MADRID / Musas y heroínas barrocas y contemporáneas. Gran concierto de Marsyas Baroque

Madrid. Auditorio Nacional. 14-I-2026. Marsyas Baroque. Musas y heroínas: Obras de A. Bellino, M. Blavet, A. Bon di Venezia, W.v. Bayreuth, J.v. Eyck, É. Jacquet de la Gierre, I. Leonarda, M. Marais, Mrs. Philarmonica, C.F. Rusca, G.P. Telemann y A. Vivaldi
Marsyas Baroque —no confundir con el Ensemble Marsyas— es un cuarteto femenino historicista que apareció en el panorama musical europeo en 2018. Está integrado por cuatro jóvenes intérpretes, dos españolas (María Carrasco Gil, violín, y Sara Johnson Huidobro, clave) y dos alemanas (Paula Pinn, flauta, y Konstanze Waidosch, violonchelo) y desde entonces tanto sus interpretaciones en concierto, que se han sucedido por media Europa, cuanto el único disco que hasta ahora han grabado no han cesado de cosechar elogios y parabienes confirmando su espléndido presente y augurándole un brillante porvenir. Anoche hizo su presentación en el ciclo Universo Barroco del CNDM y el público madrileño —quizá algunos presenciaron sus intervenciones hace un par de veranos en Guadarrama y Soto del Real— pudo descubrir a un grupo de muy elevada calidad cuyo nombre, sin duda, no podrá olvidar.
Jugaba el programa con dos elementos: el mito de la competición musical entre Apolo y el sátiro que da nombre al grupo -eludiendo el trágico y crudelísimo castigo infligido por el dios a Marsias- y el elemento femenino y feminista. Una simbólica luz de tono morado dominó la escena durante todo el concierto y el repertorio —englobado bajo el título genérico de Musas y heroínas— estuvo integrado por obras barrocas compuestas por mujeres o que de una forma u otra aludían a ellas. Algo hace unas décadas impensable y que hoy, aunque todavía minoritario, ya no es excepcional. Estaban allí la virtuosa y, aunque no huérfana, alumna del Ospedale della Pietà Anna Bon di Venezia; la aristócrata dilettante Wilhemina de Bayreuth, hermana de Federico el Grande y esposa del margrave de Brandemburgo-Bayreuth; la célebre clavecinista francesa, sorprendente desde niña, Élisabeth Jacquet de la Guerre; la enigmática inglesa —o inglés, que todo podría ser— Mrs. Philarmonica; la monja ursulina, noble y en algunos aspectos pionera Isabella Leonarda; la también monja, organista y cantante Claudia Francesca Rusca… En cuanto a los compositores varones, de Telemann, por ejemplo, se ofreció una Sonata en trío cuyos movimientos están íntegramente dedicados a mujeres de la antigüedad, históricas o mitológicas. Rameau apareció con un movimiento dedicado a las musas. Y la inclusión de Vivaldi se justificaba por su dedicación a la enseñanza musical de las huérfanas del Ospedale della Pietà. Sus obras, completas o fragmentadas, mantuvieron la distribución original o fueron presentadas en muy plausibles arreglos, condicionados, naturalmente, por la presencia de la flauta dulce como uno de los instrumentos agudos del conjunto. Señalamos, por otra parte, la inclusión de una obra contemporánea, de Alessandra Bellino y titulada precisamente Marsyas. Homenaje a Luigi Dallapiccola —el momento más trágico del concierto—, que testimonió el compromiso del grupo con el presente y sus permanentes planteamientos de vincular el ayer y el hoy. La compositora, por cierto, se encontraba presente en la sala y recibió personalmente el aplauso del público.

Fue, en conjunto, un hermoso programa que se ofreció, esto es lo importante, en sobresalientes lecturas. Si hay dos características que definen a Marsyas Baroque son el muy elevado nivel técnico de sus cuatro componentes y su perfecta compenetración, a lo que hay que añadir musicalidad a raudales, ornamentaciones brillantes y una estimulante frescura en sus interpretaciones. La flautista Paula Pinn hizo gala de una gran versatilidad, jugó con los distintos timbres posibles de su instrumentos —empleó seis flautas distintas—, nos hizo saborear los deliciosos aromas populares del carillonero ciego de Utrecht Jakob van Eyck —que se enlazaron con la canzon de Rusca y la Sonata de Leonarda— y brilló particularmente en los fragmentos tardobarrocos, el Vivaldi del que luego hablaremos, y la Sonata de Guillermina de Bayreuth, que interpetó con el único acompañamiento del clave de Sara Johnson Huidobro, quien, por su parte, prestó su casi permanente presencia en el bajo continuo con habilidad y discreción —tal vez poco audible en algunos momentos— y mostró un fraseo elegante y sensible en el Preludio de Jacquet de la Guerre que interpretó como solista. El violín de María Carrasco compartió voz aguda con la flauta, compenetrándose magníficamente y sin que sobresaliera ninguno sobre el otro. La violinista ofreció momentos elevadamente poéticos al lado de agilidades vertiginosas y atrevidas ornamentaciones que, no obstante, siempre llevaron el sello de un gusto exquisito.
No pude evitarlo. La presencia en escena de la excepcional violonchelista Konstanze Waidosch me evocaba imágenes pictóricas del pasado, oscilando entre el Retrato de Florence Hooton, de Wilfred de Glehn, y Henriette de Francia tocando la viola da gamba, de Jean-Marc Nattier. Conjugó su admirable virtuosismo con momentos de enorme delicadeza -un tierno pizzicato en un movimiento de la sonata de Telemann puede servir de ejemplo-. Dejó momentos de llamativa destreza técnica, como cuando abandonó la forma de empuñar el arco propia del violonchelo para adoptar la de la viola da gamba —de ahí mi evocación del retrato de Nattier— en los muy hermosos fragmentos de Marin Marais. Y, sobre todo, estuvo pendiente de todo y de todas, cuidando hasta los detalles más nimios y asumiendo, de hecho, la dirección del grupo.

Terminó el recital con una vibrate lectura del Concierto de cámara RV 92 de Vivaldi, en el que las cuatro intérpretes dejaron boquiabierto al público con su pasmosa brillantez y maestría técnica en los movimientos rápidos —en la Sonata de Mrs. Philarmonica, por el contrario, destacaron más en los afectuosos movimientos lentos—. Quedaba, finalmente, el delicioso y juguetón Ballo detto Pollicio, de Tarquinio Merula, que, ofrecido como bis, reprodujo más intensamente, si cabe, la ovación que había rubricado su actuación.
Dos observaciones más para concluir este comentario. A pesar de estar en plena época de gripes y catarros, ni una sola tos se oyó a lo largo del concierto. Ese respetuosísimo público también merece un caluroso aplauso. Por último, hago notar que el concierto fue grabado por las cámaras de TVE. Harán bien en estar pendientes de la programación para volver a ver o, en su caso, descubrir este magnífico espectáculo ofrecido por las cuatro jóvenes componentes de Marsyas Baroque.
Manuel M. Martín Galán
(fotos: Elvira Megías)


