MADRID / Los Suzuki y el Bach Collegium Japan: un Mozart impecable para Ibermúsica

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 22-I-2025. Ibermúsica 24/25. Bach Collegium Japan. Directores: Masaaki Suzuki y Masato Suzuki (*). Solistas: Carolyn Sampson, soprano; Marianne Beate Kielland, mezzo. Shimon Yoshida, tenor. Dominik Wörner, bajo-barítono. W. A. Mozart: Sinfonía nº 40 en Sol menor K 550 (*). Requiem en Re menor K. 626 (ed. completada por Masato Suzuki). Ave Verum Corpus K 618 (*).
Precioso programa el planteado por el Bach Collegium Japan (BCJ en adelante, para abreviar) para su nueva visita a Ibermúsica, dedicado al último Mozart, en concreto a tres obras de sus tres últimos años de vida: la Sinfonía nº 40 (1788), el breve motete Ave Verum Corpus (junio de 1791) y el archiconocido y bien rodeado de mito (como muy bien apunta Miguel Ángel Marín en sus precisas notas al programa) Requiem, que como saben hasta los más remotos habitantes del planeta, quedó incompleto a la muerte del compositor, en diciembre de 1791. Como también es sabido, han sido numerosas las ediciones que completan la obra (cerca de 20 sin contar los intentos parciales), y el BCJ nos trae la de Masato Suzuki (1981), hijo del fundador del BCJ, Masaaki Suzuki (1954). El concierto se planteaba de forma peculiar, porque la dirección estaba repartida entre Suzuki padre (encargado del Requiem en la edición del hijo), y Suzuki hijo (Sinfonía nº 40 y Ave verum). Solo queda añadir que tanto Masato como los cuatro solistas vocales debutaban en la serie de Ibermúsica.
En lo referente al Requiem, señala con acierto el precitado Marín que “es seguramente en la relación entre música y texto donde la mayoría de los aficionados encuentran de forma más nítida la grandeza de esta obra”, apuntando que “Mozart sacó a relucir en el Réquiem su refinado olfato operístico para traducir en imágenes sonoras el sentido dramático que el texto latino quería transmitir a los fieles”, algo con lo que parece obligado coincidir. La obra se ha convertido en la misa de difuntos más popular por algo, y lo destacado por Marín tiene sin duda mucho que ver en el asunto.
La edición del Requiem, realizada por Masato y editada por Schott, fue registrada en disco (sello BIS) en 2013 por estos mismos intérpretes (con apenas un par de cambios en el cuarteto solista), poco después de su escritura inicial (aunque más tarde la revisó en 2017). Conviene tener en cuenta lo más destacado que el propio Masato señala sobre dicha edición. En primer término, no hace cambios al manuscrito de Mozart (aunque es difícil asegurar exactamente todo, Masato ha seguido aquí las directrices de Christoph Wolff, una autoridad evidente en la materia). En segundo lugar, introduce mínimas modificaciones respecto a las adiciones realizadas por Süssmayr, el discípulo de Mozart cuya edición de la obra sigue siendo hoy, creo que con buena razón, la más popular. En tercer lugar, acogerse a los añadidos realizados por Joseph Eybler (1765-1846) para los primeros cinco movimientos de la Sequentia (del Dies Irae al Confuntatis). En cuarto lugar, la adición de una fuga (compuesta por Suzuki) sobre el Amén al final del Lacrimosa, basada en el boceto descubierto en 1960 en Berlín, aunque, como el propio Suzuki señala, no está del todo claro que ese boceto de fuga estuviera concebido para el Requiem (Robbins Landon cree que ese Amen estaba pretendido para otra misa inconclusa, y quien esto firma tiene sus dudas sobre la adecuación de esta fuga sobre el Amén, no tanto por el intento bien realizado por Masato de completarla, sino porque no se me antoja que su dibujo case bien con el carácter sobrecogedoramente doliente de lo que precede). En todo caso, siempre es interesante su escucha. Suzuki ha hecho, además, pequeñas modificaciones a la orquestación de Sanctus, Benedictus, Agnus y Lux Aeterna.

