MADRID / Dulzura sin empalagos de la Accademia del piacere

Madrid. Auditorio Nacional. 6-V-2026. Michal Shade, tenor. Accademia del Piacere. Fahmi Alqhai, dir. La tradición de la canción barroca inglesa. Música de John Dowland y Henry Purcell.
La Accademia del piacere, que dirige el violagambista Fahmi Alqhai es, como sabemos, una formación que rehuye el encasillamiento y la monotonía. Exhibiendo en todas sus actuaciones una extraordinaria destreza técnica, una de sus señas de identidad, como se sabe, es la exploración de nuevas vías en la interpretación de la música antigua y la fusión estilística y cultural, arriesgando a veces hasta el límite. Pero no olvida los fundamentos y la ortodoxia, siempre con una reconfortante intensidad expresiva y sin renunciar —ni falta que hace— a su falta de convencionalismo. Entonces puede producirse el milagro. Como ocurrió en la sala de cámara del Auditorio Nacional, una hermosa tarde primaveral, en la presentación de su programa Sweeter than roses. Dulzura, sí, pero sin empalagar.
La tradición de la canción barroca inglesa, rezaba el subtítulo del concierto. O John Dowland y Henry Purcell. Misma tradición, dos momentos cronológicos, dos estilos. Dowland, viajero, pero con la mente puesta siempre en Londres, donde terminaría sirviendo a Jacobo I, es el compositor intimista, doméstico, del susurro y la melancolía —como expresión de una elevada sensibilidad y un ideal estético, sin descartar la relación con su depresiva personalidad—; con él la fusión de voz y laúd alcanzó los más altos grados de perfección. A él se dedicó, grosso modo, la primera parte del concierto, comenzado con el emblemático “Semper Dowland, semper dolens” y alternando piezas vocales con instrumentales, interpretadas, preferente, pero no exclusivamente, con la formación de consort de violas —para el que el propio Dowland ofreció composiciones excelsas— adoptada por la Accademia del piacere.
Henry Purcell, por el contrario, aunque cultivó también la canción intimista, fue más hombre de taberna y, sobre todo teatral. Se movió en el entorno de la corte, pero su música está más orientada hacia el exterior, hacia el público en una época, la Restauración, en que tras el puritanismo de la etapa cromwelliana y con el ejemplo francés admirado y asumido durante el exilio real, la música y los espectáculos recuperaron el primer plano con la intensidad de una reconquista ampliamente deseada. Se extrajeron fragmentos de cuatro de sus obras de teatro, una de sus Odas para el día de Santa Cecilia y otro fragmento instrumental.

Gran protagonista de la velada fue el tenor Michael Schade. Tiene tras sí una larga trayectoria escénica alejada de la música antigua, pero nunca la ha perdido de vista del todo, si tenemos en cuenta que, por ejemplo, participó en interpretaciones y grabaciones dirigidas por Nikolaus Harnoncourt —con no malas críticas— y últimamente está implicado en ella más intensamente, ya que desde hace más de diez años —desde 2013, exactamente, es Director Artístico de las Jornadas Internacionales del Barroco de Stift Melk, en Austria—. Su trayectoria operística le otorga un envidiable dominio escénico y una enorme capacidad de interpretación, de los que hizo gala —¿excesivamente en algún momento?— a lo largo de toda la velada. Su voz, a estas alturas, es más abaritonada que propiamente tenoril, pero posee una tremenda flexibilidad, matiza y colorea distintamente y con sensibilidad cada frase, y es, igualmente, muy expresivo. No estuvo preso de la tablet en ningún momento, lo que le daba mayor agilidad y, en definitiva, comunicó y conectó con el público.
Estuvo magníficamente soportado por la Accademia del Piacere, con Fahmi Alqhai, que en este caso tocaba un quintón —ya saben, la más aguda de la familia de las violas de gamba—, pendiente de todos los detalles. Siempre estuvieron al servicio de la voz, ya fuera con la sencillez y poética delicadeza del archilaúd de Carles Blanch o con el consort al completo. Y tuvieron ocasión de brillar con sus mejores virtudes en las piezas instrumentales. Bellísimos fueron, por ejemplo, los diálogos quintón-viola de gamba de los dos Alqahi, la firme y hermosa intervención de Javier Núñez con el clave —empleó, sobre todo en Dowland, preferentemente el órgano— en el Largo de la ocasional suite instrumental de The Fairy Queen. Johanna Rose dejó nuevamente constancia de su eficiencia y elegancia con la viola de gamba tenor y todos tuvieron sus mejores momentos, plenos de intensidad, color y ritmo en las dos chaconas purcellianas.

La emblemática Strike te viol, convertida en danza, cerraba el concierto que, no obstante, reservaba todavía un hermoso apéndice. Porque tras una breve alocución de Shade recordando cómo, a pesar de la dureza y conflictividad de aquellos tiempos, escritores y músicos seguían cultivando la más exquisita poesía y expresándose con una sensibilidad sin igual, abordó como bis Have you seen but a white lily grow con letra de W. Shakespeare —“¿Has visto crecer un lirio blanco antes de que rudas manos lo tocaran?…”— y música de Robert Johnson (h.1583-1633) poniendo un delicioso final a un concierto que no se olvidará fácilmente
Manuel M. Martín Galán
(fotos: Elvira Megías)


