MADRID / Notable ‘Séptima’ de Bruckner de Bihlmaier con la Orquesta Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 22-III-2024. Concierto sinfónico 16 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Directora: Anja Bihlmaier. Solista: Emily D’Angelo, mezzosoprano. Obras de A. Mahler (orq. de David y Colin Matthews) y Bruckner.
Interesante programa el que propone la Nacional para su decimosexta entrega del ciclo sinfónico. Puede considerarse encuadrada en uno de los hilos temáticos de la temporada, “Música poética”, la primera parte del concierto, dedicada a una selección de siete lieder de Alma Mahler, extraídos de las colecciones publicadas en 1910 y 1915, revisados y orquestados por los compositores Colin y David Matthews por encargo del Royal Concertgebouw de Ámsterdam, cuya orquesta, dirigida por Riccardo Chailly, con el concurso de la mezzo Iris Vermillion, los estrenó en 1996. Los lieder en cuestión son los siguientes: Die stille Sadt (La ciudad silenciosa), Laue Sommernacht (Tibia noche de verano), Licht in der Nacht (Luz en la noche), Waldseligkeit (Felicidad en el bosque), In meines Vaters Garten (En el jardín de mi padre), Bei dir ist es traut (Contigo se está bien), y Erntelied (Canción de cosecha).
La de Alma Mahler es música en la que rezuma, con lógica, la influencia de su maestro Zemlinsky, y dice bien Inés Mogollón en sus precisas notas cuando apunta a que el color orquestal conseguido por los Matthews acentúa el reverso oscuro, casi expresionista, de los poemas, y también está en lo cierto al apuntar que la orquestación de los Matthews acerca estas canciones, impregnadas a menudo de un lirismo con cierto componente de introspección y melancolía, al mundo de Mahler, y en concreto, para quien esto firma, al de La canción de la tierra: contingente orquestal importante, pero utilizado a menudo con una arquitectura casi camerística.
La solista de la ocasión era la joven mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 1994), muy premiada en Operalia en 2018 y flamante fichaje de Deutsche Grammophon en 2021. D’Angelo mostró desde el principio una voz bonita, que se movía sin problemas en la tesitura, bien matizada, pero parecía algo falta de presencia en las primeras canciones, especialmente en unos graves de no grande proyección. Daba la sensación de tener mejor intención expresiva que resultado, pero a partir de la tercera, Licht in der Nacht, la cosa cambió de manera notable. Ahí disfrutamos de una voz capaz de sutilezas exquisitas (el final delicadísimo de esa tercera canción, sobre las palabras “no oirás ya ninguna voz” consiguió crear un momento de alta temperatura emocional), algo que se repitió en la siguiente, Waldseligkeit. Las tres últimas, de dimensiones más extensas y ambiente más efusivo y luminoso, y especialmente la quinta, In meines Vaters Garten, y la última, Erntelied, permitieron disfrutar de lo mejor de D’Angelo, de importante poderío en la región aguda y decidido temperamento en la expresión.
Volvía al podio de la Nacional, por cuarta vez, la germana Anja Bihlmaier (Schwäbisch Gmünd, 1978), y confirmó, ya en estas canciones, lo que pudo apreciarse en presencias anteriores: muy buen sentido de la arquitectura y claridad de planos y, en estas canciones de Alma Mahler, cuidada paleta expresiva, que sacó excelente partido de esa orquestación mahleriana de los Matthews, proporcionando una atenta y precisa cobertura a D’Angelo. Respondió muy bien la orquesta, con destacables intervenciones de los solistas de oboe y corno inglés.
La segunda parte la ocupaba una de las mejores y más conocidas sinfonías de Bruckner, la Séptima. No repetiré aquí lo ya apuntado sobre la, en su momento, no fácil recepción de Bruckner en España, que repasé cuando a principios de este año el titular de la Nacional, David Afkham, puso en los atriles la Octava. Pueden leerlo aquí. Pero siempre es una gran satisfacción, cuando se han vivido tantas reticencias, ver cómo, gracias a Dios, el público disfruta ahora de esta música formidable.
Situarse en el pandemónium que es el mundo de la edición de las Sinfonías del compositor de Ansfelden es todo un reto, porque entre la manía revisionista de su autor y la intervención de terceros, la elección de qué partitura utilizar tiene su miga, y las diferencias entre las versiones son, con alguna frecuencia, más que notables. La Séptima pasó por los avatares correspondientes de muchas otras del ciclo, desde su primera edición en 1885, con la revisión por Haas en 1944 y la ulterior, bendecida por la Sociedad Internacional Bruckner, de Leopold Nowak en 1954, que es la más frecuentada en la actualidad y la que, con buen criterio, se empleó en el concierto.
