MADRID / Los viejos rockeros nunca mueren

MADRID / Los viejos rockeros nunca mueren

Madrid. Fundación Juan March. 29-II-2020. Hopkinson Smith, laúd renacentista. Obras de Holborne, Johnson, Dowland y Huwet.

Pocas figuras hay en el mundo de la música antigua tan admiradas, respetadas y queridas como Hopkinson Smith (Nueva York, 1946). Y no solo en su faceta de intérprete y de investigador en el inagotable repertorio de la cuerda pulsada del Renacimiento y del Barroco, sino en la de docente. Por su cátedra de Basilea (ciudad en la que reside desde hace décadas; de hecho, posee la nacionalidad helvética) han pasado prácticamente todos los grandes especialistas en cuerda pulsada de nuestros días. Y todos se deshacen en elogios hacia él, por sus conocimientos inabarcables y por su manera de ser.

Escuchar en directo a Hopkinson Smith en un lujo, pues no se prodiga últimamente en España. De ahí, la enorme expectación que despertó su concierto matinal sabatino en la Fundación Juan March, hasta el punto de que hubo que habilitar sillas sobre el escenario, detrás del músico, para dar cabida a quienes por nada querían perderse este recital. Y Smith no defraudó, a pesar de los problemas que presenta un instrumento tan inestable como el laúd renacentista (en este caso, un laúd ocho órdenes construido por Joel van Lennep en New Hampshire en 1974). Smith tuvo que estar permanentemente afinando, incluso entre pieza y pieza. Por si alguien no estaba habituado a ello, contó con toda la naturalidad posible (y en un español casi perfecto), una anécdota: “Hay un chiste del siglo XVIII que dice que, si un laudista es capaz de llegar a la edad de 80 años, se habrá pasado al menos 50 años afinando. Yo ya he superado la barrera de los 70 y me temo que conmigo se va a cumplir la norma”.

El programa giraba en torno a la inmensa figura de John Dowland, al que su mentor, el landgrave Mortiz von Hessen-Kassel (ilustrado y laudista diletante de considerable talento), no dudó en rebautizar como el “Orfeo inglés”. Smith dividió el programa en seis bloques, los dos primeros dedicados a Anthony Holborne (con una incursión por el otro gran laudista del periodo isabelino, John Johnson). No incluyó Smith esos ‘grandes éxitos’ del repertorio dowlandiano, pero si piezas de gran belleza, como Mr. Dowland’s Midnight, y algunas otras chispeantes, como Lady Clifton’s Spirit. Casi todas, de enorme complejidad, que el intérprete supo superar gracias a su técnica, su experiencia y, sobre todo, su exquisita fineza.