MADRID, OCNE / Crecimiento hacia la luz

MADRID, OCNE / Crecimiento hacia la luz

Madrid, Auditorio Nacional, 6-X-2019. Mahler: Sinfonía nº 2, “Resurrección”. Christoph Eschenbach, director. Marisol Montalvo, soprano, Anna Larsson, mezzo. Coro y Orquesta Nacionales.

Se abría la temporada de la ONE con esta procelosa composición, rematada de manera esplendente con la Oda a la Resurrección de Klopstock, que se inicia con la frase Auferstehn, ja auferstehn wirst du, Mein Staub, nach kurzer Ruh! (¡Resucitarás, sí, resucitarás, polvo mío, tras breve descanso!). Era el texto que el compositor había escuchado en febrero de 1894 en la Iglesia de San Miguel de Hamburgo durante el funeral por el pianista y director Hans von Bülow. Texto que había abierto la puerta a su inspiración para concluir la obra, que había quedado estancada al final del movimiento postrero. Tenía claro que la composición debía concluir con la palabra, pero ¿cuál? Y entonces, en ese punto de aquel acto religioso, ocurrió el milagro: el coro de niños de la iglesia entonó ese Auferstehn. “Me sentí iluminado, todo quedó claro y evidente para mí. El creador estaba a la espera de ese rayo de luz: era su Anunciación. Sólo quedaba transportar a la música esa experiencia.” Así se expresaría más tarde el músico.

Pensábamos en esas reflexiones de don Gustavo mientras escuchábamos esa maravillosa conclusión en la interpretación gobernada por la nerviosa, espasmódica y temblorosa batuta de Eschenbach, nada fácil de seguir en sus evoluciones y que, a la postre, en ese justo momento, pareció encontrar su mejor acomodo, asentándose y logrando la esperada conjunción de todos los elementos integrantes de tan gigantesca y procelosa partitura, que tantas vacilaciones proporcionó a su autor y tantas dudas, finalmente despejadas, le ocasionó.

La ominosa Marcha que da la salida a ese último movimiento, In tempo di Scherzo. Wild Herasfauren, fue tomando cuerpo lentamente y pareció que, de repente, todo estaba en su sitio, que Eschenbach tomaba realmente las riendas y organizaba ese caos que describe Mahler en busca de la salvación, de la ascensión, de la Resurrección; no sin que durante la batalla se produjeran confusionismos varios y que la planificación dejara un tanto que desear. La banda interna funcionó bien y los añadidos del metal, ya en el hemiciclo, contribuyeron a que en el cierre todas las fuerzas se unieran en un todo espectacular elevando las palabras de Klopstock al séptimo cielo. El coro entró, como se exige, en un hermoso pianísimo al que se unieron las dos voces solistas, Anna Larsson y una radiante y juvenil Marisol Montalvo. Todo se escuchó engrasado y en el fiel, a despecho de ciertas destemplanzas, y la sesión se rubricó con enorme belleza.

La verdad es que nada hacía presagiar ese colofón si consideramos que la primera parte del concierto no había sido especialmente memorable. Viendo a Eschenbach en acción, próximo ya a cumplir los 80, uno se acordaba de aquel jovencito que tocó en Madrid, hará sus buenos 50 años, un recital de piano en el Colegio Alemán. Entre otras composiciones escuchamos la Sonata nº 11, K 331/300i, la famosa de la Marcha Turca, en una muy pulcra interpretación. El artista lucía una hermosa melena. Quién le vio y quién lo ve, cuando, desde hace tiempo ostenta una espectacular y brillante calva. Tieso, enteco, severo de gesto, el director alemán parece tener siempre mando en plaza, aunque no siempre eso responde la realidad.

El concierto no presagiaba a su comienzo nada especialmente bueno. El tremebundo Allegro maestoso que abre la Sinfonía no acababa de encontrar el norte adecuado por falta de total precisión en esas furibundas arcadas de la cuerda en pleno. Faltaba tensión, exactitud de ataques en ese Totenfeier (Ritos fúnebres) que es el primer movimiento (obra independiente hasta que se compuso la Sinfonía), del que habla cumplidamente en sus excelentes y bien meditadas notas al programa Mario Muñoz Carrasco. El subsiguiente remanso lírico no estuvo mal planteado, pero faltaba una mayor aireación y, en contraste con lo anterior, una más clara relajación. La trifulca del desarrollo no tuvo la reproducción idónea por falta de transparencia en las líneas.

Algo pesante y falto de gracia, esa tan evanescente del Mahler pastoril, estuvo el Andante moderato y en el tercer movimiento, ese fastuoso lied que retrata la escena de San Antonio de Padua predicando a los peces, no advertimos el feroz sarcasmo que parece demandar la pieza, de instrumentación tan chisposa y tumultuosa y de tan fluido curso, con esos vaivenes instrumentales y esos marcados acentos que parecen describir los saltos de los pececillos. La batuta volandera iba y venía sin que allí se produjera la ideal conjunción, por mucho que la Orquesta cumpliera con gran decoro. Todo cambió a mejor, y la Sinfonía , antes del gran cierre, empezó a tomar vuelo, cuando saltó a la palestra Anna Larsson, antigua colaboradora de la ONE. Su voz suntuosa, grave, eso sí, de emisión muy nasal en la zona inferior y centro, pintó otro paisaje, oscuro y calmo, en el maravilloso lied Urlicht. Fue mano de santo. La luz se fue abriendo a medida que la melodía fluctuaba y crecía. Luego nos esperaba ese ascenso hacia la eternidad.