MADRID / OCNE: Implicados y desimplicados

MADRID / OCNE: Implicados y desimplicados

Madrid. Auditorio Nacional. 29-X-2021. Orquesta Nacional de España. Directora: Anja Bihlmaier. Obras de Josep Planells y Chaikovski.

El término italiano con que el valenciano Josep Planells (1988) denomina su obra, Con sprezzatura, no es fácil de traducir y podría significar como una cierta desimplicación de las cosas, sin ser total, sí aparente. Y no venía mal para un concierto donde implicación y desimplicación se conjugaron continuamente. La obra de Planells era estreno en España ya que se hizo antes en Colonia como coencargo que es de la OCNE y la emisora WDR. Pieza de muy buena factura a base de modelos (rítmicos, tímbricos, etc.) concatenados que rememoran algo la momentanización con que, en el final de los 60 e inicio de los 70, se resolvieron las ya gastadas formas móviles.  Planells se distancia de su material lo suficiente como para dejarlo fluir liberando un tiempo que podría ser mas, menos o infinito. La dirigió la alemana Anja Bihlmaier, que se implicó realmente en la obra y la sirvió con esmero y exactitud. El público la recibió con una cortesía desimplicada, pero sin la menor disidencia.

Los ‘modelos’ de hace más de medio siglo abominaban de Chaikovski por su acentuado romanticismo que puede llegar hasta lo morboso, pero como en sus defectos están precisamente sus virtudes, es precisamente esto lo que atrae de un compositor que es un genio indiscutible y un grandísimo orquestador, distinto de Rimski, pero no inferior a él. Buen modelo de su pensamiento es la magnífica Sinfonía nº 5 en Mi menor op. 64, una obra de repertorio estricto con la que se emocionan e implican legítimamente las audiencias. Anja Bihlmaier planteó una versión tan alineada con las actuales como personal, con perfecta planificación, buena técnica y, en general, excelente ajuste. Quiso desimplicarse de las pasiones románticas y el primer movimiento fue medido en efusión sin que ello perjudicara a la sonoridad, un romanticismo perfectamente liofilizado. En el segundo, con el magnífico solo de trompa de Salvador Navarro, sonó muy bonito descargado de su morbo introspectivo.

El vals fue elegante y flexible, escasamente pecaminoso, y en el sonoro final la intensidad emotiva del movimiento se cambió por una acusada velocidad que llevaba un mensaje trepidante. No pudo evitar que, como casi siempre, el público aplaudiera en el falso final antes de la coda. Casi nadie lo logra, hay que ser un maestro del gesto y la pausa como lo eran Karajan y pocos más para lograrlo. Pero Anja Bihlmaier demostró que es una excelente directora y que su carrera en auge puede llegar muy lejos. Y Chaikovski, se conciba como se conciba, llega directamente al público que estalló en griterío y ovaciones. Directora y orquesta se lo merecían por su buen trabajo. Pero quien lo conseguía era Chaikovski. Él si que estaba implicado.