MADRID / María Bayo y ‘El anacronópete’

MADRID / María Bayo y ‘El anacronópete’

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 27-IX-2020. María Bayo, soprano. Vespres d’Arnadí. Director: Dani Espasa. Obras de Perti, Lotti, Rincón de Astorga, Pergolesi, Durante, Durón, Facco, Nebra, Vivaldi, A. Scarlatti, Haendel, Hasse y Martín y Soler.

El literato madrileño Enrique Gaspar y Rimbau publicó en 1887 la novela de ciencia ficción, en formato de zarzuela, El anacronópete, que narra la historia de una enorme caja de hierro fundido que navega por el espacio gracias a la electricidad, que se mueve por medio de cuatro enormes cucharas mecánicas y que tiene la facultad de viajar en el tiempo. Gaspar se adelantó en ocho años a H.G. Wells, que editó en 1895 su famosa La máquina del tiempo.

De no ser porque ayer en el Teatro de la Zarzuela, en el concierto inaugural de la temporada 20-21, había dispensadores de hidrogel para prevenir el contagio de la Covid-19 en lugar del “fluido García” (un líquido que ingerían los pasajeros de El anacronópete para impedir rejuvenecer cuando viajaban hacia atrás en el tiempo), juraría que me había embarcado en El anacronópete y que había retrocedido cuatro décadas, a principios de los años 80, cuando las interpretaciones historicistas de la música barroca estaban en pleno proceso de investigación y se parecían bien poco, o más bien nada, a lo que conocemos hoy.

María Bayo fue una soprano de indudable éxito en aquellos años. Intervino en numerosas producciones operísticas y en un buen número de grabaciones discográficas, tanto barrocas como clasicistas (Mozart y Rossini fueron su especialidad). El problema es que sigue cantando como hace cuarenta años, ajena a todos los avances que ha experimentado el lenguaje barroco desde entonces. Si a cualquier oyente ducho de aquellos años le rechinaban las versiones de arias barrocas que hacía, por ejemplo, Nella Anfuso, a cualquier oyente ducho de nuestros días le rechinarán las versiones de arias barrocas que hace María Bayo. En detrimento de Bayo habrá que decir que Anfuso nunca dispuso de una orquesta tan buena como Vespres d’Arnadí, que poco pudo hacer aquí, pese a su ahínco y entusiasmo, por evitar el naufragio.

El programa a priori resultaba interesante por lo infrecuente de las arias elegidas. Pero a medida que la soprano navarra fue perpetrando el recital, cualquier interés se desvaneció. Si elaboramos una lista con las cien mil mejores arias barrocas, les puedo garantizar que ninguna de las que constituían el programa figuraría en esa lista. La cosa, además, tenía trampa: arias relativamente sencillas, sin grandes exigencias en cuando a agilidades o coloratura. Una corrida de pitones recortados, a qué engañarnos. Pero ni siquiera eso fue aprovechado por la protagonista, perdida en un mar de bufidos y sobreagudos insondables, e incapaz de transmitir la más mínima emoción a quienes no fueran fanes suyos (que los hubo, y en no poca cantidad, a tenor de los bravos que se escucharon al acabar el concierto). Hace cuatro años, Bayo participó, en este mismo escenario, en la zarzuela de Nebra Iphigenia en Tracia. Para quien esto escribe, aquel fue un espectáculo inolvidable, porque rara vez ha tenido la oportunidad de escuchar algo tan rematadamente mal hecho. Pensé que lo de esa aciaga noche fue un mal momento en la trayectoria artística de Bayo, pero me temo que, lamentablemente, mi conclusión fue precipitada y que no se trató de un hecho aislado.

Vespres d’Arnadí, dirigida desde el clave por Dani Espasa, intentó salvar los muebles como buenamente pudo. Incluso brilló, como cabía esperar, en los interludios instrumentales (un concierto a cuatro de Francesco Durante, la obertura de L’Olimpiade de Antonio Vivaldi y una pequeña selección de bailes de la Agrippina haendeliana). Pero el dislate vocal de la soprano acabó, como un tsunami, arrollando todo cuando encontró a su paso. Tampoco contribuyó a hacer más llevadera la situación ese formado de ‘lata de sardinas’ con el que los programadores españoles se empeñan en convertir las orquestas historicistas (las de aquí, claro, no las que vienen de fuera) para abaratar costes: dos violines (con Sylvan James, que siempre es una garantía), una viola y un competente bajo continuo formado por el Oriol Aymat (violonchelo), Mario Lisarde (contrabajo) y Rafael Bonavita (tiorba y guitarra), además del propio Espasa.

La gente quiere, y necesita, música en estos tiempos de pandemia, y seguramente no pocos de los asistentes al concierto disfrutarían con lo que escucharon. Pero flaco favor le estaría haciendo yo a quienes se dedican a hacer música antigua en España si no contara lo que cuento aquí. Y es que hoy, por suerte, ya no vale todo.