MADRID / Les Arts Florissants y Paul Agnew: la joie d’ouïr

Madrid. Auditorio Nacional. 5-II-2025. Les Arts Florissants. Emmanuelle de Negri, Ana Marika Labin, Julitette Mey, Renato Dolcini, Bastien Rimondi, Rachel Redmond, James Way. Director: Paul Agnew. Obras de Rameau y Haendel.
No fue William Christie quien dirigió Les Arts Florissants en esta etapa madrileña de su gira por sus ochenta años. Fue Paul Agnew, y no parece que haya que lamentarlo en lo artístico, solo en lo entrañable de haber podido ver a Christie en esta etapa ya muy avanzada de su carrera de artista intérprete e investigador. En cualquier caso, tuvimos ocasión de gozar de nuevo de la manera especial, distinta, de enfrentar el Barroco escénico francés (Clasicismo del Grand Siècle para los franceses), el belcantismo dramático de Haendel y ese hermoso y muy distinguido oratorio de este último, L’Allegro, Il Pensieroso ed Il Moderato. Son obras que este conjunto lleva interpretando décadas, y este concierto consistió en un ramillete, o más bien un ramo de flores procedentes de aquellos tres huertos.
La primera parte, dedicada a obertura y fragmentos de dos actos de Les Indes galantes, recreó con los criterios rigurosos que ya conocemos esta obra que unos pocos calificaban de pochade, de banalidad; una diversión, más que un divertimento, a propósito de mundos exóticos vistos por la Francis de indiscutible poder de mediados del XVIII. Obra de Jean-Philippe Rameau, aquel clavecinista que empezó a componer óperas (tragédies lyriques, en rigor) a los cincuenta años, edad más que respetable en esa centuria. En este repertorio está más o menos preterida el aria propiamente dicha. Aun así, se pudo apreciar el arte de Emmanuelle de Negri en el recorrido por los indios de Perú y los llamados salvajes. El tenor Bastien Rimondi desplegó los recitativos y cantábiles del papel de Don Carlos, conquistador de tierras y enamorado paladín, una tarea acaso más difícil y menos grata. La secuencia, entre orquesta sola y arias, culminaba en el coro en pleno, sin solistas, y transcurría hasta varios aparentes finales brillantes, para terminar en el sabido y esperado baile de los salvajes. Recordamos varias interpretaciones de Christie y Les Arts Florissants de esta obra, en especial la que dieron en el Garnier en 2003, cuando Christie saludó, con los cantantes, bailando esa danza, y mimando divertido algunos gestos de aquella puesta en escena.
Con Ariodante, de Haendel, estábamos en otro mundo, el del belcantismo teatral, por decirlo así. Sorprendió la joven mezzo Juliette May en la parte de Ariodante, voz carnal, graves logrados con sorprendente comodidad, temperamento, fuerza. Enfrente, la bella, exquisita voz de Ana Maria Labin en Ginevra, ambas en una de los muchos avatares operísticos del Ariosto y su Orlando furioso. Renato Dolcini, que había brillado con Rameau, regresa a este otro mundo se diría que sin especial esfuerzo, como si le fuese natural el cambio de los estilos.
L’allegro, il penseroso ed il moderato es una discusión lírico-filosófica en música. Dos poemas tempranos de Milton, de 1631-1632, el poeta más tarde partidario de Cronwell y los puritans, que ya ha compuesto buena parte de sus sorprendentes sonetos, pero todavía no el Samson agonistes ni El paraíso perdido. Filosófica: Milton opone dos temperamentos o caracteres que podrían denominarse así, alegre y reflexivo. Haendel le añade otro: después de haber enfrentado a los anteriores en las partes primera y segunda, le cede toda la tercera al moderado, que será quien domine el Siglo de las Luces… hasta la Revolución. Brilló aquí la soprano Rachel Redmond, voz exquisita, y limitada en volumen, gran artista; con el tenor James Way, que arrancó la secuencia y la compartía finalmente con el coro. Un coro de apenas veinte voces que actuaba, reía, y desde luego cantaba con el arte que imagina como histórico la escuela de Christie, y no solo ellos. Paul Agnew no necesita presentación como discípulo de Christie, porque es eso y más; es voz, primero; es director de orquestas con instrumentos originales (Vivaldi, Rameau, Bach, Haendel, Purcell…) y aquí tuvo un sentido dramático tan poderoso, tan cambiante y ágil, que las dos horas de concierto se hicieron cortas. Con todas las limitaciones que se puedan oponer a un recital hecho con fragmentos, es lo cierto que esos fragmentos nos trasladaron a tres obras de muy distinta índole, pese a su contemporaneidad. Y que el resultado es, de nuevo, una reivindicación de escuelas de aceptación aún minoritaria. Por esa causa luchan Les Arts Florissants y William Christie desde hace décadas. Y en esa causa se alistó muy pronto el magnífico Paul Agnew. Un hermoso concierto, en fin.
Santiago Martín Bermúdez