En cuanto al Ave Verum, solo cabe decir que es difícil, muy difícil, imaginar una música que condense, en apenas 46 compases, más sencilla y emotiva devoción, más belleza en una ternura sentida y humilde. Es una miniatura sencillamente maravillosa. Por su parte, la muy conocida Sinfonía nº 40 comparte tonalidad (sol menor) con la más agitada y dramática nº 25 K 183 (muy familiar para los aficionados porque era la vibrante introducción de la película Amadeus), pero quien esto firma tiene la sensación de que suele llegarnos en interpretaciones menos dadas a resaltar el lado dramático que tiene, aunque más camuflado (especialmente en lo referente al primer movimiento) tras una supuesta amabilidad.
La interpretación de esta obra la planteó Masato Suzuki con un orgánico de cuerda de 6/6/4/3/2 (que se mantendría idéntico en el resto del concierto), más los vientos prescritos (flauta, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots y 2 trompas). El director japonés, de gesto e intención clara, se mostró siempre musical y ofreció una interpretación de plausible pero no arrebatada vibración, con contrastes correctamente planteados pero sin incisión especial, respetando la totalidad de las repeticiones (incluidas las de las segundas partes de los movimientos primero, segundo y cuarto, y también las del Minueto en el da capo tras el trio), y con impecables construcciones de los desarrollos en los citados movimientos, todos ellos en forma sonata. Los tempi parecieron también plausibles, pero la muy notable interpretación del japonés quedó dentro de coordenadas muy comme il faut, más apolíneas que dramáticas, sin esas sacudidas tan especiales que planteaban el añorado Harnoncourt (que ofreció la obra en este ciclo en 2001) o el irresistible Currentzis, que firmó una interpretación de altísimo voltaje, también para Ibermúsica, en 2021, en el primer concierto sinfónico de este ciclo celebrado tras el cierre pandémico. Respondió con buen empaste y bonita sonoridad el BCJ, que contaba en sus filas ayer con dos españoles: Emilio Moreno (viola) y Raquel Martorell (flauta). Cuerda de impecable empaste y suficiente presencia y vientos de prestación en general excelente (flauta, fagots, clarinetes y trompas), aunque la pareja de oboes tuvo algún desliz en la repetición de la segunda parte del Andante.
Tras el descanso, el veterano Suzuki planteó una interpretación del Requiem, en la edición realizada por su hijo, que se movió también en coordenadas de impecable corrección musical, contrastada, expresiva y de suficiente vibración en los números más dramáticos (Introito, Dies irae, Confuntatis), pero también con grandeza (Rex tremendae) y evidente emoción (Lacrimosa, con las dudas personales ya expresadas respecto a la adecuación de la fuga sobre el Amen respecto a lo que precede). Hubo también solemnidad (Sanctus) y sencilla pero sentida devoción (Recordare, Benedictus, Agnus Dei).

Como antes su hijo en la sinfonía, los tempi se antojaron bien ajustados a indicaciones (cuando las hay, que no es siempre ni mucho menos) y carácter. Contó con un coro de 20 voces estupendas y colocadas de forma curiosa en una sola fila: sopranos y contraltos en los dos extremos, y bajos y tenores en el centro, los primeros justo a la derecha de las contraltos. Respondió también muy bien la orquesta, con una sobresaliente solista de trombón en el Tuba mirum y unos muy notables corni di bassetto, pero lo más destacable fue justamente el coro, de espléndida agilidad en la articulación, perfecto empaste y estupenda matización, atento siempre a las precisas indicaciones del maestro japonés. Se llevó, con toda justicia, las mayores ovaciones. Correcto, sin deslumbrar, un cuarteto solista en el que destacaron la bonita y bien conocida voz de Carolyn Sampson y la notable de la mezzo noruega Marianne Beate Kieland, que contaba con el instrumento vocal probablemente de mayor entidad en el cuarteto. Aceptables, pero sin especial atractivo, el tenor Yoshida y el bajo Wörner. Una interpretación excelente, sin duda, aunque lejos de la tremenda intensidad que Currentzis consiguió en su demoledora e inolvidable interpretación, el pasado año, en el ciclo de La Filarmónica.
Reapareció Masato para la interpretación del muy breve Ave Verum, y aquí el coro lució toda su grandísima capacidad de expresión, para conseguir el momento, creo, de mayor emoción de la velada en esta bellísima y breve pieza. Lástima que el impaciente de turno rompiera la magia extática del final con el aplauso inoportunamente precipitado. Una sobresaliente velada mozartiana de este estupendo conjunto japonés y sus dos excelentes maestros.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


