MADRID / OBNI: la música barroca en su más alta expresión

Madrid. Iglesia Alemana. 23-XI-2023. Ciclo de conciertos La Stravaganza. OBNI: Miriam Hontana (violín), Ismael Campanero (violone) y Daniel Oyarzábal (clave). Obras de Stradella, Vivaldi, Bach, D. Scarlatti, Eccles y Biber.
Hace aproximadamente dos años tuve la oportunidad de asistir en el FIAS a un concierto de un grupo del que nuestro añorado Eduardo Torrico, al que acompañaba, me hablaba maravillas. Lo formaban unos jovencísimos músicos de una osadía y un talento infrecuentes (dejando aparte a Daniel Oyarzábal; entiéndase la juventud, no el talento) y obedecían al divertídisimo nombre de OBNI: Objeto Barroco No Identificado. Desde entonces he tenido la oportunidad de escucharles en varias ocasiones y a algunos de sus componentes les he visto colaborar con otros conjuntos de música barroca de gran nivel. Ahora, este grupo ha impulsado un ciclo de conciertos de música antigua bajo el nombre La Stravaganza, que constará de un concierto al mes y del que OBNI será grupo residente, aunque se invitará también a otros intérpretes y ensembles. Tendrán lugar en la Iglesia Alemana de Madrid, sede de la comunidad evangélica de habla alemana de la ciudad, un pequeño templo neorrománico-bizantino que ya albergó hace unos años otro ciclo de conciertos encomiable, El canto de Polifemo, valiente y abnegada iniciativa de Paco Quirce.
El ciclo ha empezado con un concierto del núcleo duro de OBNI: la violinista Miriam Hontana, el contrabajista Ismael Campanero, que en esta ocasión tocaba el violone, y el teclista Daniel Oyarzábal al clave.
El variado programa comenzó con una obra de Alessandro Stradella, un compositor conocido principalmente por sus oratorios y serenatas pero que tuvo un papel fundamental en la génesis de dos de las formas instrumentales más importantes de la música instrumental barroca, el concerto grosso y la sonata en trío, antes de que fueran codificadas y llevadas a su perfección por Arcangello Corelli. Con la Sonata en trío en re menor de Stradella pudimos disfrutar del bello sonido y de la habilidad del arco de Hontana y la agilidad y la inventiva de Campanero, virtudes que nos acompañarían durante todo el concierto.
Hay dos compositores con los que OBNI parecen tener una especial afinidad: Vivaldi y Bach. A ellos han dedicado recientemente un estupendo disco y sendas obras suyas fueron incluidas en el programa del concierto. Del Prete Rosso ofrecieron la Sonata para violín en re menor RV 12, segunda de las denominadas Sonatas de Manchester, colección de doce obras para violín y bajo continuo cuyo manuscrito fue descubierto por el especialista vivaldiano Michael Talbot en la biblioteca de la ciudad inglesa que les da nombre. De la Sonata RV 12 concretamente hay una versión anterior en Dresde, con una línea del bajo más elaborada. Hontana supo transmitir maravillosamente la cantabilità de los movimientos lentos y la contagiosa energía de los rápidos. La joven violinista, de aspecto frágil y tímido, parece transfigurarse cuando toca el violín de la misma manera que lo hacían los grandes virtuosos del siglo XVIII, según nos relatan algunas descripciones. Su Vivaldi, al cual sólo le falta pulir algunos pequeños detalles –y me consta que está en buenas manos para conseguirlo–, va camino de convertirse en referencial. La seguridad que transmite con el arco y el contraste entre vitalidad y lirismo convierten sus interpretaciones en un verdadero deleite.
