MADRID / Maestros y profesores

MADRID / Maestros y profesores

Madrid. Auditorio NacionaL. 19-XI-2019. Ciclo La Filarmónica. Karl-Heins Steffens, clarinete. Vida Miknevicute, Mikaela Zajmi, Ales Brisein, Edgars Osleja. Orfeón Donostiarra. Orquesta de la Ópera de Praga. Director: Karl-Heins Steffens. Obras de Mozart y Beethoven.

A menudo elogiamos una interpretación como magistral. Se trata de obras conocidas hasta el límite de lo familiar. Son parte de nuestra historia sentimental y conforman nuestra educación de melófilos. Más aún: de melómanos, apasionados por el arte del sonido. Lo magistral es propio de ciertas versiones que tienen el sabor del descubrimiento, la felicidad de oírlas por primera vez aunque sea la enésima ocasión.

Esta es la impresión que produjo Steffens como solistas y conductor en el Concierto para clarinete y orquesta de Mozart. Una tersura de las cuerdas flotó con fluidez inaudita cantando a Mozart, en tanto el clarinete lució una suntuosa riqueza de registros, de fraseos y coloraturas. Estábamos ante un maestro, con una maestría que llegaba a través de los siglos.

Otra cosa ocurrió con la Novena sinfonía de Beethoven. La orquesta se empobreció, de modo que los tutti sonaron escuetos, como un concierto de violines y cobres, cuerdas restantes más débiles, maderas discretas y un timbalero que actuó de solista, a veces secundado por la caja y los platillos. Steffens se produjo como un profesor concertante, un lector desatento que se quedó fuera de la partitura, sin explorar sus contrastes, ausente de la narración y poniendo al descubierto las costuras del conjunto. El discurso fue de un mecanismo monótono, de muñequitos a resorte. El canto quedó para mejor ocasión. Esta obra beethoveniana es problemática. Sus movimientos centrales están estrictamente desarrollados como scherzo  y cantable. El primero y el cuarto son de difícil estructura y suelen caer en la desprolijidad. Hay que explorar sus rincones, sus climas y contrastes. De lo contrario, no hay tapiz sino cañamazo al aire. El Orfeón Donostiarra no tuvo más remedio que manifestarse como siempre: imponente, monumental, avasallador. Se le obligó a vacilar entre los bohemios zarzueleros de Vives y el himno de la Legión, pero acabó convenciendo por su magna presencia. Discretos y formales, los solistas del cuarteto vocal.