MADRID / Las músicas del Quijote, en el sanctasanctórum cervantino

MADRID / Las músicas del Quijote, en el sanctasanctórum cervantino

Madrid. Real Academia Española. 19-XII-2019. Delia Agúndez, soprano. Carles Magraner, viola da gamba. Robert Cases, tiorba y guitarra. Danzas, canciones e improvisaciones en tiempos del Quijote.

Imaginemos que en tiempos de Miguel de Cervantes alguien hubiera inventado un artilugio para registrar sonidos. Imaginemos que otro alguien hubiera pensado que ese artilugio era ideal para grabar música. Imaginemos que el invento hubiera alcanzado gran popularidad y que pronto cada casa dispusiera de uno. Seguramente el resultado de esa grabación sería muy parecido a este Almas dichosas: danzas, canciones e improvisaciones en tiempos del Quijote, programa con el que Carles Magraner y su Capella des Ministrers llevan años dando vueltas por medio mundo y que ahora, ¡por fin!, ha llegado al sanctasanctórum cervantino, es decir, a la mismísima Real Academia Española, a su salón de actos, donde cuelga, justo debajo del de Felipe V (impulsor de esta institución), el que se supone que es único retrato original del más universal literato de la Historia.

En 1911, llegó a la RAE dicho retrato, atribuido entonces a Juan de Jáuregui (1583-1641). El académico Alejandro Pidal defendió desde el primer momento la autenticidad del cuadro, si bien, hacia mediados del siglo, el historiador del arte Enrique Lafuente Ferrari escribió un tratado en el que establecía la falsedad de la obra. Sea como fuere, millones de españoles hemos estudiado Lengua Castellana (cuando todavía en España se le daba valor a la formación humanística) en multitud de libros en los que, indefectiblemente, aparecía como portada el supuesto retrato de Cervantes. Tiene, por tanto, un enorme valor sentimental para muchos, entre los que me cuento.

Allí, bajo la penetrante mirada de don Miguel, comparecieron la soprano Delia Agúndez, Carles Magraner con su inseparable viola da gamba y Robert Cases con su guitarra y su tiorba. A Cervantes le encantaba la música, y por eso en casi todas sus obras figuran constantes alusiones musicales. Hay incluso quien sostiene que fue músico; si no profesional, sí amateur. Seguro que estaría encantado de comprobar que aquellas mismas músicas que él pudo escuchar en vida siguen vigentes hoy, aunque sea solo por el pertinaz empeño de unos pocos entre románticos y chalados.

Almas dichosas se divide en cuatro episodios: Prólogo al oyente (con danzas de Ruiz de Ribayaz, Falconieri y Praetorius, y canciones recogidas en diversos cancioneros, como el de Palacio o el de Sablonara), Primera parte (tonos humanos de Marín, folías de toledano Diego Ortiz y el inevitable Sarao de la chacona del zaragozano Juan de Arañés, que cursó estudios en Alcalá de Henares, localidad natal de Cervantes… de ahí que se hiciera eco de “A la vida bona” que es tan referenciada en las obras cervantinas), Segunda parte (con grandes hits de populares como Guárdame las vacas, Claros y frescos ríos, las Paradetas de Gaspar Sanz y la Jota de Santiago de Murcia, además de ese Baxel está en la playa de Bataillé, demostración palmaria de lo mucho que fascinaba a los franceses del XVII el idioma español) y Epílogo (con Yo soy la locura, esa folía increíblemente hermosa de otro francés, Henri du Bailly, la napolitana Un cavalier di Spagna y Romerico florido del flamenco Mathieu Rosmarin, a quien nuestra lengua convirtió en Mateo Romero para la eternidad).

Agúndez es una soprano de toques delicados y exquisitos, por lo que se convierte en una intérprete absolutamente idónea para este repertorio. Tiene, además, una enorme vis dramática (que quizá no cultive con la intensidad y frecuencia con que debiera), como quedó patente en el bis final, Yo soy la locura. Magraner y Cases, ajenos a cualquier tipo de veleidades (esas que ahora se dan con tanta frecuencia en aras de la permanentemente invocada ‘fusión’), le prestaron un perfecto soporte. Esta música sigue viva, y lo seguirá estando por mucho tiempo siempre que haya intérpretes que la traten con tanto amor y primor. Don Miguel seguro que quedó encantado; el de arriba, no tanto (ya se sabe que los gustos musicales de Don Felipe tiraban exclusivamente a lo italiano, como bien podría atestiguar el sufrido Farinelli).