La Séptima es un colosal edificio sinfónico, una monumental arquitectura cuyo primer movimiento tiene ya una coda que pone a prueba la capacidad de graduación de tensión de batutas y orquestas. Pero apunta también con acierto Mogollón en las notas cuando dice que es el Adagio el núcleo expresivo de la obra. Concebida como homenaje a Wagner, cuya muerte impregnó sin duda la escritura, entonces aún en curso, es difícil resistir la densa carga emotiva de una música que, transida de dolor, conmueve inmediatamente. Estos dos primeros movimientos demandan un espacio importante para que la expansión de la sonoridad permita que la profunda, densa expresión del discurso musical llegue con el impacto adecuado. Celibidache era, en este y otros muchos sentidos, único, y ensanchaba ese discurso con lentitudes tremendas, que si bien conseguían una singular elevación del espíritu, movían el discurso al borde mismo del abismo (abismo que otros, con menos habilidad, habrían alcanzado a buen seguro). No es menos cierto, sin embargo, que otros planteamientos más livianos, de tempi más aligerados, pueden ser perfectamente plausibles, y plantear un acercamiento más, si se quiere, pasional y decidido. La cosa se vuelve más luminosa, hasta festiva en los dos últimos tiempos (aunque hay quien, como Barbirolli, veía en el comienzo del Scherzo cierto tinte ominoso).

Bihlmaier optó por un planteamiento en esas coordenadas de mayor vivacidad. El allegro moderato se planteó más desde la perspectiva de la rapidez del allegro que del moderato, y el motivo ascendente inicial de los chelos (magníficamente expuesto, dicho sea de paso) tuvo más efusión (preciosa, sin duda) que trascendencia. El discurso estaba, como de costumbre en la maestra alemana (ciertamente una batuta con excelente oficio), muy bien construido, con arcos dinámicos bien trazados, conseguida claridad de texturas y fino trazo expresivo. Extrajo Bihlmaier una excelente sonoridad de la bien compactada cuerda de la Nacional, y respondieron también con bastante acierto, no empañado por algún roce esporádico en las trompas, los metales. Tomó Bihlmaier al pie de la letra la indicación molto animato, lo que intensificó el planteamiento inicial, pero consiguió detalles de gran belleza, como la excelente presencia de los segundos violines poco después de esa indicación de tempo. La monumental coda del primer movimiento se hubiera beneficiado, en cuanto a la tensión y a la solemnidad, de esa línea expansiva antes mencionada, pero estuvo muy bien armada (pudo haber sido tal vez más fino el pp inicial), con un crescendo de impecable trazo, admirablemente coronado.
En la misma línea, el tempo elegido para el adagio se inclinó hacia la ligereza, y el trágico motivo inicial, que mira indudablemente al Wagner moribundo que estaba en ese momento en la mente de Bruckner, quedó muy bien trazado por la cuerda, pero algo corto en cuanto a la densidad doliente y la solemnidad que indudablemente contiene (además de la indicación genérica Adagio, conviene recordar que Bruckner prescribe Sehr feierlich und sehr langsam, muy solemne y muy lento; ambos “muy” parecieron un tanto limados). El pasaje marcado moderato adquirió, en lógica coherencia, un carácter más luminoso, un punto desenfadado. El arco que nos lleva al gran clímax de este movimiento, con sus platillos y triángulo, estuvo nuevamente muy bien dibujado y alcanzó buena temperatura emocional, aunque, como ya se ha señalado, esta hubiera sido mayor con más espacio para esa expansión de la sonoridad y de la densidad expresiva que contiene. Excelente respuesta orquestal, especialmente de la cuerda, con solo algún momento de las tubas wagnerianas y las trompas que podría haber sido algo más preciso.
Los dos últimos tiempos de la sinfonía se plantearon desde el podio con decidida vivacidad en los tempi, en realidad en una línea coherente con lo escuchado hasta entonces. Es bien cierto, sin embargo, que la música de esos dos movimientos tiene un carácter más festivo y, por ello, asume con más facilidad el planteamiento (en el caso del último, quizá algo menos, porque la indicación de Bruckner parece encaminada a prevenir un exceso de velocidad que casi anticipa tentador: rápido, pero no demasiado). Quedó así vivo, enérgico el Scherzo, en el que Bihlmaier controló bastante bien cierta tendencia al exceso por parte de los metales, y decidido y festivo el movimiento final, con una coda nuevamente muy bien elaborada. Se puede preferir ese punto más de solemnidad, pero la intensidad conseguida por Bihlmaier fue más que notable.
Interpretación, en fin, de más ligera vivacidad que gran densidad en los dos primeros tiempos, con buena vitalidad y energía en los dos últimos, pero siempre bien trazada, construida y con impecable trazo expresivo. Sonoridad brillante (sin excesos), de nítidas texturas, y bien cohesionada respuesta orquestal. Bihlmaier tiene, o al menos eso parece desde fuera, un muy buen entendimiento con la orquesta, que aplaudió con entusiasmo su trabajo. El reto no era fácil, y bien puede decirse que el resultado fue notable.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


