiene, por desgracia, también alguna desventaja notable, cual es la de generar un balance sonoro orquestal de complicada resolución. Los males, lógicamente, se acrecientan cuando la formación de turno, la Nacional en este caso, ha de actuar con tanta barrera y distancia, en todo caso obligada y respetada escrupulosamente. Como muestra valga un botón: al concertino, Miguel Colom, no le separaban de Afkham menos de siete metros, y en medio estaba todo un dispositivo de mamparas que, a su vez, casi enjaulaban a Matthias Goerne. En el lado contrario, lo propio ocurría con la solista de violas y Beczała. A su vez, la distancia de ambos con los solistas de segundos violines y violonchelos era también, obligadamente, más que notable.

Hay una parte de ese balance orquestal problemático que resulta casi insalvable, pero he de decir inmediatamente que bajo el excelente gobierno de Afkham, la prestación de la Nacional ayer fue absolutamente sobresaliente. Todos los solistas de viento, siempre expuestos en esta partitura, y si cabe más aún en este arreglo, brillaron a grandísima altura: flautas, oboes, corno inglés, clarinetes, fagot y contrafagot, trompas, trompetas y trombones. Pero salvó con paralela brillantez la cuerda la complicada coyuntura de que la adelgazada plantilla no quedara sepultada por el viento. Y lucieron en sus solos individuales el mencionado Colom y el solista de violonchelos. Todos ellos fueron muy justamente reconocidos por Afkham en los aplausos finales, lamentablemente demasiado prematuros en su inicio. Ay, las prisas por aplaudir; cuando aprenderemos que lo que procede tras un final como ese, antes de la merecida y entusiasta recompensa, es el respetuoso y hasta emocionado silencio).

En todo caso, y con las limitaciones (obligadas, qué se le va a hacer) por el formato, espléndido concierto, otro más, de una Nacional que, como hemos repetido varias veces, está, pese a las circunstancias, en plena forma. En esta ocasión, contaba, además, con dos solistas de lujo. Y al final, aunque con limitaciones o con complicados equilibrios, esta música sublime de Mahler queda bien resumida en esa despedida final: eternamente.