MADRID / Mauricio Sotelo: ‘nel mezzo del camin’

MADRID / Mauricio Sotelo: ‘nel mezzo del camin’

Madrid. Auditorio 400 (Centro de Arte Reina Sofía). 10-V-2021. Series 20/21 del CNDM. Arcángel, cantaor. Juan Carlos Garvayo, piano. Pablo Martín Caminero, contrabajo. Agustín Diassera, percusión. Dirección, recitado y gong: Mauricio Sotelo. Sotelo, A mitad del camino de la vida.

Un estreno musical absoluto es siempre algo digno de ser oído; y visto, si al caso viene. Máxime si trata en torno a una obra maestra de la literatura universal como la Divina comedia de Dante; y, además, viene avalado por el nombre de un compositor de la seriedad, la preparación, el conocimiento y la sagacidad de Mauricio Sotelo, que aquí, como en tantos otros casos, se entrega sin rebozo, como eje central de la partitura, a su querido dominio del cante jondo. Extraña habilidad la suya, desde luego, para tejer una habilísima tela que penetra, que envuelve y que da carácter a la curiosa partitura.

Sotelo domina y conoce evidentemente otras técnicas y juega con otros canales de inspiración para que, en su conjunto, ese universo de los palos más característicos del flamenco acaben amalgamándose y relacionándose con otro tipo de estéticas, siempre a base de combinar, entretejer, sugerir y crear una poderosa atmósfera de la que emerge de cuando en cuando la aguda y bien templada voz del cantaor Arcángel, que domina por derecho la seguiriya, la bulería, las soleares y las alegrías, por citar únicamente cuatro de las añejas formas de tan rico hontanar.

Así, sin darnos cuenta, y aunque en principio toda esa música la veamos alejada de un mundo, una esfera y un ambiente de origen literario tan enjundiosos como los tratados por Dante en su Comedia, vamos entrando en la trampa –y trama- sonora preparada por el fantasioso músico madrileño en la que son protagonistas los efectos electrónicos, siempre muy bien planificados y conectados con el flujo general por Fernando Villanueva y Julián Ávila, que inauguran la composición con encantadores sonidos venidos del más allá y que poco a poco van variando y creciendo, en todo momento presos del discurso ‘dantesco’ y llevándonos sin remedio a un viaje verdaderamente espectral en el que aquí y allí vamos escuchando, no siempre con claridad y en la voz de Sotelo, retazos del texto poético, que se nimba así de muy excitantes efluvios.

Hay momentos en los que aparecen estilemas propios del jazz, sobre todo en el instrumento del especialista Martín Caminero, tan diestro en el pizzicato, que combina a las mil maravillas con el eléctrico piano de Garvayo, prolijo en acordes súbitos, en escalas prodigiosas, en trémolos llenos de misterio. Las disonancias van situándose estratégicamente en un curioso lenguaje atonal bien controlado y que se ve alimentado permanentemente desde abajo por los variados instrumentos de percusión impecablemente manejados por Diassera y entre los que divisamos la caja, los bongós, el pandero, el gong o el cajón –golpeado también en ocasiones por los otros músicos-, que no dan casi nunca cuartel.

Aquí y allí, en medio del trasiego y entre los chisporroteos de la electrónica, advertimos curiosos aires de danza, pasajes extrañamente luminosos sobre los que se encarama sin esfuerzo la penetrante voz del cantaor y que dejan oír aires angélicos. Música pesante mientras el recitador desgrana el texto: “una palabra golpeó mi mente…”. Y, a la postre: “la fuerza del amor que mueve al sol”, que nos lleva a un tutti resplandeciente y a un cierre por todo lo alto.

Música muy bien estudiada, climática, que quizá en algún momento puede hacerse repetitiva y con efectos en exceso persistentes y que parece alejada de la entraña poética, pero música bien armada, urdida y diseñada; con espíritu y fantasía, de la que no en todo instante es posible seguir el discurso literario, pero que una vez se entra en su radio de acción acaba por captar la atención. Muchos aplausos para todos en especial para el ceremonioso compositor, que al comienzo del acto mantuvo una culta conversación, en busca de las claves de la obra literaria, con el último traductor de la misma al castellano, José María Micó.