MADRID/ Los Elementos brindan un Haendel notable

Madrid. Auditorio Nacional. Ciclo Universo Barroco. 05-III-2025. Ana Vieira Leite y Alicia Amo, sopranos; Alberto Miguélez, contratenor. Los Elementos. Alberto Miguélez, dirección artística. Haendel: Clori, Tirsi e Fileno, HWV 96, (1707), (Cor fedele in vano speri)
Un jovencísimo Haendel llegó a Italia en el otoño de 1706 y, tras una estancia en Florencia, se trasladó a Roma en enero de 1707 donde entró en contacto con algunos de los miembros de la Accademia dell’Arcadia, entre ellos músicos como Corelli, y con aquellos que serían sus mecenas como los cardenales Pamphili, Colonna u Ottoboni y el marqués Francesco Ruspoli. En la Roma de aquellos años el Papa había prohibido la ópera por considerarla un medio de inmoralidad con ideas poco adecuadas, por lo que Haendel, como otros compositores, se puso al servicio de estos mecenas que tenían unas ideas mucho más abiertas y pudo dar rienda suelta a una creatividad nunca antes vista. Es una época efervescente donde Haendel es un torrente lleno de ideas, imaginación y una brillantez musical inusitada. Para el cardenal Pamphili estrena Il trionfo del Tempo e del Disinganno, con Corelli como primer violín de la orquesta.
En la primavera de 1707 entró al servicio de Ruspoli, donde compuso docenas de cantatas y algunos de sus motetes latinos. En otoño de aquel año compone para el marqués la serenata pastoral Clori, Tirsi y Fileno, conocida también por su primer aria como Cor fedele in vano esperi, una obra de considerable longitud y un desarrollo dramático suficiente para extraer de los personajes toda la expresividad emocional y musical de los diversos afectos, donde Haendel plantea una música muy brillante que reutilizará posteriormente en varias obras. La historia pastoril es sencilla, de autor anónimo, en el estilo de la Academia de la Arcadia, y relata la futilidad con que la cambiante y voluble pastora Clori tiene a la merced de sus caprichos el amor simultáneo de los pastores Tirsi y el delicado Fileno, personajes que Haendel caracteriza musicalmente con una expresividad tímbrica individualizada. Después de esa obra partió hacia Florencia para el estreno de su primera ópera, Rodrigo.
La serenata tuvo una interpretación notable en manos de Los Elementos y los tres solistas. La soprano Ana Vieira Leite encarnó con convicción a la pastora Clori, con una gran expresividad dramática, entre la inocencia y el engaño, y un canto exquisito en sus múltiples registros. Comenzó en su primer aria Va col canto lusingando con un cierto problema de balance en la proyección de la voz con relación a la orquesta aunque ya nos mostró desde el inicio ese canto refinado y elegante que le caracteriza, con su hermoso timbre agudo y su perfecta expresividad con el texto pastoril junto a las dos flautas y cuerdas. En sus siguientes intervenciones se solventó ya el tema de la potencia y nos mostró la exquisitez de su canto en plenitud, como en Conosco che mi piaci con el magnífico oboe de Olga Marulanda, o en Barbaro! Tu non credi donde lució su exquisito fiato y su naturalidad pasmosa antes pasajes virtuosos que siempre aborda con una elegancia y musicalidad despampanantes.

Alicia Amo construyó el personaje de Tirsi de menos a más, porque comenzó en su primera aria, Cor fedele, con ciertas desigualdades en el registro agudo y en la emisión, aunque ya lució esa capacidad de abordar su gran registro grave junto a Giulio Padoin, el brillante violonchelista que estuvo magnífico toda la noche. Tras esos titubeos iniciales, el canto de Amo pronto fue de mucha mayor brillantez en los números siguientes, con una excelente proyección de la voz y el registro grave en el aria Quell’erbetta con su hermoso acompañamiento en pizzicato. En la segunda parte mostró sus virtudes en las coloraturas de Tra le fere la fera più cruda con mucha naturalidad y fuerza, como en el dúo anterior junto a Vieira Leite, donde mostró la corporeidad de su voz con ya un buen control de los agudos y una vibrante orquesta.
Por lo que respecta a Alberto Miguélez, que encarnó al delicado pastor Fileno, su actuación fue algo desigual. El contratenor estuvo brillante en las arias más delicadas, como esa joya que es Come la rondinella con el bellísimo archilaúd de un espléndido Jadran Duncumb, uno de los momentos más bellos del concierto y de la obra, o en la excelente Povera fedeltà con los sencillos efectivos del fantástico violonchelo y el archilaúd, donde nos mostró un canto de una sensibilidad exquisita y un fiato delicado. Estuvo algo menos convincente en su aria de salida Sai perché l’onda del fiume, con articulaciones que no acabó de redondear y en las arias o dúos con mayores agilidades. En la bella aria Son come quel nocchiero, una de esas joyas handelianas, Miguélez mostró sus virtudes en cuanto a expresividad, una emisión muy cuidada y musicalidad. El terceto final de la obra, Vivere e non amar, reunió a los tres cantantes , con una interpretación luminosa por parte de solistas, especialmente las dos sopranos, y orquesta.
En cuanto a la parte instrumental, la orquesta estuvo notable y está formada por unos músicos excelentes, aunque al cantar su director habitual Alberto Miguélez y no asumir la dirección en escena, aunque sin duda habrá hecho una buena preparación previa, se produjeron algunos desajustes leves que restaron esa redondez que merece la brillante y virtuosa escritura de Haendel y que se consiguen con una dirección precisa, una labor que no acabó de redondear el concertino, el excelente violinista Claudio Rado, al no asumir habitualmente esa función en el conjunto.
Manuel de Lara
Foto: Elvira Megías