El otro compositor de cabecera de OBNI es J.S. Bach, representado en el concierto por la primera de las Seis sonatas para violín y clave compuestas durante los años que pasó en la corte de Cöthen, en los que pudo escribir música instrumental a discreción. En estas sonatas el clave no se limita al relleno armónico y el apoyo rítmico del bajo continuo, sino que juega casi en pie de igualdad con el violín, con un acusado carácter contrapuntístico. En el concierto, OBNI añadió junto al clave el violone de Ismael Campanero, otorgando a la interpretación una sonoridad más robusta. De todos modos, el Bach de este grupo –seguramente por la personalidad de Hontana– no puede evitar tener un carácter más liviano de lo habitual, aligerando la música de ese talante excesivamente reverencial y solemne que transmiten muchas interpretaciones. El violín de Hontana, perfectamente secundado por Oyarzábal, navega en las procelosas aguas bachianas con aparente facilidad, dando una fluidez y continuidad al discurso realmente admirables. Además, la acústica de la pequeña Iglesia Alemana se adapta perfectamente a esta música.
Entre estas dos obras, Daniel Oyarzábal hizo –según propias palabras– la presentación en sociedad del clave que tocaba, un modelo franco-flamenco copia de un Ruckers construido en Barcelona por el polifacético Fabrizio Acanfora, propiedad del no menos poliédrico Ismael Campanero (al que auguro una futura carrera como director, y aclaro que esto es un vaticinio absolutamente personal). Para mostrar las virtudes del instrumento, y dar respiro a sus compañeros, Oyarzábal interpretó con su solvencia habitual una sonata de Domenico Scarlatti (el lector me disculpará que no consigne cuál de las 555).
Hace aproximadamente tres años, el violinista Théotime Langlois de Swarte y el laudista Thomas Dunford grabaron un extraordinario disco titulado The mad lover. En él se interpreta música instrumental inglesa del siglo XVII y, entre las numerosas gemas que contiene la grabación, destaca un aire que formaba parte de la música incidental que compuso John Eccles para una obra teatral cuyo título da nombre al disco. Tal y como nos anunció Campanero, esta música se desarrolla sobre un ground, nombre que se daba en Inglaterra a un ostinato que sirve de base a muchas obras de la época, siendo Purcell el mejor ejemplo de ello. Esta pieza es la que interpretaron Campanero y Oyarzábal y, tal como ocurrió en San Sebastián hace unos meses –entonces era David Palanca quien acompañaba al clave–, no deja de sorprenderme el fraseo tan dúctil que consigue Campanero en un instrumento tan voluminoso como su violone.
Como colofón al concierto, volvió el violín de Hontana para interpretar La crucifixión, décima de las célebres Sonatas del Rosario de Biber. Exponente máximo del llamado stylus phantasticus, esta música lleva al límite las posibilidades técnicas y expresivas del violín, dentro de una retórica en la que el virtuosismo se pone al servicio de un profundo mensaje espiritual. Hontana nos volvió a sorprender con su gama de recursos técnicos y su energía, sacando un sonido al violín que merecía, en este caso, una iglesia más amplia y con más reverberación.

Ante los aplausos de un público entendido y entregado, Hontana y Oyarzábal ofrecieron una emocionante lectura del largo del Concierto en si menor RV 389 de Vivaldi, logrando ambos intérpretes la misma sensación de tiempo suspendido que nos trasmitieron hace unos días en el Auditorio en otro memorable concierto.
“Musica laetitia comes medicina dolorum”, esta es la inscripción que figura en el mencionado clave de Campanero que tocó en el concierto Oyarzábal (por cierto, dos músicos que hacen del imposible don de la ubicuidad costumbre y rutina. Y, aunque dudo que lo vaya a leer, dedico este comentario al pianista Javier Perianes; él sabe por qué). “La música es compañera de la alegría y bálsamo contra el dolor”, la misma sentencia que figura en la espineta que toca la joven de La lección de música de Vermeer. Ojalá tengamos la oportunidad de encontrar la medicina de la música en este ciclo durante muchos años. ¡Larga y exitosa vida a La Stravaganza!.
Imanol Temprano Lecuona
(Fotos: Ramiro Morales e Imanol Temprano)


